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¿Materialismo?

Al contrario de lo que puede parecer, la concepción monista materialista del alma no ha vuelto a imperar desde los tiempos de los antiguos filósofos jónicos. No ha triunfado ni siquiera al amparo de la moderna ciencia positiva. A partir de Descartes la ciencia y la filosofía perdieron casi del todo la perspectiva del análisis científico del alma. Desde entonces se ha venido sosteniendo la idea de que el alma es una entidad metafísica el estudio de la cual no está al alcance de la razón ni del conocimiento científico, y que sólo podemos aproximarnos a ella por la fe, la religión o la espiritualidad.
De una manera implícita se llegó a una especie de pacto, que todavía se mantiene, entre la ciencia y la religión en el sentido de delimitar sus campos de conocimiento y de no interferir ni molestarse mutuamente. Los fisiólogos, a lo largo de los siglos XIX y XX, limitaron el alcance de su ciencia reduccionista al estudio de los aspectos orgánicos del comportamiento: las respuestas reflejas e involuntarias. La psicología científica, el conductismo, por su parte, hizo más de lo mismo y se conformó también con el estudio de los reflejos, en su caso de los condicionados. Mientras tanto, lo que son los aspectos 'superiores' de la conducta, los procesos mentales, el entendimiento y la voluntad, todo aquello cercano al concepto de alma (que es lo que en realidad más nos debería interesar) se mantenía en el territorio de la metafísica y presentaba dificultades para cualquier explicación causa-efecto.
Es fácil de entender que, en el fondo, ésta ha sido una situación incómoda para la ciencia. Una sociedad moderna y tecnificada exige respuestas concretas (técnicas), no sobre el alma en abstracto, pero sí sobre los procesos mentales específicos que la conforman. Así, la ciencia se ha visto forzada a intentar resolver la situación a base de buscar el alma (la mente) dentro de los límites de su reducida parcela de estudio: en el cerebro. Los procesos mentales se han concebido como procesos exclusivamente cerebrales.
Nadie niega, es evidente, la participación del cerebro en el funcionamiento mental. El problema es la mirada reduccionista de la ciencia, que, en una concepción emergentista de la mente, excluye la participación de cualquier otro elemento que no sea el cerebro. Es una mirada que reduce su objeto al entramado del sistema nervioso, de cuyo funcionamiento se presupone que emerge la mente. Y, aunque se desconoce como ocurre en realidad tal 'emergencia', ésta conforma paradójicamente el supuesto fundamental del paradigma.
Resultado de ello la mente se ha convertido prisionera del cerebro. La mirada universal de los antiguos filósofos se ha perdido. Los científicos no han sabido encontrar los elementos naturales que constituyen el alma más allá de la actividad del cerebro. Han olvidado por completo la posibilidad de la intervención de otros sistemas y órganos corporales, y lo que es peor, han menospreciado el valor de los estímulos ambientales en la explicación de la conducta humana, como si el cerebro fuera un objeto mágico y todo tuviera que empezar y terminar en él.


Por fortuna, otras formas de conocimiento, más allá de la filosofía y la ciencia, mantuvieron la idea de los antiguos materialistas de un alma que se extiende por el universo, fuera del organismo y dentro de él, y de la participación de elementos naturales más allá del cuerpo, como es el aire, la atmósfera, el éter o el cielo, en los estados de ánimo, los sentimientos, la voluntad y el entendimiento de las personas. Ideas de esta naturaleza han aparecido con recurrencia desde la más remota antigüedad y aún lo hacen, de tanto en cuando, en manifestaciones artísticas y literarias de muy diverso tipo. Y veremos como, precisamente, no hay nada de misterioso, sobrenatural ni metafísico en estas manifestaciones, sino que, todo lo contrario, sus planteamientos son perfectamente naturalistas y materialistas, sin que nadie se tenga que escandalizar por ello. 


En la literatura no encontraremos alusiones a las conexiones neuronales ni a la química del cerebro para describir y explicar el comportamiento humano, por supuesto. Los fenómenos mentales se describen y explican en la literatura como fenómenos de experiencia, tal como acontecen en la realidad personal de cada uno, relacionados con la sensibilidad corporal y mental de los individuos y también con los estímulos y situaciones en que suceden. No interesa la estructura orgánica sino la realidad de la experiencia (o la experiencia de la realidad) del sujeto que actúa en relación a su entorno. En la literatura encontramos, generalmente, descripciones de los estados mentales de las personas. Y en la buena literatura, especialmente en la poesía, estos estados mentales no se expresan como meros atributos de las personas sino que manifiestan, sencillamente, el natural devenir de pensamientos, sensibilidades y situaciones. Devenir que con frecuencia, como diría Eckhart, trasciende el propio entendimiento y voluntad humanas, y nos deja entrever, como en una especie de 'soplo' o de 'chispa', la acción de la naturaleza más allá de nuestros conocimientos. A esta acción algunos la llaman alma, o espíritu, o incluso Dios... En todo caso corresponde a lo que nos queda por descubrir todavía, a lo que se ha resistido al análisis de la ciencia hasta ahora.
No debe haber ruptura en la explicación del alma, no hay razón para el dualismo, puesto que nada hay más allá de la naturaleza. Cuando la ciencia consiga articular realmente el funcionamiento del cerebro con el resto del cuerpo y con los elementos adecuados del entorno no habrá de quedar ninguna duda al respecto.



Comentarios

  1. Que el paradigma científico sea reduccionista o no, en mi opinión, depende en gran parte de que tan reduccionista sea el concepto previo de "ser humano". En el paradigma filosófico cartesiano se impuso el pensamiento cómo única forma irreductible de medir nuestra presencia objetiva, pienso luego SOY, ese "ser" no implica necesariamente un cerebro de por medio, sólo el incuestionable hecho de estar ahí con sigo mismo. Si esos pensamientos surgen de un sistema orgánico-biológico no explicaría el hecho, también incontrarrestable, que ya se tiene previo a ese pensamiento, conciencia de "ser", esto es lo que Kant llamó "la unidad originaria de la apercepción" para designar la representación que puede ser dada ANTES de todo pensamiento, la intuición. Para Kant esta habilidad de representación es un acto de la "espontaneidad", es decir previo a la sensibilidad. Esto no explicaría el origen último de nuestra conciencia, pero si descartaría al cerebro o el sistema nervioso como el creador de la conciencia y pensamiento y como la única condición necesaria para "estar ahí" y tener conciencia de ello. Para Kant existía un apercepción pura u originaria y otra empírica; la que explicaría nuestra conciencia sería la originaria o unitaria.

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  2. La otra custion que me llama la atención de este tema, muy interesante por cierto, es que tocas tangencialmente la "realidad de la experiencia" cuestión que se ha tratado de explicar en la actualidad a través de la neurociencia, sin éxito en mi opinión, simplemente porque jamás se podrá separar los componentes de la percepción que tenemos de la conducta y comportamiento humanos , tanto de nosotros mismos cómo de los demás y que son la subjetividad inherente del análisis, ya que hablamos de nosotros mismos, la racionalidad que se puede derivar de una análisis del "ser" como ente ( nuestra "existencia") y la realidad empírica que se puede derivar analíticamente desde un análisis científico.

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