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Los filósofos físicos: Anaxímenes.

La obra de los filósofos presocráticos a menudo ha sido interpretada, pasados los siglos, de manera muy simplista, bajo la lente de un materialismo reduccionista moderno que, en realidad, poco tiene que ver con el planteamiento original de estos pensadores antiguos. Se ha hecho, muchas veces, una lectura ingenua de sus tesis sobre los elementos de tierra, agua, aire, fuego como principios creadores y ordenadores del universo. Una visión científico-naturalista clásica de estos autores los considera los remotos iniciadores de las ciencias naturales, los planteamientos y soluciones de los cuales habrían quedado lógicamente obsoletos. Es cierto, los llamados filósofos físicos hicieron aportaciones de gran mérito a la geografía, la astronomía, la meteorología, la matemática y la biología, sin duda, pero su producción no se agota, a mi entender, en la interpretación convencional que se hace desde el prisma de las ciencias naturales modernas, como su propósito tampoco era el de hacer unas ciencias independientes unas de otras y desligadas del hombre como ser global y de su experiencia cotidiana. Su materialismo no tiene nada que ver con el materialismo moderno. No hay que llevarse a engaño, ellos eran filósofos en el sentido más amplio del término, que pretendía explicarlo todo, y no 'físicos' o científicos de los que se esperara algún tipo de solución técnica tal como entendemos ahora. Sus metas eran de mucho mayor alcance.

Ángel Cappelletti (1987) señala, en este sentido, que el estudio de cada uno de los filósofos presocráticos por separado, y una visión de conjunto de los mismos, impele a romper con conceptualizaciones esquemáticas y restrictivas de su obra y a buscar algo más fundamental e intuitivo: "Lo que nos obliga a ver en ellos una verdadera escuela filosófica es, sobre todo, la problemática común, centrada en la idea de 'physis' y la cosmovisión compartida esencialmente por todos ellos y derivada de una originaria intuición. Una realidad única, eterna, infinita y activa, que es a la vez materia, vida y espíritu, de la que surgen y a la que regresan todas las cosas, de la que todas están hechas y gracias a la cual todas llegan a ser lo que son, es el núcleo de tal cosmovisión". (p. 59)
Como dice Cappelletti, estos pensadores tenían una clara orientación universal y se preguntaban por el principio ('arjé') u origen de la realidad, de toda la realidad. Su pensamiento tiene por objeto la indagación del origen de la realidad y del ser, plantea una ontología, busca un principio de unidad, un elemento común que permita afirmar que 'todo' es básicamente lo mismo. Esta preocupación converge en todos los casos en el hombre, porque a pesar que el objeto de investigación aparentemente es lo físico o material externo a la persona, estos pensadores asumen que todo fenómeno natural surge de la experiencia humana o se manifiesta en ella. Así, los fenómenos naturales, del mundo físico y material, convergen con los fenómenos de la percepción, del pensamiento, de la conciencia: los fenómenos del alma y del espíritu. Existe una única realidad fundamental que es a la vez materia y espíritu, que es la vida, gracias a la cual todas las cosas existen y son lo que son. Hombre, naturaleza y ser son una misma realidad, que funciona por unos principios únicos (y eternos, infinitos y activos).

Empezamos por señalar la propuesta de uno de los iniciadores, Anaxímenes, según la cual el principio de todo es el aire (realidad única), elemento que es inmensurable (realidad infinita), que es anterior a todas las cosas (realidad eterna) y que es, además, el generador de todas las cosas (realidad activa). En su proceso de continua mutación el aire genera los demás elementos, y éstos se disuelven también en él en su corrupción, dice Anaxímenes. El aire es el origen primero tanto de las cosas materiales como de las mentales y espirituales. Se puede afirmar que es 'Dios', pues es el origen de todo. "Anaxímenes estableció que el aire es Dios, y que éste es engendrado, inmenso e infinito, y siempre en movimiento", recogía Cicerón en Sobre la naturaleza de los dioses. Materia, alma y Dios son las manifestaciones del mismo principio que consiste en las eternas evoluciones del aire.

La tradición sitúa Anaxímenes como un filósofo discípulo de Tales y compañero y sucesor de Anaximandro 
(acmé alrededor del 546 ac). Teofrasto comentó sobre él: "El Milesio Anaxímenes, hijo de Eurístrato, compañero de Anaximandro, dijo, como éste, que la naturaleza subyacente es una e infinita, pero no indeterminada, como Anaximandro, sino determinada, y la llamó aire; se diferencia en las sustancias particulares por rarefacción y condensación. Al hacerse más sutil se convierte en fuego, al condensarse en viento, luego en nube, más condensado aún en agua, tierra y piedra; las otras cosas se producen a partir de ellas. Hace también eterno el movimiento gracias al cual nace también el cambio". (Simplicio, Física, 24, 25-26). 

Anaxímenes entiende como 'arjé' el aire, que es un principio invisible e infinito al igual que el 'apeiron' de Anaximandro, pero el aire de Anaxímenes, como el agua de Tales, en realidad es un principio determinado y concreto, tiene una existencia física concreta. De hecho, se suele interpretar la filosofía de Anaxímenes como un intento de síntesis entre Tales y Anaximandro: el aire como 'arjé' sustituye el agua de Tales, pero a la vez incorpora propiedades del 'apeiron' indeterminado de Anaximandro, como es la infinitud.
¿Por qué elige Anaxímenes el aire como 'arjé' y no el fuego, la tierra, o el agua? Fernández Cepedal señala que Anaxímenes encontró en el aire una serie de propiedades empíricas que ejercían mejor que los otros elementos las funciones de 'arjé'. El aire constituiría, mejor que el agua, la materia adecuada para el 'logos' de las transformaciones de los elementos; con sus procesos de rarefacción y condensación se podría explicar la diversidad de los elementos del mundo físico: Al enrarecerse y hacerse más ligero el aire aumenta de volumen y de temperatura y viene a convertirse en algo como el fuego o en fuego mismo. Al condensarse, al contrario, disminuye de volumen y de temperatura y se transforma en algo más frío y más sólido como el agua y la tierra, según Anaxímenes. Son los cambios cuantitativos, el aumento o la disminución de la densidad, lo que produce las diferencias cualitativas. Lo mismo se aplica a los opuestos caliente y frío, que Anaximandro extraía del 'apeiron' de manera forzada y que en Anaxímenes aparecen de manera natural a partir de los cambios cuantitativos de condensación – rarefacción que hemos señalado. “Lo comprimido y condensado es frío, y lo raro y laxo es caliente” señala parsimoniosamente Plutarco (De primo frígido, 7, 947 F).



Se trata de una teoría toda ella parsimoniosa, la de Anaxímenes, pues el 'Todo' proviene de un único elemento que varía de modo cuantitativo. Pero además está la especial e interesante característica de la invisibilidad del aire. Como dice Hipólito (Refutatio. Y 7, 3) el aire “cuando es perfecto es imperceptible a la vista". El aire es una determinada materia, pero la determinación del aire es mucho más 'abstracta', en cuanto es imperceptible a los sentidos, que la del agua. El aire es invisible, pero además es intangible, insonoro, inodoro e insípido. Es verdadero 'apeiron'. Tanto es así que se le confunde con el vacío: la existencia del aire como materia, de hecho, no fue demostrada empíricamente hasta los tiempos de Empédocles y Anaxágoras. 
La extensión del aire parece infinita, "incluye todo el cosmos" (Aecio, I 3, 4). Siendo empíricamente inapreciable, no se pueden detectar sus límites. Ocupa una vastísima región del mundo, si no todo, y parece penetrar todos los espacios vacíos; es inabarcable. La omnipresencia del aire es prácticamente absoluta. Es el 'arjé' perfecto.
El aire es un elemento muy sutil, en movimiento y cambio continuos, de los cuales no nos damos cuenta debido precisamente a su gran sutilidad y ligereza (además de invisibilidad), que al ser omnipresente y tocar todos los demás elementos y cosas creadas debe estar por necesidad implicado en el movimiento y el cambio del 'Todo'. No es descabellado pensar por tanto que el aire, aunque se mantenga 
oculto a nuestros sentidos, puede ser la causa primera, el principio dinámico generador y creador del resto de la naturaleza, todo lo cual le otorgaría un cierto carácter 'divino'. "Anaxímenes dice que el aire es Dios" coinciden en atribuir Aecio y Cicerón a nuestro filósofo de un modo explícito.
Hemos visto en otra entrada la identificación del aire con la divinidad que hacía el orfismo, según la cual los dioses mismos se originan del aire o son hechos de aire, literalmente. San Agustín hace una interpretación de Anaxímenes también en este sentido cuando escribe "Anaxímenes atribuyó todas las causas de las cosas al aire infinito y no negó los dioses ni se calló respecto a ellos, no creyó, sin embargo, que el aire fuera producido por ellos, sino que ellos mismos nacieron del aire". (La ciudad de Dios, VIII, II).
El carácter 'divino' del aire se relaciona con la idea de que el poder de este elemento se extiende por todas partes y lo penetra todo, incluidos los cuerpos de los hombres y los animales, por carnales y sólidos que sean. Así, la 'divinidad' del aire exterior, cuando penetra en el cuerpo, se convierte en 'animidad': el alma es el mismo aire. El alma, se puede afirmar al modo de los antiguos, es un soplo o hálito. Dentro de nosotros es alma y fuera es puro aire, a la vez que espíritu o divinidad en tanto que es el 'arjé'. El alma, según esto, es la acción del aire en cada persona individual, y el espíritu es la acción universal del aire sobre la humanidad entera y sobre todo lo creado.
El aire se emparenta, al menos desde Orfeo y Homero, además de con la divinidad, con el alma: "Así como nuestra alma al ser aire nos mantiene unidos, así también el aliento (pneuma) o aire abarca todo el cosmos" (Aecio, I 3, 4). Nuestra alma es aire, dice Anaxímenes, concretamente es el aire interior que mantiene unido nuestro cuerpo, y también, dice, es el mismo aire que abarca y mantiene unido todo el universo. Hace una identificación del aire cósmico con el 'pneuma', que en griego significaba aire o aliento a la vez que alma, lo mismo que el término 'psyché'. Se considera el aire como nuestra alma y como el aliento del mundo ('el espíritu del mundo') de un modo totalmente intercambiable.
El 'aither' actúa en el universo como el 'pneuma' en el cuerpo. Del mismo modo que el 'pneuma' (aire-alma) penetra y mantiene unido el cuerpo, dándole la da vida y gobernándolo, el 'aither' (aire-espíritu) penetra y mantiene unido el universo, dándole animación y gobernándolo. No existen límites entre nuestro cuerpo-organismo y el resto de los cuerpos materiales. Todo es lo mismo. Nosotros y el resto del universo, lo físico y lo mental, evolucionamos de forma pareja. Los milesios consideraban el universo como un ser vivo, como una especie de enorme organismo. El alma y la propia vida no son generadas por el cuerpo-organismo individual, sino que éste las recibe del aire-espíritu del universo. Del aire-espíritu universal afirman, por tanto, que es 'Dios'.


Cappelletti, A. J. Los fragmentos de Diógenes de Apolonia. Tiempo Nuevo, Caracas, 1975.
Cappelletti, A. J. Mitología y filosofía: los presocráticos. Cincel, Madrid, 1987.
Cicerón, M. T. Sobre la naturaleza de los dioses. UNAM, México, 1986.
Fernández Cepedal, J. M. Los filósofos presocráticos. Proyecto Filosofía en español, www.filosofia.org, 2000.
Conde, F. Filósofos presocráticos. Página sobre filosofía, www.paginasobrefilosofia.com.
González, C. Historia de la filosofía. 2 ª ed., Madrid, 1886. Edición digital Proyecto Filosofía en español, www.filosofia.org, 2002.



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