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Los estados de la conciencia

Todos nosotros estamos más activados y atentos en determinados momentos y lo estamos menos en otros. Parece evidente que existen diferentes niveles o estados de conciencia en un continuo que oscila entre los estados de relajación y los estados de urgencia.
La conciencia es más intensa cuando vacilamos entre dos o más decisiones que sabemos importantes, cuando hemos de hacer de un modo urgente algo nuevo y anticipar posibilidades en las que no habíamos pensado antes. Cuanto más hemos de discernir sobre el futuro inminente, más vivaz es la conciencia y mayor inteligencia movilizamos.
En el otro extremo, los estados de baja activación que son la relajación y las ensoñaciones, según H. Bergson, aparecen cuando nos desentendemos de actuar en la realidad y nos despreocupamos de ajustar nuestros conocimientos y nuestras acciones a lo que acontece en el mundo. Estos estados de baja activación obedecen a cosas que sentimos, recordamos o imaginamos pero que están desvinculadas de la realidad, que están 'vacías de realidad inmediata', por decirlo de alguna manera, que no tienen nada concreto a lo que ajustarse con urgencia.

Señala H. Bergson: 

"En el sueño el recuerdo es nítido y preciso, pero sin interior y sin vida. La sensación desearía encontrar una forma sobre la cual fijar la indecisión de sus contornos. El recuerdo desearía obtener una materia para llenarse, cargarse, en fin actualizarse.”
"En estado de vigilia el conocimiento que adquirimos de un objeto implica una operación análoga a la que se efectúa en el sueño. Nosotros solo percibimos de la cosa su esbozo; este lanza un llamado al recuerdo de la cosa completa; y el recuerdo completo, del que nuestro espíritu no tenía conciencia, aprovecha la ocasión para lanzarse hacia fuera. Es esta especie de alucinación, inserta en un marco real, lo que nos damos cuenta cuando 'vemos' la cosa.” 

En vigilia la conciencia manifiesta impresiones producidas por los órganos de los sentidos a la vez que conocimientos y recuerdos que se insieren en estas impresiones sensoriales. En el sueño sucede lo mismo, seguimos sintiendo, percibiendo y conociendo, solo que nos desentendemos de actuar en el entorno, para lo que normalmente nos recogemos en soledad en un ambiente sosegado. Ese 'no actuar' de los estados de relajación implica no retroalimentar nuestra acción intencional con las sucesivas evaluaciones y percepciones del medio que la acompañarían. Nuestras sensaciones y percepciones, al contrario, vagan libres en el sueño: no se organizan en torno a nada concreto, no están dirigidas a nada, no existe intencionalidad.
El sueño no cierra del todo nuestros sentidos a las impresiones del afuera, de hecho muchas de ellas se incorporan a los sueños, como todos hemos podido comprobar más de una vez. Dormir no es una desconexión de la realidad, simplemente nos desentendemos de actuar o de concentrarnos en algo, pero seguimos sintiendo igualmente. Y sentimos sobre todo las sensaciones que provienen de nuestro cuerpo, las cuales no se atenúan en un entorno de recogimiento, al contrario, ganan relevancia sobre las que hemos desistido de buscar en el exterior.
Dormir tampoco no es un simple descanso de las funciones superiores del pensamiento, una suspensión del razonamiento. En el sueño no somos incapaces de lógica; los sueños tienen su propia lógica, siguen su propio razonamiento; incluso se pueden entender como un exceso de razonamiento, de imágenes poco organizadas, que no están centradas ni orientadas a nada, y que, estando desvinculadas de cualquier actividad efectiva sobre el entorno, no tienen que seguir la pauta y el ritmo de éste y fluyen con mucha mayor libertad que en vigilia.
Dice Bergson que “nuestra vida, en estado de vigilia, es una vida de trabajo, aun cuando creemos no hacer nada, puesto que en cada momento debemos elegir, y en todo momento debemos excluir. Elegimos siempre entre nuestras sensaciones, puesto que expulsamos de nuestra conciencia miles de sensaciones 'subjetivas' que reaparecen tan pronto como nos dormimos. Elegimos, con una precisión y una delicadeza extremas, entre nuestros recuerdos, puesto que apartamos todo recuerdo que no se amolde a nuestro estado presente. Esta elección que efectuamos sin cesar, esta adaptación continuamente renovada, es la condición esencial de lo que llamamos buen sentido. Pero adaptación y elección nos mantienen en un estado de 'tensión' ininterrumpida. No nos damos cuenta en el momento, al igual que no sentimos la presión de la atmósfera. Pero a la larga nos fatigamos. Tener buen sentido es muy fatigante.”
Cuando dormimos, al contrario, descansamos y no nos esforzamos en nada, estamos desapegados de la vida. Todo nos resulta indiferente. “Dormir es desinteresarse. Uno duerme en la exacta medida en que se desinteresa. Una madre que duerme al lado de su niño podrá no oír los truenos, mientras que un suspiro del niño la despertará. ¿Dormía realmente para su niño? No dormimos para aquello que continúa interesándonos”. Nos dormimos, o nos ensimismamos, en el momento que dejamos de concentrarnos y de querer algo. Cuando queremos algo nos concentramos en ello y nos activamos para conseguirlo: “velar y querer son una única y misma cosa”.

En resumen: “Se ejercen las mismas facultades, sea que se esté despierto, sea que se sueñe, pero en un caso ellas están tensas y en el otro relajadas. El sueño es la entera vida mental, menos el esfuerzo de concentración. Aún percibimos, aún recordamos, aún razonamos: percepción, recuerdos y razonamientos pueden abundar en el soñador, puesto que abundancia, en el dominio del espíritu, no significa esfuerzo. Aquello que exige esfuerzo es 'la precisión del ajuste'.”
En los estados de ensoñación las sensaciones son difusas y pueden corresponderle a cada una recuerdos muy diversos. Al no existir ningún esfuerzo de concentración para ajustarlos ni organizarlos en torno a nada concreto, transitamos muy fácilmente de unos recuerdos a otros; están activados por igual recuerdos que en estado de vigilia consideraríamos muy diferentes. A estos tránsitos los hacemos rápidamente, en cuestión de segundos, cuando en vigilia nos podría ocupar horas enteras llegar a relacionar todas esas imágenes y sensaciones de una forma razonable.
En los sueños no existen las 'ideas directrices': al no existir una tensión de ajuste a la realidad no tenemos que esforzarnos en ceñirnos a unos elementos principales de la situación ni en organizar nuestros pensamientos, sino que las ideas están todas al mismo nivel y fluyen por asociación libre. Es por este motivo que la 'realidad' que experimentamos en los sueños es tan inestable y cambiante.
Cuando se requiere un esfuerzo de ajuste a los acontecimientos exteriores para estar en disposición de tomar decisiones, la conciencia da un significado práctico e intencional a las sensaciones, las organiza y las interpreta, se vuelve a centrar en lo inmediato: uno sale del sueño y se adapta al ritmo más lento de los acontecimientos exteriores: “los acontecimientos del exterior escanden su marcha y disminuyen su velocidad”.
El simple hecho de recuperar la atención y el interés por algo concreto nos lleva a despertar rápidamente. Despertamos, o salimos de la ensoñación, cuando detectamos algún acontecimiento externo al que tenemos que dar una respuesta adecuada (el llanto del niño para la madre), cuando nos damos cuenta de que algo importante está por hacer, o cuando la lógica del propio sueño o ensoñación nos lleva a una situación inaceptable o incompatible con nuestra supervivencia que exige una respuesta enérgica. Esto último sucede cuando soñamos que caemos de gran altura o que nos da alcance un asesino o un predador, por ejemplo. En todos esos casos es preciso actuar y despertamos.
Como dice Bergson “el yo que sueña es un yo distraído, que se distiende. Los recuerdos que mejor se armonizan con él son los recuerdos de distracción, que no conllevan la marca del esfuerzo”. El sueño solo es compatible con pensamientos intrascendentes.
Incluso en vigilia, cuando por alguna razón nos vemos obligados a realizar una tarea intrascendente, fácilmente nos aburrimos, nos abstraemos en pensamientos que nada tienen que ver con esa tarea y nos entra el sueño, a no ser que lleguemos a conectar de nuevo con algo concreto que valga la pena. También ocurre a la inversa: cuando de un modo natural o por fatiga nos entra el sueño, lo que estábamos haciendo deja de parecernos de interés, por mucho que nos lo pareciera antes, y nuestra conciencia se acaba ensimismando y desconectando.

Al menos una vez al día pasamos de la vigilia al sueño y del sueño a la vigilia de nuevo. Es nuestro ciclo vigilia-sueño natural. Pero además nuestro estado de conciencia puede fluctuar en periodos mucho más cortos. Tenemos un cuerpo variable por sí mismo, no somos 'puros espíritus', por decirlo en palabras de Bergson. Nuestro cuerpo, la vida, sigue sus propias reglas más allá de nuestros conocimientos y de los estímulos del exterior. A veces nos acabamos durmiendo aunque aquello que estábamos haciendo era interesante hace un momento. O aquello que normalmente tenía poco interés puede suceder que en algún momento alcance mayor vivacidad en nuestra conciencia: muchas veces no sucede nada objetivo en nuestro entorno y, en cambio, nuestra conciencia se intensifica en ese momento que 'nos damos cuenta de algo' y toma una dirección imprevista. En definitiva, nuestra conciencia, como las sensaciones que provienen de nuestro cuerpo, nuestros estados de ánimo y todo lo relacionado con nuestra biología, es variable por naturaleza.
La conciencia no solo integra las energías o estímulos del medio externo sino también los del medio interno, que acontecen en el interior del organismo, en sus órganos, sus tejidos, en su masa orgánica y sus procesos vitales. Aunque debemos reconocer que algunos procesos o estados fisiológicos no se manifiestan en la conciencia, sabemos, porque los experimentamos continuamente, que otros sí lo hacen. Esta es la conciencia corporal, o 'conciencia inmediata' como la llama Bergson, la conciencia interoceptiva totalmente fluida y continua “que es inmanente a la vida interior, que la siente más de lo que la ve; pero la siente como un movimiento, como una superposición continua con un porvenir que retrocede sin cesar”. Éste es el 'impulso de conciencia', de lo que sentimos o de como nos sentimos, instintivo e indisociable del funcionamiento de nuestro cuerpo, que tiñe toda nuestra existencia y que no está sometido a nuestra voluntad sino que más bien nuestra voluntad y todo nuestro psiquismo está sometido a tener que sentirlo en todo momento.
Luego está la conciencia reflexiva y representacional “que nos ofrece la visión de nuestra vida interior como la de un estado que sucede a otro estado, comenzando cada uno de dichos estados en un punto, finalizando en otro. La reflexión prepara las vías al lenguaje; ella distingue, separa y yuxtapone; solo está cómoda en lo definido y en lo inmóvil; se aferra a una concepción estática de la realidad”. Ésta es la conciencia que intenta someter la realidad continua a razones discretas, la conciencia que prepara el razonamiento verbal, que se esfuerza en representar la experiencia personal inmediata y continua con proposiciones lingüísticas.
La conciencia reflexiva coge elementos discretos de la conciencia corporal y sensorial con el fin de interpretar el momento, representarlo y argumentarlo para poder comunicarlo, para dar algún tipo de explicación o justificación del comportamiento de uno ante los demás. Con este cometido crea explicaciones, relaciona aquello que experimentamos en los consecutivos presentes para darle una unidad, una razón de ser y una lógica más allá de su simple sucesión irracional. Intentamos expresar lo que sentimos y experimentamos con palabras.
El lenguaje verbal, por lo general, es una mala traducción de la realidad que experimentamos internamente, aunque resulta muy práctico para la comunicación y la interacción con los demás. Nos permite influir sobre la conciencia de las demás personas más allá de la comunicación no verbal y generar y responder a las situaciones y acciones interpersonales complejas y organizadas que impone la vida en sociedad. Las personas somos especialmente sensibles a los demás. Estamos siempre expectantes a lo que puedan hacer o decir, prestos a tomar decisiones ajustadas a las nuevas realidades que se generan en nuestra relación con ellos. Muestra de ello es el hecho de que procuramos estar bien despiertos y activos en situaciones sociales y que, al contrario, para dormirnos buscamos la soledad, huimos de la exposición social.

Tenemos dos conciencias, en definitiva: la conciencia sensorial e inmediata, que actúa y fluctúa con nuestra biología, y la conciencia representacional, que se superpone a la primera y extrae de ella elementos informativos comunicables con el lenguaje a las demás personas. Pero el lenguaje, insistimos, se queda corto para expresar lo que realmente sentimos, pensamos y deseamos, nuestra realidad inmediata; más que para expresar realmente lo que experimentamos, en el lenguaje predomina la pura función instrumental de influir, muchas veces de manera muy superficial, sobre el comportamiento de los otros. Señala Ortega y Gasset al respecto:

"El hombre, cuando se pone a hablar, lo hace porque cree que va a poder decir lo que piensa. Pues bien, esto es ilusorio. El lenguaje no da para tanto. Dice, poco más o menos, una parte de lo que pensamos y pone una valla infranqueable a la transfusión del resto. Sirve bastante bien para enunciaciones y pruebas matemáticas. Ya al hablar de física empieza a ser equívoco e insuficiente. Pero conforme la conversación se ocupa de temas más importantes que éstos, más humanos, más "reales", va aumentando su imprecisión, su torpeza y su confusionismo. Dóciles al prejuicio inveterado de que "hablando nos entendemos", decimos y escuchamos de tan buena fe que acabamos por malentendernos mucho más que si, mudos, nos ocupásemos de adivinarnos. Más aún: como nuestro pensamiento está en gran medida adscrito a la lengua (aunque me resisto a creer que la adscripción sea, como suele sostenerse, absoluta) resulta que pensar es hablar consigo mismo y, consecuentemente, malentenderse a sí mismo y correr gran riesgo de hacerse un puro lío."



Bergson, H. (1919). La energía espiritual. Cactus. Buenos Aires, 2012.
Ortega y Gasset, J. (1957). El hombre y la gente. Alianza. Madrid, 2010.









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