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Los filósofos físicos: Demócrito.

No muy lejos de la línea de Heráclito i ampliando el atomismo de Leucipo, Demócrito, hacia el 460 antes de Cristo, enseñaba que el alma humana era una sustancia formada por unos átomos muy sutiles y de forma esférica que eran iguales o muy parecidos a los del fuego. Demócrito consideraba que por razón de su sutilidad y esfericidad estos átomos aportaban el movimiento perpetuo y el calor característicos tanto del fuego como del alma.
El alma, para Demócrito, es un cuerpo dinámico y volátil que actúa sobre el cuerpo pesado y grosero que es nuestro organismo. Esta alma espirituosa y vivaz se difunde por todos los tejidos del organismo y produce las funciones vitales propias de los diferentes órganos y miembros. El pensamiento, la conciencia y la sensación son fruto de la disposición de estos átomos etéreos y esféricos por todo el cuerpo, las inestables combinaciones de los cuales explicarían el devenir inconstante del psiquismo.

Los átomos del alma tienen un movimiento circulatorio continuo, el cual, afirma Demócrito, es sostenido por la inspiración y la espiración. La respiración constituye el proceso esencial de la vida y de las manifestaciones psíquicas que se dan a cada momento de ésta. 
Se trata, de nuevo, del aire y la respiración. Lo que el filósofo de Abdera llama espíritu o alma no es nada sobrenatural o metafísico, ni siquiera es un principio de la naturaleza superior al movimiento mecánico. Consiste simplemente en el fenómeno que producen los átomos finos y sutiles del aire que respiramos cuando actúan mecánicamente sobre los átomos más densos del cuerpo.
Para Demócrito los dioses también son espíritus, seres análogos al alma en su naturaleza atómica aérea. El único aspecto en que los dioses son superiores al alma humana es que la organización de sus átomos es más duradera, pues no dependen de un cuerpo perecedero. Sin embargo, tales entidades espirituales también acaban desvaneciéndose, pues están sometidas, como toda la naturaleza, a la única constante que es la ley del movimiento eterno, necesario y universal de los átomos, al flujo sempiterno de organización y desorganización de la materia.

Cappelletti, A. J. Los fragmentos de Diógenes de Apolonia. Tiempo Nuevo, Caracas, 1975.
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