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R.W. Emerson

Vivimos en sucesión, en división, en partes, en partículas. Mientras tanto el hombre es el alma de todo; el silencio sabio; la belleza universal, de la cual cada parte y partícula está relacionada de igual forma, el UNO eterno. Y este profundo poder en el cual existimos y cuya beatitud es completamente accesible a nosotros, no es solo auto-suficiente y perfecta en cada hora, pero el acto de ver y la cosa vista, el vaticinio y el espectáculo, el sujeto y el objeto, son uno. Vemos el mundo pieza por pieza, como el sol, la luna, el animal, el árbol; pero el todo, del cual estas son partes brillantes, es el alma.

¿Quién, mirando meditabundo la corriente de un río, no rememora el fluir de todas las cosas? Arrojad a ella una piedra, y los círculos que se propagan son el hermoso modelo de toda influencia. El hombre es consciente de un alma universal que está dentro o por detrás de su vida individual, donde las esencias de la justicia, la Verdad, el Amor, la Libertad surgen y brillan como en un firmamento. A esta Alma Universal -que no es mía, ni vuestra, ni de aquel otro, sino que nosotros somos de ella, somos su propiedad y sus huestes- él la llama Razón. Y el cielo azul en que la tierra de cada cual está enterrada, el cielo con su calma eterna y sus orbes perpetuos, es el modelo de la Razón. Aquello que, intelectualmente considerado, llamamos Razón, si se lo considera en relación con la naturaleza lo llamamos Espíritu. El Espíritu es el Creador. El Espíritu porta consigo la vida. Y en todas las épocas y países, el hombre lo ha incorporado a su lenguaje como el Padre.

El intelecto persigue el orden absoluto de las cosas tal como estas residen en el espíritu de Dios, desprovistas de coloraciones afectivas. Las facultades intelectual y activa parecen sucederse una a la otra, y la acción exclusiva de una genera la acción exclusiva de la otra. Hay en ambas, algo mutuamente hostil, pero son como los períodos alternados de alimentación y trabajo en los animales; cada cual es una preparación para el otro y será seguido por este. Así pues, la belleza que, con respecto a las acciones viene, como hemos visto, sin que se la busque -y viene porque no se la busca-, queda a merced de la aprehensión del intelecto, y luego, a su turno, del poder activo. Nada divino muere. Todo lo bueno se reproduce eternamente. La belleza de la naturaleza vuelve a plasmarse en la mente y no para la contemplación estéril, sino para una nueva creación.

El poder de un hombre para ligar cada uno de sus pensamientos con su símbolo apropiado y entonces proferirlo, depende de la simplicidad de su carácter, vale decir, de su amor a la verdad y de su anhelo de comunicarla sin menoscabo. A la corrupción del hombre le sigue la corrupción del lenguaje. Cuando la simplicidad del carácter y la soberanía de las ideas son quebradas por el predominio de deseos secundarios -el deseo de riquezas, de placeres, de poderío, de fama-, y la duplicidad y la falsedad toman el lugar de la simplicidad y la verdad, el poder adquirido sobre la naturaleza como intérprete de la voluntad se pierde en cierto grado; dejan de crearse nuevas imágenes, y las antiguas palabras son pervertidas para representar cosas que no lo han sido; se recurre a un papel moneda, aunque no hay lingotes que lo respalden en las arcas públicas. A su debido tiempo, el fraude se torna manifiesto, y las palabras pierden toda su facultad de estimular el entendimiento o las emociones. En toda nación civilizada mucho tiempo atrás, pueden encontrarse centenares de escritores que durante un breve lapso crean y hacen creer a otros que contemplan y enuncian verdades, cuando en realidad, no visten por sí mismos a un solo pensamiento con sus ropajes naturales, sino que se alimentan inconscientemente del lenguaje creado por los escritores primordiales del país, a saber, aquellos que se atienen fundamentalmente a la naturaleza.

Se echa de ver fácilmente que estas analogías nada tienen de feliz o caprichoso, sino que son constantes e impregnan a la naturaleza. No son sueños de unos pocos poetas, dispersos aquí y allí, sino que el hombre es un analogista y estudia las relaciones en todos los objetos. Ubicado en el centro de los seres, un rayo de relación lo une con todos ellos. Y no es posible comprender al hombre sin estos objetos ni a estos objetos sin el hombre. Tomado en sí mismo, ningún fenómeno de la historia natural tiene valor, es estéril como un solo sexo; pero casadlo con la historia humana, y se llenará de vida. Floras enteras, todos los volúmenes de Linneo y de Buffon, son áridos catálogos de hechos naturales; pero el más trivial de estos hechos, las costumbres de una planta, los órganos de un insecto o el trabajo que realiza o el ruido que emite, empleados para ilustrar un hecho de la filosofía intelectual o de algún modo asociados con la naturaleza humana, nos afectan de una manera intensa y gratificante.

La naturaleza es un lenguaje y cada nuevo hecho aprendido es una nueva palabra; pero este no es un lenguaje hecho por piezas que cae muerto en el diccionario, sino un lenguaje puesto en conjunto en un sentido significativo y universal. Deseo aprender este lenguaje, no para conocer una nueva gramática, sino para poder leer el gran libro escrito en esa lengua.


R.W. Emerson.

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