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El hombre meteorológico (1).

 La intuición de la existencia de un alma física, aérea, no es exclusiva de la poesía (el caso de Hölderlin, por ejemplo) sino que es fácil encontrarla también en otros géneros. Recogerlos de manera exhaustiva es una tarea que no vamos a hacer aquí. Veremos sólo algunos fragmentos de la narrativa de Josep Pla sobre el tema, autor por otra parte poco dado a la sensiblería y a las concesiones a la metafísica.
Pla no se plantea, como tal, el estudio de un 'alma' de este tipo, ni de ninguno otro (de hecho él no utiliza nunca la palabra 'alma') pero sí expresa, a lo largo de su dilatada obra, su creencia en el influjo de los elementos de la atmósfera, sobre todo del viento, sobre los estados mentales y las experiencias psicológicas de las personas. Creencias de esta naturaleza, herederas de la tradición hipocrática, todavía hoy están arraigadas en la cultura popular. Y Josep Pla nos sirve perfectamente de ejemplo.
En El cuaderno gris, obra en forma de dietario de los años 1918 y 1919, encontramos numerosas alusiones de Pla a los efectos de los vientos y de las estaciones del año sobre el estado físico y mental de las personas. Refiriéndose en concreto a los efectos que parecía tener sobre su madre el viento de ‘garbí’ o ‘llebeig’ (suroeste) escribió:

29 de julio de 1918. - (...) Sopla un viento de garbí impetuoso, fresco, húmedo. Las olas hacen un ruido sordo en la playa. La madre, a quien este viento vuelve frenética, desarrolla, con una cara pálida de migraña y de dolor de cabeza, una actividad incansable. No para. Nadie le hace bien las cosas. Lo hace todo con sus propias manos. Cada año pasa lo mismo. Es la excitación estival.

Un efecto similar observaba Pla con el viento del sur (el 'migjorn'):

21 de noviembre de 1918. - (...) Mientras tanto mi madre, siempre afectada por el tiempo que hace, señala viento del sur. Está imposible de nerviosismo, inquietud y enervación.

Coincidiendo con los hipocráticos, manifiesta que el viento de tramontana suave, al contrario que el viento de garbí o el migjorn, quita el dolor de cabeza:

26 de diciembre de 1918. - (...) Tramontana en la calle, fría -una tramontaneta que quita el dolor de cabeza de una manera instantánea.

En verano de 1918 menciona, muy de pasada pero de manera sugerente, unos supuestos efectos de la presión del aire sobre las personas, sin llegar a concretar cuáles pueden ser:

15 de agosto de 1918. - (...) El hombre es un animal del medio etéreo -más que del elemento líquido. En general está débilmente construido para vivir en el agua. Los pescadores, los marineros, se bañan de pequeños y llegan a saber nadar. De mayores no se bañan nunca. Sienten una especie de terror ante la inmersión en el mar. Debe ser porque con la presión del aire tienen suficiente... y a veces demasiado.

Más adelante aclara algo sobre el tema al escribir que el aire presiona sobre las vísceras; en concreto dice que el incipiente otoño produce un estado mental específico al presionar sobre 'las vísceras más sensibles'. Seguramente se refería al cerebro, siguiendo el pensamiento hipocrático:

11 de septiembre de 1918. - (...) Para endurecerse y resistir las amenidades de la vida de pueblo no hay nada mejor que dar una vuelta por las inmediaciones en el momento que se encienden las luces -sobre todo ahora en este tiempo que el incipiente otoño presiona sobre las vísceras más sensibles.

Los efectos de la presión diferencial del aire -el viento- y el grado de su humedad no se manifiestan sólo en el ámbito emocional, aclara Pla, sino en la conducta en general de las personas: en lo que hacen, en lo que dicen y en lo que piensan:

17 de septiembre de 1918. - (...) Los ricos son igualmente inaferrables: son los únicos seres del país que pueden permitirse el lujo de vivir de acuerdo con la meteorología. Hacen una cosa u otra, dicen una u otra obviedad según el grado de humedad o según el viento que sopla: la tramontana o el viento de garbí.

Un garbí húmedo provoca tristeza, vaguedad en el habla, lentitud en el andar y, si persiste, incoherencia del pensamiento y sensación de debilitamiento general del cuerpo:

5 de enero de 1919. - Domingo. Día de viento de garbí, la temperatura en alza, un grado de humedad elevado, una humedad incubada que se palpa con la mano. Junto al mar, este tiempo es insoportable; tierra adentro, su coeficiente de tristeza se diluye ligeramente. Cuando uno sale de la atmósfera cargada del café, el primer embate del aire es fascinante. Es un viento que hace caminar lentamente y hablar con un punto de vaguedad. A medida que el contacto persiste sentís como si las orejas se os cayeran un poco. Llegáis a casa con el espíritu desfibrado e incoherente, como si las articulaciones se os hubieran aflojado y los huesos debilitado. 

Además, el garbí es el viento del sueño:

15 de agosto de 1919. - (...) Las lucecitas del pueblo, al atardecer, con los cristales de las farolas humedecidos por el viento, la quietud, el silencio. A las diez todo el mundo bosteza: es un sueño dulce e irrebatible. En el Mediterráneo, el viento de garbí es el viento del sueño, sudado, algo nervioso, pero eficiente, si el cuerpo está adaptado, claro.

Este tratamiento 'meteorológico' (como a veces él lo llamaba) del hombre no aparece sólo en El cuaderno gris, sino que se encuentra en gran parte de la extensa obra de Pla. Él estaba plenamente convencido de estos poderosos efectos de los vientos sobre las personas. Y se lo aplicaba a sí mismo también. A veces, incluso, pretendía prever cómo iría cierto acontecimiento o situación de su vida personal en función del viento que soplaba y de sus cambios. En Los payeses escribe:

Hacía un día un poco pesado, húmedo, de viento del sur. El viento soplaba con una desfibración marcadamente otoñal, arrastrando grandes nubarrones grises. Desde el punto de vista de mi complexión personal, una semejante situación meteorológica no es la más adecuada para ir a comer a una casa con personas prácticamente desconocidas. Esta clase de situaciones me deprimen ostensiblemente y me producen una gran timidez.
(...) El industrial era locuaz y divertido, y a medida que fue poniendo de manifiesto estas bellas cualidades la comida se fue oscureciendo. Pero, a medida que las cosas tomaron ese color, me pareció que la espesura mental se diluía y la cabeza se me aclaraba. El viento había rolado, probablemente.

En el volumen 15 de su obra completa, Las islas, en el capítulo de La isla de Menorca Pla escribe:

Tengo, personalmente, por las tramontanas desatadas un horror físico: son absurdas y bestias, la esencia del dolor inútil, la destrucción innecesaria. Son el evento gratuito -el más peligroso- de la naturaleza. El equilibrio se rompe y algo se rompe -quiero decir que el triunfalismo cósmico se entabla de forma mecánica y ciega. Pero he de confesar que, si las cosas son así cuando el viento arría pujante, no hay nada más agradable que un día de aire de tramontana, pequeña y a la medida. Son días que producen un cierto bienestar -una forma positiva de placer. Sobre el origen de este placer, mi ignorancia es completa. No sé si proviene de una pérdida de peso del mundo exterior o del alivio de la propia densa pesadez física. Son días, en todo caso, que parecen ligeros para el cuerpo y para el espíritu, en los que disminuye la densidad microbiana del aire y la propia confusión y la propia densidad de la materia. Las resistencias del fatídico dualismo se suavizan y el engranaje de la vida parece untado con el más puro y dorado aceite de oliva. La luz parece de lujo y todo parece moverse y caminar hacia la fascinación de la propia realidad y la propia existencia. La memoria se echa atrás y parece desaparecer el tedio de la impotencia. Todo parece factible. El origen de todos los engaños es el clima, pero es dentro de esta alternación de bienestar y de dolor que va pasando la vida. Aquel viaje a Sant Climent, de Menorca, se produjo en una mañana inolvidable de aire de tramontana. Sólo os diré que después de tantas horas, tantos días, tantos años de vivir en locales cerrados, me pareció comprender que la naturaleza tiene un gran interés. Acabo de escribir una gran, considerable estupidez. Es absolutamente cierta. ¿Cómo es posible llegar a estas extrañas situaciones? Todo es posible.

En este fragmento de Las islas Pla vuelve a manifestar su fascinación por el poder de la naturaleza, del aire, sobre el cuerpo y sobre el 'espíritu' del hombre. La intensa experiencia  con el aire de Menorca, una mañana de viaje a Sant Climent, se lo hace redescubrir. A pesar de la certeza personal sobre la existencia del fenómeno, Pla es modesto y manifiesta su ignorancia sobre la manera en que éste en realidad se produce. Se limita a relatar las sensaciones e impresiones personales que le provoca la experiencia. En este párrafo señala que el aire de tramontana en concreto, cuando sopla flojo, resulta agradable, produce bienestar y placer. Manifiesta que produce una sensación de alivio, que parece como si el aire y toda la materia perdieran densidad. También disminuye la confusión mental, dice. Parece que todo funciona mejor, sin tantas resistencias ni dificultades, como si todo estuviera 'untado de aceite'. Las dificultades y las limitaciones personales desaparecen de la conciencia y se tiene la sensación de que todo, la realidad completa, enriquece de la manera más directa, natural y sencilla, la propia existencia personal. Todo parece factible, el tedio y la impotencia se desvanecen completamente de la memoria bajo el efecto de un aire de tramontana 'pequeña y a la medida'.
Admite Pla que pensar que el aire tiene un poder tan grande parece una 'gran, considerable estupidez' o, cuando menos, resulta un pensamiento extraño, pero a la vez, todo seguido, sin vacilar, afirma que es una estupidez 'absolutamente cierta'. La fascinación es tal que afirma que 'el origen de todos los engaños es el clima', es decir, que las creencias que normalmente tenemos las personas sobre los motivos y las causas de nuestros estados, nuestra conciencia y nuestro comportamiento son generalmente falsos, y que las causas reales están relacionadas con factores climáticos que desconocemos y que nos pasan totalmente desapercibidos. Éste es 'el gran engaño'. La vida simple se define como la alternancia de estados de bienestar y de estados de malestar, los cuales los provoca la meteorología sin que tengamos conocimiento de ello. Pero nosotros nos liamos y elaboramos en complejo entramado mental psicologizante, que es falso en su mayor parte.
Éste es uno de los pocos párrafos en que Pla se pregunta por la manera concreta como afecta el viento a las personas. Lo plantea de manera abierta, pero puntual y casi por accidente puede parecer. Tan pronto hace el planteamiento, expresa su dificultad personal para profundizar en el tema y lo abandona. Pla hace lo que cree que mejor sabe hacer: escribir sobre sus experiencias, que probablemente es la manera de estar más cerca de la realidad y de la verdad. Paradójicamente, intentar explicar las experiencias de uno, sus causas y motivos, a menudo lo aleja de la verdad de lo vivido, que es inmediata, que no admite mediación ni racionalización. Esta dificultad la manifiesta Pla cuando sugiere, precisamente, que casi siempre acabamos psicologizando nuestra experiencia y no llegamos a percibir la forma verdadera como actúa la naturaleza en nosotros. Así, Pla tan pronto plantea la cuestión, la abandona: 'Sólo os diré que después de tantas horas, tantos días, tantos años de vivir en locales cerrados, me pareció comprender que la naturaleza tiene un gran interés. Acabo de escribir una gran, considerable estupidez. (Pero) Es absolutamente cierta'.
El autor ampurdanés describe a lo largo de su obra los estados mentales que él experimenta o que percibe en los demás en diferentes condiciones atmosféricas. En algunos fragmentos su prosa adquiere una profundidad poética. En otros trata el tema con tanta naturalidad que da la impresión de que pasa de puntillas sobre él y uno echa en falta explicaciones ulteriores. Pero en ambos casos resulta altamente sugerente.

En el capítulo de Notas de la isla de Elba apunta:

En Portoferraio, pasé unos días muy agradables. El clima me pareció más cercano al de la Italia central que a ninguno otro: más parecido al de Roma que al de Florencia, más afectado por los deprimentes vientos del sur que en las tónicas y alegres tramontanas. En países así, la primera obligación es encontrar uno o varios establecimientos que sirvan buen café y resignarse a tomar el que sea necesario. La cantidad de cafés que la gente toma en Roma, sobre todo los días de "sirocco", es considerable. El café, en Italia, es magnífico, único, ejemplar. Desde el punto de vista de la felicidad pública, el mayor evento ocurrido en Italia estos últimos años ha sido la aparición de las máquinas de hacer café expreso, que aquí es llamado "caffè espresso-raccomandato". Estas máquinas han resuelto el problema de ofrecer un café estándar, de una elevada, exquisita calidad, a precios razonables. El café es un estimulante del corazón, y en este sentido de una gran eficacia contra los efectos de las "siroccate".

Ante el efecto de la mecánica del viento en el cuerpo y la mente, ajena a toda voluntad humana, no queda más opción que la resignación. Poco más se puede hacer, en el caso concreto de los deprimentes vientos del sur, que beber buen café. Pla considera de gran eficacia el café para contrarrestar los efectos depresores de estas ventoleras, en tanto que el café es un estimulante del corazón. Así Pla introduce el elemento del corazón. No dice nada más, pero sugiere que el corazón -el sistema circulatorio- tendría un papel importante en este fenómeno. Como el café, el viento, de alguna manera, actúa también sobre el corazón. Y por medio de esta acción sobre el sistema circulatorio, se sobrentiende, actuaría sobre el cerebro y la mente.

En el capítulo de Malta describe el viaje en barco hacia esa isla con viento de suroeste (el 'llebeig' o 'garbí' en Cataluña). Repite lo que ya ha dicho varias veces sobre este viento: es el viento de la migraña, tiene un efecto deprimente, tétrico:

El vapor navega con el viento de cara y una mar gruesa viva. El llebeig es fresco y el oleaje lo mortifica. La humedad brumosa del viento entristece el atardecer. Los paisajes de tierra inician la licuefacción nocturna y a través de un velo de lagrimeo se van volviendo inciertos. Los fuegos del estrecho nos cruzan. Estos atardeceres de viento del sur en el Mediterráneo son tétricos. El viento silba en las cuerdas y en los ángulos del barco, lleva a ras de boca el humo de la chimenea, pone sobre las cosas el esponjamiento de la humedad. Es el viento de la migraña, de las luces turbias, que hace volver relucientes los ojos jóvenes y negros. Cuando, a las primeras luces del alba nebulosa y espesa, llegamos a La Valetta, sentimos el Mediterráneo en la médula, en las entrañas mismas. 

En el volumen 20 de sus obras completas, Las horas, en el capítulo El viento de Cuaresma se explaya más sobre este viento:

Al llegar a la Cuaresma se entabla el viento de garbí, también llamado llebeig y, en científico, suroeste. Es un viento húmedo, fresco, volador, deshuesado, mórbido.
(...) Da a la mano de obra un punto de desfibrado propicio al esfuerzo monográfico y especialista. Limita las energías a una sola, tenaz energía.
Es el viento de las migrañas y del dolor de cabeza, de las neuralgias y del reuma, de las depresiones y de la convalecencia. No me encuentro muy fino... Es el viento de garbino. Pasa por las cañas haciendo un gemido; hincha la ropa colgada en las azoteas y a veces sopla de manera cómica y fuliginosa, de arriba abajo de las chimeneas. Es el viento de los atardeceres de Barcelona, de Valencia, de Mallorca, tan melancólicos, desamparados, obsesivos. Es el viento del vacío de estómago, del estallido intuitivo y a la vez de la obtusa aridez mental, de la ternura máxima y de la perversidad lúcida y triste. 

Es un viento malsano a la vez que poco estructurado e inestable ('deshuesado'). Es el viento de las migrañas y de las depresiones, insiste Pla, y también del reuma, del vacío de estómago y de la convalecencia. Es el viento de un 'no encontrarse bien' en general. Pero añade además, en estas líneas, un aspecto muy interesante relativo a los efectos del garbí en la capacidad general de las personas de rendir en tareas laborales o profesionales repetitivas y especializadas. Afirma que el garbí tiene un cierto efecto de 'desfibrado' sobre las personas, que 'deshace' o 'quita materia' a las personas, que tiene un cierto efecto despersonalizador, que 'quita fibra' a la mente o a la personalidad, en algún grado . Limita las energías a una sola y así la persona se vuelve tenaz, es decir, dirige la conciencia a un solo aspecto. La persona como totalidad, en su riqueza de dimensiones, se deshace, para reducirse a una sola dimensión. Concentra toda su atención en una sola actividad, a aquella que debe realizar de manera imperativa en su contexto. Así, la mano de obra se centra en el esfuerzo monográfico de su trabajo y desatiende los demás aspectos de su vida.
Al final del último párrafo todavía da un paso más allá y expresa que el garbí produce un estado mental curioso que se caracteriza por la manifestación de 'estallidos intuitivos' al tiempo que una 'obtusa aridez mental'. Con esto parece que quiere decir Pla que, con viento de garbí, se da una cierta oscilación o alternancia de momentos breves y repentinos ('estallidos') de intensa apercepción e intuición de la realidad, y otros momentos más extensos en el tiempo en los que la actividad mental es, o bien nula, o bien no conduce a ningún resultado (es improductiva, árida). Así, sobre un fondo de vacío mental y / o de pensamientos abortados suceden puntuales estallidos o flashes de intuición. Es una situación mental inestable, que no permite la construcción de pensamientos muy elaborados. No hay la suficiente continuidad del tono mental en el tiempo. La mente se vuelve desestructurada e inestable, como es desestructurado e inestable ('deshuesado' dice Pla) el propio viento de garbí.

A continuación de las líneas que acabamos de comentar, Pla reproduce los versos de un poeta medieval del país, casi desconocido, llamado Cerverí el Jove, sobre el viento de garbí. 

El viento de garbino,
tan fino,
me enerva;
hace obsesionarse,
amar
sobre la hierba.

El viento de garbí,
carmín,
a Nausica
aguza la teta
sepia, rosadita,
y se la pinta.

El viento de garbí,
violín,
desfibra
el entramado
del notariado
de la vida.

El viento de garbí,
caracolí,
me aviva
el sueño;
y me duerme
la encía.

El viento de garbino,
y el vino
me llevan,
dulcemente,
insensiblemente,
a la stix muerta.


Sobre las tres primeras estrofas comenta Pla:

El poeta tiene razón -si es que los poetas no tienen siempre razón- y además la razón que tiene se deduce de una observación compleja. El efecto del viento (de garbí) es enervante y depresivo, generalmente hablando, y ésta es su consecuencia más visible, pero al mismo tiempo la atmósfera que crea tiende a sacar punta a determinadas cosas vivas, a agudizarlas, a darles una presencia viva. Este efecto es un poco diabólico y puede tener, en la vida doméstica, graves consecuencias.

Sobre la cuarta y quinta estrofas:

Por otra parte, diremos que hasta aquí el poeta ha querido dar una idea de los efectos positivos -trágicamente, irreparablemente positivos- de este viento. Como observador lúcido de la realidad, sin embargo, el poeta no podía descuidar el otro complejo de efectos que el garbí produce: los estados de aflojamiento, de abandono, de letargo, de deshuesado, que produce. Es un aire que nos proyecta en una indolencia profunda.

Escribe Pla que el efecto más perceptible del garbí, seguramente porque se manifiesta en la sensibilidad emocional, es el efecto enervante y depresivo. El poeta Cerverí lo recoge en las primeras estrofas: el viento de garbí 'le enerva, le hace obsesionar...'. Es el efecto de desfibrado de que hablaba Pla antes: este viento desestructura el pensamiento y hace imposible un razonamiento organizado, enerva, deshace los nervios y la mente, rompe el orden y el equilibrio mental, deprime la actividad psíquica y la persona permanece tocada y alterada emocionalmente y cae muy fácilmente en la fijación mental y la obsesión.
Añade Pla, siguiendo a Cerverí, que esta atmósfera 'enervante y depresiva' que crea el garbí se acaba materializando, a nivel de la conducta manifiesta, en conflictos interpersonales. El garbí hace lacerantes los comentarios y las expresiones de las personas, saca una punta peligrosa a los pensamientos y las intuiciones, las personas se molestan, se ofenden y se hieren. Por eso dice Pla que este efecto 'algo diabólico' puede tener 'graves consecuencias' en la vida doméstica. Cerverí lo expresa diciendo que el garbí 'desfibra el entramado del notariado de la vida'.
Pla habla de otro complejo de efectos del garbí, que también recoge el poeta Cerverí. Se trata de un sentimiento de aflojamiento somático y psíquico, de letargo, de debilidad 'deshuesada', de abandono de cualquier motivación y de una completa inactividad de la musculatura somática. Es un estado de 'desentendimiento', de desmovilización de la facultad de pensar y de la capacidad de actuar de acuerdo a cualquier idea, de insensibilidad, de incapacidad para cualquier forma de entusiasmo, de 'indolencia profunda'. Es un estado que podríamos llamar de letargo mental.

En el mismo volumen de Las horas se pueden encontrar más fragmentos sobre los estados mentales del garbí, que Pla describe magníficamente y que vale la pena reproducir. Justo a continuación del capítulo anterior, escribía:

La Cuaresma pasa, perfumada por el olor de las violetas. El perfume delicioso de las violetas silvestres está unido con el fenómeno meteorológico de la constancia del viento de garbí. Es el tiempo de la tristeza, los recuerdos obsesionantes, de la frialdad húmeda, de las quintas de tos, los ataques de nervios, de las inacabables discusiones, de la exacerbación de las incompatibilidades. Es en este tiempo de humores negros -de melancolía-, llevados por el vacío de este viento suave e insidioso, que se produce la floración y la intensificación máxima del perfume de las violetas.

Más adelante en el mismo volumen, cuando se refiere a finales de agosto, habla de dos dimensiones del fenómeno del garbí. Una es la intensidad variable del efecto de este viento en las diferentes personas -las hay más sensibles que otras- y la otra es la dimensión geográfica del fenómeno. A las personas más sensibles, dice, se les pone tal expresión de angustia en la cara que parecen implorar algo indeterminado, y no pueden dejar de sentirse -y pensarse- solos y vacíos. Por lo que se refiere a la localización del fenómeno, su geografía es mediterránea. La mente y los sentimientos de las personas que habitan a orillas del Mediterráneo están marcados inevitablemente por el viento de garbí. La conformidad y resignación, la tristeza, la ansiedad, la inquietud, el apasionamiento, esta 'manera de ser' de los mediterráneos se debe, entiende Pla, a los elementos climáticos característicos de la zona, que aporta en buena parte el viento de garbí:

Estos vientos de garbí que tienden, ahora, a dominar producen, siempre, un grado de humedad elevadísimo. Suelen entablarse a primera hora de la tarde y si, consumado el atardecer, no paran producen un ambiente lúgubre, la tierra se humedece, el cielo se cubre de una borrosidad hormigueante, la piel humana se entibia en contraste con la frialdad del aire, las luces quedan rodeadas de un nimbo graso, los cristales se empañan y la sonoridad de las campanas, que con tiempo seco es tan precisa y clara, se desfibra y se enronquece. La gente es más o menos sensible a este viento; hay personas que son tan sensibles que sobre sus facciones se les pone una expresión de angustia implorante, una obsesión de vacío solitaria. Lo que el Mediterráneo tiene de tristeza fundamental, de ansiedad, de inquietud, de apasionamiento, de conformidad triste y resignada, proviene, en mi opinión, de este viento. 

Así lo escribió Pla.

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