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El pensamiento según Servet

El pensamiento racional consiste, básicamente, en la acción de identificar los elementos que son comunes y de discernir los que son diferentes, a partir de las informaciones que aportan los sentidos y la memoria. En base a este escrutinio, las ideas similares, o los elementos similares de las mismas, se combinan en ideas o elementos nuevos, se infieren unos de otros, se asocian o simplemente se distinguen o se confunden, explicaba Miguel Servet en la primera mitad del siglo XVI.
Esta actividad no se realiza en el vacío metafísico, de un modo no físico, seguía el de Tudela. La realiza la maquinaria de la compleja red vascular del cerebro y de los nervios (la suya era una teoría vascular del cerebro, no la neurológica a la que estamos acostumbrados hoy en día). Pero aún esta maquinaria cerebral no crea la mente de la nada, no es tan mágica ni maravillosa. No es un 'motor inmóvil', no funciona de manera aislada, encerrada en sí misma, sino que es movida y se alimenta por el ‘aire-spiritus’, defiende Servet. El elemento aéreo, que proviene del exterior del cuerpo, tiene un ‘logos’ inherente que se 'imprime' físicamente en la maquinaria vascular según el aire aporta la energía a los tejidos y órganos del cuerpo, especialmente al cerebro, en un flujo variable. Tal movimiento se expresa en las idas y venidas del pensamiento, en el fluir temporal de la conciencia. El pneuma es lo que hace funcionar el cerebro y la mente y lo que les confiere a ambos su dinámica cambiante e impredecible, sostiene Servet.
No son las ideas las que rigen y gobiernan la máquina (lo cual sería una concesión a la metafísica) sino que ellas son el resultado del movimiento de la máquina. La mente no es algo autista e independiente del medio natural, algo sobre-natural que, en el mejor de los casos, emerge de una estructura orgánica milagrosa. Al contrario, la mente recibe una energía y un impulso exteriores que la mueven (el aire o ‘spiritus’ de Servet ) y unos contenidos informativos, originados también en las energías sensoriales exteriores. Es cuando se mueven los contenidos sensoriales y de la memoria por la acción del aire-spiritus que trabaja la mente, cuando se combinan los elementos similares, se hacen inferencias, asociaciones, etc: es cuando se piensa. La maquinaria orgánica no hace más que responder a los estímulos de la naturaleza exterior. Y la conciencia, lo que pensamos y sentimos, no es más que la manifestación de este movimiento.
Lo imprevisible y misterioso de nuestra mente y de nuestra conciencia lo da el carácter velado, oculto, de la acción del ‘aire-spiritus’, el hecho de que, a pesar de que actúa de manera tan poderosa en nosotros, en realidad desconocemos como lo hace. De hecho, es el logos cambiante y oculto del ‘aire-spiritus’ el responsable de que nos conozcamos tan poco a nosotros mismos, de que nos resultemos tan poco previsibles, de que los pensamientos y sentimientos se escapen de nuestro control como lo hacen, de que ante una situación idéntica a veces actuemos de una manera y a veces de otra completamente diferente. Las mismas actividades que realizamos cada día nos hacen más ganas un día que otro, o en un momento que otro, nos gustan en mayor o menor grado, las percibimos diferentes, nos cuesta más mantener la atención en ellas o menos, las realizamos mejor o peor. Exactamente la misma tarea en un momento que en otro. Y decidimos hacerla o no hacerla, modificarla, cambiar de idea, justificar una cosa u otra, opinar en algún sentido... entenderla de una manera o de la contraria... 
El impredecible e inalcanzable 'logos' se manifiesta en la actividad mental interna del sujeto, pero proviene de afuera. El cerebro es el intérprete, y el pensamiento y la conciencia son la expresión del proceso. Se trata del 'lenguaje del aire'. El funcionamiento mental que llamamos superior, a nivel del pensamiento, conciencia y voluntad (la actividad mental voluntaria y consciente) no agota su explicación en la capacidad de asociación de la información sensorial y de la memoria, la cual funciona a nivel de automatismo. El logos superior se origina en algo mucho más fluctuante y sorprendente: en el aire de la atmósfera, sostiene Servet, el cual es recogido por la respiración y transportado por un sistema circulatorio que se abre en un maravilloso entramado de una filigrana de vasos y capilares que penetra todo el sistema nervioso y se confunde con él anatómica y fisiológicamente. Así el aire "alimenta el fuego de la mente". Y las variaciones del aire, originadas fuera del cuerpo, en la atmósfera, se expresan en las variaciones de la actividad ‘ígnea’ (metabólica) del cerebro y de la mente. La capacidad de mezclar, identificar y diferenciar contenidos, que constituye el pensamiento, y la calidad incluso moral de este pensamiento, dependen, así, de las variaciones en alguna dimensión del aire aspirado, esto es, del ‘espíritu universal', o del ‘espíritu santo’ o 'Dios' en el sentido cristiano que sostiene Servet. 
A este aire-espíritu-Dios lo que lo define en esencia es que es dinámico y fluctuante en el tiempo, a momentos resulta más estimulador y a momentos menos. Da el tono de la mente consciente, y se manifiesta en los actos de la actividad mental dirigida y voluntaria. De este modo, 'Dios' nos 'ilumina', a momentos, para descubrir la verdad de las cosas, con la aireación, mediante los pulmones y la sangre, del espíritu ígneo del cerebro ("nuestra mente por sí misma luminosa"). Así, la inteligencia, la capacidad de penetración del pensamiento en la realidad y el entendimiento del mundo son función del 'logos del aire'. Como también lo son nuestras motivaciones y deseos, y el tipo moral de nuestros pensamientos y actos.
Es cierto, se concederá si se le concibe así, que 'Dios' rige nuestro pensamiento y nuestros actos y que nos da la inteligencia y el disfrute de entender el mundo en el que vivimos. E, igualmente, que nuestra inteligencia es lo más 'divino' que tenemos, y que la 'virtud' humana no consiste en otra cosa que pensar y comportarse de manera inteligente. Y también que esa inteligencia no es exactamente 'nuestra' sino que nos es prestada por la naturaleza, en realidad proviene de las energías de la naturaleza que estimulan nuestros sentidos y, sobre todo, de la energía del aire-spiritus, que estimula directamente nuestra mente y la ordena y le da la forma del discurrir de la conciencia. Y que la conciencia, en definitiva, aunque se concreta en las experiencias personales de cada cual, no pertenece en lo fundamental al individuo particular sino que es un fenómeno universal de la naturaleza. Por todo esto Servet enunciaba que el espíritu, el aire, el pneuma, nuestros impulsos y pensamientos, nuestra inteligencia, los ángeles, Dios son en el fondo una única y misma cosa.

Miguel Servet logró, de un modo espectacular, la meta de elaborar una teoría completamente natural del alma humana, en términos empíricos y objetivos, capaz de explicar aquello que aún hoy, en el siglo XXI, constituye lo más profundo e insondable de nuestro conocimiento. Él tuvo la valentía de plantear, hace 500 años, con todo detalle y fundamento científico, el modo concreto y llano del funcionamiento de las facultades superiores de la mente, su anatomía y fisiología, su física y psicofísica; pretendió explicar de manera empírica el alma metafísica e inalcanzable de la filosofía y del cristianismo, ni más ni menos.
Sin embargo, parece que han sido 500 años de olvido de esto, lo más profundo del pensamiento de Servet. Otros aspectos sí, pero éste su principal hito intelectual no ha sido tratado como merece, si ha sido tratado en alguna ocasión desde su muerte, como si hubiera en ello algo oscuro y sacrílego todavía, como si la quema en la hoguera por parte de sus correligionarios cristianos hubiera conseguido apartarlo efectiva y definitivamente del entendimiento humano.
No obstante, a la idea fundamental de la existencia de algún mecanismo por el cual el elemento aéreo circundante fluctúa y actúa de forma poderosa sobre el pensamiento y la psique, otras personas le han sabido poner también palabras, en otros momentos de la historia. Originada y difundida con una franqueza y una sencillez casi inocentes en los tiempos lejanos de la Grecia presocrática, pasó a ser, unos siglos después, una idea desdibujada y soterrada. Pero el largo tiempo no la ha destruido, al contrario, parece que retorna, en una centuria u otra, con interés y evidencias renovadas, bajo el impulso de personas de pensamiento libre como Servet. 
Aún así, o precisamente por ese eterno retornar a lo largo de los milenios, uno no puede dejar de sentir, como un Hölderlin, una añoranza profunda y punzante por la era de los griegos en la que debieron existir, tenemos motivos para creer, algunos momentos de la historia ciertamente refulgentes (los de los primeros filósofos) en que ningún velo debía ocultar el alma humana. ¿O es una pura ilusión?


Servet M. Declaración sobre Jesús el Cristo, Obras Completas, II-1, Primeros Escritos Teológicos, Edición de Ángel Alcalá, Larumbe Clásicos Aragoneses, Zaragoza, 2005.

Servet M. Errores acerca de la trinidad, Obras Completas, II-1, Primeros Escritos Teológicos, Edición de Ángel Alcalá, Larumbe Clásicos Aragoneses, Zaragoza, 2005.

Servet M. La primera descripción de la circulación de la sangre, Obras Completas, III, Escritos Científicos, Edición de Ángel Alcalá, Larumbe Clásicos Aragoneses, Zaragoza, 2005.



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