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El esplendor de los frutos del viaje


Lo que Ibn Arabi llama espíritu no es nada absoluto y estático sino todo lo contrario: es tan sutil y variable como nuestra mente. De hecho, nuestra mente ('alma' en la época) refleja de un modo directo el 'espíritu del universo', pues se mueve en tanto que éste la mueve. 
El espíritu 'viaja', y lo hace a modo de soplo vivificador o aliento, animando (dando el alma) a toda la creación: el espíritu es como un gran fuelle, sin ubicación ni forma. que alimenta los cuerpos y las mentes de todos los seres vivos y, por medio de ellos, todo el universo pensable y perceptible.  
Este viaje no es un desplazamiento lineal, a semejanza del que realizan los cuerpos en el espacio, sino que es un movimiento de 'creación renovada a cada instante, una suerte de bombeo o latido, que un momento tras otro, cual corazón presente en todas partes y en ninguna, mantiene vivo y despierto al cosmos'. Con estas palabras resume Carlos Varona, desde su meticuloso conocimiento como traductor y editor, la idea central de El esplendor de los frutos del viaje de Arabi.

Existe en toda la creación, mantiene el filósofo sufí, una mezcla de cuerpo y espíritu, que es adonde alcanza el soplo. Nosotros mismos somos cuerpo y espíritu, y el soplo nos alcanza por nuestro cuerpo y se manifiesta en nuestra mente, arrastrándola, bombeándola con la respiración. Se dice que el espíritu está en todas partes, alumbrando y cubriendo todo lo creado, porque el aire omnipresente induce movimientos en nuestro psiquismo que iluminan el mundo alrededor a través de la percepción y el pensamiento. Así es como Alá alumbra el universo mediante su aliento o hálito, renovando la creación (lo que percibe nuestra mente) a cada instante por el soplo, a cada ciclo respiratorio.

Alá es un latido que alcanza todo el cosmos. Alá no tiene forma sino que está en todos sitios dando forma al mundo en la mente de nosotros los seres pensantes. 'Es un centro del universo que está en todas partes y la circunferencia en ninguna' señala Carlos Varona 
al estilo leibniziano.

'El origen de la existencia es el movimiento. En ella no puede haber inmovilidad, pues regresaría a su origen, que es la ausencia. Nunca jamás cesa el viaje, ni en el mundo superior ni en el inferior, e incluso las verdades divinas no finalizan su recorrido, yendo y viniendo. (...) El movimiento a cada instante de los cuatro elementos, y de los seres creados, el cambio y las transformaciones generadas con cada respiración, así como el viaje de los pensamientos, tanto en lo loable como lo condenable, el viaje de los soplos de quien respira, y el de las miradas de las cosas vistas en la vigilia o el sueño, junto al cruce de un mundo al otro con su ponderación, ¡todo ello es sin duda un viaje para la mente humana! Jamás en toda la eternidad cesamos de viajar, desde el momento mismo de nuestra concepción, y de la creación primera de nuestros fundamentos. Cuando frente a ti aparece una casa, afirmas que en ella se encuentra el final de tu trayecto, mientras que, en realidad, en ella se te abre otro camino. En efecto, cuando ves una casa, dices: "¡Esta es mi meta!", aunque llegado apenas a ella, no te demoras en partir nuevamente.' 

(El esplendor de los frutos del viaje, capítulo 3.)

Nuestra mente no deja nunca de variar ('viajar'). Las verdades, incluso las más consistentes, no son estáticas, sino que varían continuamente en nuestro pensamiento. Estamos en continuo cambio, nosotros y lo que pensamos. Se generan transformaciones con cada respiración en los pensamientos moralmente buenos o moralmente malos ('tanto en lo loable como en lo condenable'), en la percepción y los sueños ('las miradas de las cosas vistas en la vigilia o el sueño'), en nuestra voluntad y nuestras motivaciones (las 'casas' o destinos de final de 'trayecto' de nuestras motivaciones, que nada más alcanzadas las abandonamos para continuar nuestro viaje). Las ideas y las experiencias, por naturaleza, van y vienen.

'Por tanto, no hay inmovilidad en este mundo, sino que su constante es el movimiento; sucediéndose el día y la noche entre sí, tal y como hacen los pensamientos, los estados y las formas, según su alternancia, conforme a las verdades divinas.'


* * * *

El soplo es aire y espíritu. Es espíritu cuando se manifiesta en nuestra mente, pero es físicamente el aire del cielo que respiramos. Según la forma de su soplo este aire se manifiesta de una manera u otra en nosotros. Así, Arabi distingue diversos 'cielos' o 'nombres divinos', que son una suerte de arquetipos celestes a través de los cuales la esencia primera, Alá, se manifiesta en nuestras mentes. Nuestros estados alternan según las diferentes formas del soplo: la misericordia, el arrepentimiento, la clemencia, la venganza... Se trata de los siete cielos, cada uno con su ángel guardián que imprime sus estados y pensamientos en nosotros, que refiere el Corán, pero que también aparecen en el cristianismo (véase por ejemplo Eckhart.)

'Descienden las verdades divinas sobre el nombre divino, el misericordioso, tanto como sobre el nombre de quien llama al arrepentimiento, y el del clemente, el proveedor, el donador, el vengador, y todos los demás nombres. Obran también éstos el que sobre ti descienda cuanto de dádiva poseen, así como de previsión, de venganza, arrepentimiento, perdón y misericordia.' 

(Capítulo 5)

De esta configuración fundamental del cosmos establece Arabi que se puede deducir la actitud que debemos mantener para conducirnos de un modo adecuado en la vida. Existe un plano moral de la vida que se desprende no ya de las leyes humanas sino de las leyes divinas y de las leyes físicas del universo, que son lo mismo. Nada más tenemos que respetarlas para alcanzar la felicidad, la naturaleza nos obliga a ello: 'El fiel debe emplear de su lado el pensamiento y la reflexión, para así distinguir en el trayecto, al que la ley divina le obliga, y en el cual su felicidad radica, entre el viaje hacia Él, en Él, y desde Él. Debe también discernir en todas esas travesías tanto las que la ley le impone como las que no, cual es el deber de caminar sobre la tierra para conseguir lo lícito, los viajes del lucro y el comercio mundano, así como otras marchas similares, o el viaje del propio hálito, con su inspiración y espiración. Así es, en efecto, pues no lo impone ni lo determina la ley, sino que es su constitución física la que lo decide.' (Capítulo 6)

Se pueden distinguir dos grupos de personas, dice Arabi: las que se rigen por la razón (los filósofos), y las que, más allá de la razón, conciben la existencia de verdades y realidades inmediatas por alguna forma de empirismo existencial (los sufíes): 'Los viajeros en Él se dividen en dos grupos: primero se encuentra el de quienes viajan en Él mediante los pensamientos y la mente, y se han desviado del camino, al no encontrar como guía en su búsqueda más que su razón. Estos son los filósofos, y quienes en esa vertiente se hallan. El segundo grupo es el de quienes viajan con Él, el de los enviados y los profetas, el de los elegidos entre tales santos, cuales son los hombres del sufismo.' (Capítulo 7)

Todas las personas viajamos, por pura naturaleza física, 'en Dios': nuestra mente se mueve inevitablemente con el latido del aire. Pero solo algunas llegan a intuir la existencia de este principio y consiguen viajar 'con Él', esto es, se dejan llevar por sus movimientos, se acomodan a ellos y los experimentan como un hecho natural fundamental, aun prescindiendo de la razón que no los sabe explicar cabalmente.



Ibn Arabi: El esplendor de los frutos del viaje. Edición de Carlos Varona Narvión. Siruela. Madrid. 2008.


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