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Los filósofos físicos: Diógenes de Apolonia.

El último cronológicamente de los filósofos materialistas y monistas de la antigua Jonia, Diógenes de Apolonia, hacia los años 440-430 antes de Cristo, tiraba también justo por el mismo camino que sus antecesores y sostenía, de una manera abierta y explícita, que el aire es el 'principio' de todas las cosas. 
Sólo se conservan algunos fragmentos de los escritos de este pensador, pertenecientes a su obra 'Sobre la naturaleza', que fueron recogidos por Simplicio. Pero, si hacemos caso de diferentes citaciones, parece que habría escrito diversos libros más: uno 'Contra los sofistas', uno 'Sobre meteorología', y uno sobre medicina que se habría titulado 'Sobre la naturaleza del hombre', al que Galeno haría referencia cuando afirmaba que Diógenes había compilado las enfermedades y sus causas y remedios en un tratado. Todo indica que Diógenes de Apolonia era médico de profesión y que habría publicado, en efecto, este tratado de medicina, en el que sus nociones sobre el origen de las enfermedades aparecerían relacionadas, seguramente, con las ideas de su teoría general, la cual sí se ha conservado y la vamos a ver aquí.

Diógenes pensaba que el mundo y sus partes estaban ordenados de la mejor forma de las posibles por la intervención de una inteligencia divina que estaría presente en la sustancia originaria que es el aire. Por las disposiciones de esta 'inteligencia del aire' el mundo no es un caos sino un verdadero cosmos, donde todo está distribuido de acuerdo a unas regularidades, como las estaciones del año, los ciclos día-noche, las alternancias meteorológicas...
La substancia esencial de toda la realidad es el aire, dice Diógenes, por la razón evidente de que los seres vivos si pueden vivir es gracias a la respiración del aire. El aire es 'el alma' entendida como principio vital (lo que da la vida), como se deduce del hecho de que la vida abandona el cuerpo cuando lo abandona la respiración.
Esta idea ya se encontraba en algunos usos de 'zimós' y 'psijé' de Homero, al cual Diógenes elogiaba (afirmaba Filodemo) porque "discurría sobre lo divino de manera no poética sino verídica y porque manifiestaba de forma explícita que el propio Zeus es el aire".
Diógenes se refiere tanto al aire libre como al aire contenido en el cuerpo, en la línea de Anaxímenes, y refiere el término 'pneuma', que significa alma o espíritu, como sinónimo de aliento y de viento. El aire es el dador de la vida, por lo tanto viene a ser Dios, porque si da la vida tiene un poder absoluto sobre todas las cosas, sobre todos los fenómenos de la existencia humana. Es infinito, eterno e inmortal: no está sometido a los límites temporales de la vida de un cuerpo, no perece con él (al contrario, es él que le da la vida) y se extiende por todas partes.
El aire es el responsable de las regularidades e irregularidades del cosmos, y también de las del psiquismo humano. No es que el aire contenga inteligencia, sino que es inteligencia, porque es lo que ordena y dispone nuestra mente y el cosmos entero, es él en realidad el alma intelectiva, él es lo que contiene conocimiento. “El aire es grande y potente, eterno e inmortal y sabedor de muchas cosas” (Simplicio, Física 153, 20).
Una de las razones que movieron a Diógenes a concebir el aire como principio de todas las cosas y como 'divinidad' fue, tal como comentábamos en el caso de Anaxímenes, el hecho de que el aire es una sustancia tan sutil que se sustrae a los sentidos y parece algo inmaterial o incorporal. Otra razón, que también comentábamos, es su omnipresencia: "el aire asciende hasta lo más alto y desciende hasta lo más bajo y llena todos los espacios". Incorporalidad y omnipresencia son dos atributos de la 'metafísica' o 'divinidad' aparentes del aire, pero que en realidad, paradójicamente, no son más que un puro fenómeno físico de la naturaleza.
Una diferencia con Anaxímenes radica en el hecho de que, para Diógenes, los cambios que explicarían los fenómenos de la naturaleza no se reducen a la rarificación o condensación de este elemento, sino que además participa otro factor que es la temperatura del aire. Para Diógenes, el rasgo distintivo de la divinidad-animidad-humanidad es el calor, en complicidad con las ideas de Heráclito sobre el 'éter ígneo'. Para el de Apolonia la inteligencia es aire caliente, más caliente que la atmósfera aunque no tanto como el éter que circunda el sol.
La temperatura del aire productor de la inteligencia, es muy interesante eso que dice Diógenes, registraría ligeras modificaciones temporales de continuo, las cuales explicarían, a su vez, las numerosas e imprevisibles variaciones en el tiempo que acontecen en nuestra percepción, nuestro pensamiento y nuestro psiquismo en general.
Un calor moderado sería el rasgo distintivo del aire-alma o 'pneuma', el fluctuar del cual explicaría, según este sabio, las variaciones de los estados y actos mentales, desde las variaciones más sutiles del pensamiento y de la percepción hasta los estados más extremos del sueño y de la muerte, que corresponderían a modificaciones también extremas del 'pneuma': “Diógenes afirma que, si la sangre, esparcida por todo el cuerpo, llena las venas y empuja el aire que contienen hacia el pecho y la parte inferior del vientre, tiene lugar el sueño y se calienta la parte central del cuerpo, pero si todo el aire sale de las venas, sobreviene la muerte” (Aecio, V 24, 3).

Es evidente que Diógenes de Apolonia pensaba como médico y que llevó las tesis de Anaxímenes al terreno de la fisiología. No se mantuvo al margen del organismo sino que entró a explicar cómo debía actuar el aire en el cuerpo para producir los fenómenos del alma. El aire universal penetra dentro del cuerpo por la respiración (entre otros mecanismos) y circula, empujado por la sangre, por las venas de todo el cuerpo hasta el cerebro, el cual actúa de intérprete de las fluctuaciones o 'logos' de este aire universal.
El aire interior de nuestro organismo participa de la 'divinidad', forma parte de ella, al transmitir lo universal a nuestra 'animidad' personal. Nuestro pensamiento viene a ser una especie de órgano sensorial sensible a las fluctuaciones ('logos') del aire. El etéreo elemento se extiende por todo el universo y a la vez actúa en el 'pneuma' corporal de cada persona por la acción de la respiración y de la circulación de la sangre. Según esto, las variaciones de nuestra actividad mental y cerebral obedecen a la variaciones del aire de la atmósfera (en cuanto a temperatura, densidad, sequedad...) provenientes de lo exterior universal pero que el cuerpo 'interpreta' por su natural funcionamiento creando un 'logos' cerebral y mental, interno y subjetivo.
La sede del alma es el cerebro. Es el cerebro el órgano que interpreta las variaciones del aire, es quien intelige. El cerebro es el instrumento de que se vale el aire para pensar. Los (otros) órganos sensoriales están subordinados a este órgano principal que produce el acto de entender. El cerebro 'resuena' con ciertas variaciones del aire que le aportan un 'logos', como resuena el oído en unas frecuencias determinadas para ofrecer los sonidos y los lenguajes sonoros. El aire exterior 'nutre' el alma y va primero al cerebro y permanece allí la mayor parte, el resto se expande por todo el cuerpo a través de los vasos sanguíneos y hace participar, de esta manera, el cuerpo entero en las intelecciones y en las emociones. Todo el cuerpo, pero sobre todo el cerebro, 'vibra' con el aire.
Mantiene Diógenes que, cuando una gran cantidad de aire se mezcla con la sangre y la aligera de acuerdo a su naturaleza menos pesada, y penetra, sutilizada, todo el cuerpo, se origina el placer; y cuando el aire está presente en contra de su naturaleza ligera, por acción de la humedad, y no se mezcla al ser pesado, la sangre se coagula, se debilita, se hace más densa y de ahí nace el displacer y el dolor. De un modo similar se originan los estados anímicos, como la confianza y sus contrarios la desconfianza y la vergüenza, y la salud y su contrario la enfermedad, dice Diógenes.
Lo que es el pensamiento en sí lo provoca el aire puro, seco y caliente, pues toda emanación húmeda inhibe la inteligencia. Esta es la razón, argumenta, por la que el pensamiento aparece disminuido en el sueño, en el embriaguez y en el hartazgo, porque en ellos el aire se concentra en el vientre y se humedece y 'embrutece' por los elementos que allí hay, dice.
Otra prueba de que la humedad remueve la inteligencia lo indica el hecho de que los demás seres vivos son inferiores en inteligencia al hombre porque respiran el aire que está más cercano a la tierra, que es más húmedo y más impuro, sostiene. (Las aves respiran aire puro, es cierto, pero argumenta que tienen una constitución similar a la de los peces, pues su carne es maciza y el aliento no la penetra toda sino que queda detenido en torno al abdomen... Y entiende que las plantas están totalmente privadas de inteligencia por el simple hecho de que no tienen aire dentro.)

Para Diógenes la inteligencia es lo mismo que la intensidad vital. Esto es muy interesante. Existen diferentes grados de inteligencia y diferentes grados de intensidad vital que se corresponden con los primeros. Estas diferencias cuantitativas de inteligencia y de vitalidad tendrían su origen, según él, además de en las propiedades del aire circundante, en la penetrabilidad del aire en el cuerpo. Las que menos, las plantas, y luego los peces y las aves, tienen un grado de vitalidad y de inteligencia bajo, se supone que por una escasa penetración y difusión del aire en su interior.
El ser humano es el que tiene un mayor grado de inteligencia y vitalidad, porque absorbe y difunde una gran cantidad de aire en su cuerpo, se entiende; pero también es muy variable de un momento a otro, no hay en él nada absoluto y estático sino todo lo contrario. Hay momentos en que las personas vivimos la vida de forma intensa, que todo fluye rápido y de modo absorbente, que son aquellos momentos que tenemos un pensamiento más profundo y más vívido, más determinante. En otros momentos pasa todo lo contrario, no somos capaces de elaborar mentalmente nada y el entendimiento de las cosas está como ausente, y nuestra existencia es monótona y aburrida. En estos últimos momentos, a diferencia de los primeros, el grado de nuestra intensidad vital es bajo, como el de nuestra inteligencia. Y ello obedecería a cambios de las cualidades del aire y/o de nuestra manera de respirar. La inteligencia (el pensamiento) es tan inestable y volátil como el elemento que la genera.
El pensamiento o la inteligencia, para el filósofo de Apolonia, no es nada 'superior' que emerge de actividades 'inferiores' más elementales, sino que está en el mismo nivel que el sueño, los sentidos, el placer y el dolor, los sentimientos, la salud... Todo son 'sensaciones' producidas por el aire. Todo está al mismo nivel. El aire exterior entra en contacto y se mezcla (o simplemente lo agita) con el aire que está dentro de los órganos sensoriales y del cerebro, a través de las venas o canales sanguíneos.
Para Diógenes las intelecciones provienen del aire, el cual se apodera de todo el cuerpo a través de las venas y la sangre, especialmente en aquellas proposiciones en que las venas mismas proporcionan una 'adecuada anatomía' (Simplicio, Física 153, 13). El pensamiento, el alma intelectiva, se genera por la correspondencia entre el aire y la disposición de nuestras venas y de nuestro cerebro. La claridad de la percepción y del intelecto de una concreta proposición depende de la sutileza del aire que se difunde dentro de nuestro cuerpo, y de la finura y la rectitud de los canales por los que se difunde: de la resultante de la anatomía concreta de las venas implicadas.

Cuando el aire se mezcla con la sangre y se permea por el cerebro y todo el cuerpo surge la sensación de placer y el pensamiento es vívido. El pensamiento depende de la pureza y de la sequedad del aire, y, como el placer, surge cuando el aire se mezcla con la sangre, la sutiliza, y se difunde por todo el cuerpo a través de la red vascular. Pensamiento y placer son cosas muy similares en realidad. Pensar el mundo de manera comprensible, entenderlo (inteligir) es una forma poderosa de placer. Así, inteligencia, pensamiento, intensidad vital y placer van totalmente unidos en Diógenes. Vitalidad, fruición, intelección, entendimiento, pensamiento, razón... están interrelacionados en su propia esencia, si no son una misma cosa. Tantos filósofos han intuido que el entendimiento del mundo es el máximo placer al que puede aspirar el hombre, pero no han sabido explicar por qué. Diógenes de Apolonia, el físico, el olvidado, sí.


Cappelletti, A. J. Los fragmentos de Diógenes de Apolonia. Tiempo Nuevo, Caracas, 1975.
Cappelletti, A. J. Mitología y filosofía: los presocráticos. Cincel, Madrid, 1987.
Cicerón, M. T. Sobre la naturaleza de los dioses. UNAM, México, 1986.
Fernández Cepedal, J. M. Los filósofos presocráticos. Proyecto Filosofía en español, www.filosofia.org.
Conde, F. Filósofos presocráticos. Página sobre filosofía, www.paginasobrefilosofia.com.
González, C. Historia de la filosofía. 2 ª ed., Madrid, 1886. Edición digital Proyecto Filosofía en español, www.filosofia.org.


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