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Los filósofos físicos: Heráclito.

Aunque esta concepción del alma provenía de una antigua tradición expresada ya en el orfismo, la tesis de Anaxímenes que consideraba el aire como el sustrato físico del alma humana fue la primera teoría de la antigüedad sobre el psiquismo humano en el campo de la ciencia y de la filosofía.
Una versión similar es la de Heráclito, quien mantenía, en los alrededores del año 500 a.c., que el alma estaba formada de 'éter ígneo' (no de simple aire) y que era este 'éter ígneo' lo que llenaba, además del alma, todo el cielo. El cielo y el alma eran, para este filósofo, de una misma materia, de una materia que era anímica y celeste (física) a la vez. El alma de hombre y el universo, hechos de lo mismo, se comportarían también de acuerdo a unos principios muy similares.

Para Heráclito el 'logos' del mundo es producido por el 'éter ígneo' o 'fuego'. Según él, en la naturaleza hay oposición y enfrentamiento continuos entre los elementos contrarios, pero existe también un orden y una coherencia subyacentes a este enfrentamiento en el devenir de las cosas, aunque no siempre nos resulte evidente. El mundo, debido al 'logos del éter ígneo', es un kosmos y no un caos; el 'fuego' es el proceso natural que todo lo ordena y organiza, sostiene el filósofo.
La vida humana debe adecuarse a este orden natural del devenir de las cosas, a este 'logos' resultante, mediante la sabiduría. Puesto que éste es el 'logos' que rige el mundo, el verdadero conocimiento no puede consistir en otra cosa que no sea su entendimiento, y no puede haber mayor motivación ni satisfacción que la de progresar uno mismo en ese sentido y llegar a acomodarse positivamente al devenir de la realidad.
La razón y el 'logos del éter ígneo' son lo mismo, pues el universo está dispuesto según un plan o medida que hace que todas las cosas, aparentemente diversas, estén organizadas y sean realmente una, la cual el intelecto humano intenta aprehender de continuo de un modo instintivo. El 'logos' es lo que explica la existencia de esta coherencia entre el entendimiento y la naturaleza. El hombre, todo él, forma parte de esta naturaleza; su entendimiento es similar a la manera como está organizada la naturaleza.

Para Heráclito todo está en continuo cambio, todo fluye, según un orden, sí, pero que no es explícito sino que está velado: "Algunos incluso afirman no que unas cosas se mueven y otras no, sino que todas están en constante movimiento, aunque este hecho escapa a nuestra percepción sensorial." (Aristóteles, Física 3, 253 b 9.)
"Aguas distintas fluyen sobre los que entran en los mismos ríos. Esparce y ... se junta ... se reúne y se separa ... se acerca y se va." (fr 12 Ario Dídimo, ap. Eusebium, PE, XV 20; fr 91 Plutarco, de E 18, 392 B). Todo fluye, pero los sentidos nos informan normalmente de manera equívoca de las manifestaciones plurales y superficiales de las cosas variables: "Malos testigos son los ojos y las orejas para aquellos hombres que no entienden su lenguaje" (fr 107, Sexto Empírico, Adversus Mathematicos VII 126). Es el entendimiento lo que capta el 'logos', aquello que todas las cosas tienen en común, el orden que hay en el devenir del kosmos, detrás de lo sensible.

No todos los hombres llegan a captar el orden del mundo, sólo algunos. Heráclito califica de bárbaros ("almas bárbaras") a aquéllos que no son capaces de entender e interpretar de manera adecuada el lenguaje de los sentidos y que se dejan engañar por las manifestaciones superficiales de los mismos. 
"...Es necesario seguir lo que es común, pero, aunque el logos es común, la mayoría de los hombres viven como si tuvieran una inteligencia particular" (fr 2, Sexto Empírico, Adv math VII 133). Así, existe un único orden-lenguaje-logos común a todas las personas, una única inteligencia que no es particular del individuo sino que todo lo abarca y afecta, un único entendimiento verdadero que lo unifica todo, que no está hecho de simples ideas creadas por las personas individuales, sino que es el constitutivo real de las cosas, el elemento cósmico primario (el 'fuego'), que es la inteligencia del mundo al tiempo que la inteligencia humana.
La inteligencia no es individual, sino que coincide con la 'inteligencia del mundo', con el entendimiento y aprehensión del 'logos universal'. El hombre es inteligente si es capaz de entender el orden mundanal, si su mente es capaz de aprehender y reflejar, simplemente, el orden real del mundo tal como viene dado, esto es, las relaciones naturales de las cosas, lo que es común a todas las cosas. Por lo tanto, los hombres no pueden tener inteligencias privadas, particulares, personales, porque sólo hay una inteligencia ('logos') común a todos los hombres y a toda la naturaleza, que corresponde al 'éter ígneo' que todo lo 'mueve'.

La razón humana viene a ser una derivación de la razón universal, una especie de órgano de percepción del logos universal, un sentido superior a todos los demás, el cual, a diferencia de éstos, no nos engaña de continuo sino todo lo contrario. Se trata del 'sentido de la razón', que ordena para nosotros todos los elementos del universo de un modo estable. Los sentidos corporales tradicionales sólo perciben las cosas que pasan y que varían sin cesar, no son capaces de percibir lo invariable que hay detrás de lo aparente, que es la verdad y la razón.
Toda ciencia que se guíe exclusivamente por lo sensorial es necesariamente falsa. Sólo por medio del sentido superior que es la razón humana, las personas pueden percibir lo verdadero, lo eterno y permanente en el perpetuo flujo de las cosas, lo que no cambia, que es el logos en sí, el propio proceso de cambio.

Para Heráclito el fuego es la fuente continua de los procesos de cambio. El logos del 'fuego' es el orden y la medida del cambio continuo que impone el devenir de todo lo que acontece en la naturaleza, con sus regularidades e irregularidades. El 'fuego' controla la materia, toda la materia del cosmos, la más sólida y la más etérea, todo lo que existe, también el alma.
Es preciso entender que reconocemos el 'fuego' como un proceso altamente dinámico del elemento etéreo que es el aire, al que se refería Anaxímenes como el elemento constituyente del universo y del alma, según hemos visto en una entrada anterior. El fuego, al fin y al cabo, es aire muy caliente o 'éter ígneo'. De hecho, en lugar del término “fuego” Heráclito utiliza a menudo el de “éter ígneo”, refiriéndose al aire caliente y sutil que fluye en la región superior del cielo, el cual, siguiendo la tradición, se identifica con Dios y con el alma:
"Los antiguos asignaron a los dioses el cielo y la región superior porque creían que era la única zona inmortal." (Aristóteles, De Caelo B 1, 284 a 11.)
"El éter recibió sus almas y la tierra sus cuerpos." (Inscription Graecae Y 945, 6 ; Atenas siglo V a de Cristo.)
"Lo que llamamos caliente me parece ser inmortal, que aprehende todas las cosas, que oye, ve y conoce todas las cosas, tanto las presentes como las futuras. Su mayor parte, pues, cuando todo entró en confusión, se fue hacia la revolución superior y me parece que es lo que los antiguos llamaron éter." (Hipócrates, De carnibus 2.)

Heráclito piensa que el devenir de todos los seres de la tierra, en especial el del hombre, y también el devenir de las instituciones que el hombre ha creado, está íntimamente ligado al mundo natural circundante y que está afectado inevitablemente por los movimientos del éter caliente que proviene de las regiones superiores del cielo. Lo creado o participado por el hombre es sensible a la conducta humana y a las variaciones anímicas y del 'éter ígneo', de un modo natural. Y afirma que la sabiduría consiste precisamente en ser consciente de este hecho, en entender el modo en que opera el mundo completo, aunque admite que lo único que puede alcanzar esta meta de un modo absoluto es Dios, porque el logos del éter es una manifestación de Dios, o Dios mismo, y Él es el único que se contiene y se entiende completamente a sí mismo. Dios es la sabiduría absoluta. El hombre y las instituciones humanas no se pueden entender al margen del mundo natural (ni de Dios, por tanto) sino que todas las cosas, incluso las que son una creación del hombre, en el fondo, son naturales y están regidas por las mismas leyes de un logos o inteligencia común.

Para Heráclito el alma es el éter ígneo que rige el cuerpo y la mente de los hombres. El entendimiento humano tiene una relación directa con el alma-éter, tal como la tenía en Anaxímenes con el alma-aire. Viene a ser básicamente lo mismo. El alma, como éter o aire, tiene unos "límites inalcanzables", se mueve de manera dinámica por todo el universo, entra por todas partes, penetra todas las cosas y se mueve con libertad por todas las partes del cuerpo, y lo hace "según sus necesidades".
La acción del éter o aire se extiende y actúa en todas las cosas, pero permanece velada a nuestro entendimiento consciente; tiene unas 'necesidades' internas propias que son tan profundas que no nos resultan inteligibles: "No llegarías a encontrar, en tu camino, los límites del alma, ni aún recorriendo todos los caminos: tan profunda dimensión tiene". (Fr 45, Diógenes Laercio, IX 7.)

Diferentes autores hicieron sus propias interpretaciones de cómo ocurriría empíricamente el 'contacto' físico del alma-éter con el logos del fuego. Dice Sexto que, según Heráclito, simplemente inhalamos con el aire el logos del éter ígneo, el cual nos aporta la inteligencia y pone orden y organiza lo que captan los sentidos; y que durante el sueño, añade, el contacto del alma con el logos ígneo se mantiene exclusivamente a través de la respiración, de un modo primario, al estar 'cerrados' los sentidos. Inhalando por medio de la respiración esta razón divina (logos), nos hacemos inteligentes. Nos olvidamos de las cosas del mundo mientras dormimos, pero recuperamos de nuevo nuestros sentidos al despertar, dice. Al estar cerrados, durante el sueño, los canales de la percepción, nuestra mente se separa de su parentesco con lo circundante, conservando su única vinculación a través de la respiración, como si fuera una especie de 'raíz' (Sexto Empírico, Adv math VII 129). Y añade que, mientras dormimos, al no ser tan intensa la inhalación como cuando uno está despierto, el alma se encontraría en un estado intermedio entre la vida y la muerte, que es lo que caracteriza el sueño, además de la desvinculación de los sentidos.
Calcidio, por su parte, le atribuye a Heráclito la consideración de que el alma sólo tendría contacto con la razón cósmica precisamente durante el sueño, por estar libre de la interrupción de los sentidos, en una interpretación más de tipo platónico.
Según Aecio las almas se nutren de exhalaciones internas y externas: las internas procederían de la sangre y otros líquidos del cuerpo, mientras que las externas serían las que se absorben por medio de la respiración...
La respiración es el denominador común de Heráclito con Anaxímenes: Respiramos el aire, el pneuma, el hálito. La acción del 'éter ígneo', aunque provenga del cielo exterior, llega hasta nosotros por el aire, penetra nuestro interior por la respiración, y es por medio de la respiración que conserva, desarrolla y renueva nuestra alma, como se conservan, desarrollan y renuevan 'los espíritus y los dioses' que pueblan el mundo etéreo, y que habitan a la vez el psiquismo humano, según el entender de la época.

Cappelletti, A. J. Los fragmentos de Diógenes de Apolonia. Tiempo Nuevo, Caracas, 1975.
Cappelletti, A. J. Mitología y filosofía: los presocráticos. Cincel, Madrid, 1987.
Cicerón, M. T. Sobre la naturaleza de los dioses. UNAM, México, 1986.
Fernández Cepedal, J. M. Los filósofos presocráticos. Proyecto Filosofía en español, www.filosofia.org.
Conde, F. Filósofos presocráticos. Página sobre filosofía, www.paginasobrefilosofia.com.
González, C. Historia de la filosofía. 2 ª ed., Madrid, 1886. Edición digital Proyecto Filosofía en español, www.filosofia.org.

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