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La causa primera

Aristóteles contemplando el busto de Homero, por Rembrandt (1653)

     Vienen a decir las religiones cristiana y budista, y filósofos como Aristóteles, que lo que llamamos Dios y lo que llamamos razón son una misma cosa. La razón es el estado mental que se crea cuando sentimos que nuestro pensamiento se acomoda a la realidad de modo que somos capaces de entenderla y de tener control sobre ella. Ocurre cuando sentimos que poseemos la verdad, que es el máximo bien, siempre han considerado los filósofos, a que podemos aspirar los humanos. Es lo que nos aporta la felicidad en tanto somos lo suficientemente inteligentes y buenos observadores para acertar a encontrar la verdad. Y Dios, dicen, es la Verdad.

     La razón, como resultado, se expresa como la satisfacción de entender el mundo. Como proceso, es el mostrarse del mundo en correspondencia con nuestro pensamiento. El razonamiento es el flujo de pensamiento que experimentamos como la búsqueda y el hallazgo de la verdad, de las múltiples verdades, de las grandes verdades pero también de las verdades del día a día de nuestra existencia. Es la búsqueda de sentido de las cosas y de los momentos y situaciones de la vida que acontecen.
     La razón es ante todo un 'logos', un discurrir. El razonar es el devenir de lo que percibimos del mundo, el devenir de las situaciones con que nos encontramos, a la vez que es el propio devenir de la mente. La razón no es algo estático, particular ni exclusivo de nadie. La razón es situacional y cambiante, no se la retiene, su devenir se escapa, es esquiva. Cuando sentimos que la hemos alcanzado, la sensación de control o poder que nos aporta es temporal, circunscrita a un suceso o a un momento. ¿Quién es tan sólido poseedor de la razón que sabe lo que ocurrirá al momento siguiente de su existencia?
     La razón, como la realidad, es alguna cosa cambiante que resulta impredecible a la razón misma. Nunca deja de cambiar. Dice el Bhagavad Gita que las acciones en general, y las acciones de la mente en particular, se desarrollan en el tiempo con la intervención de las fuerzas de la naturaleza, más allá de la individualidad del sujeto, aunque éste, engañado por una ilusión autista, piensa que él es su agente principal. Nuestra mente, llevada por un logos que se mueve por sí mismo más allá del mundo del que nos informan los sentidos, construye a cada momento nuestra realidad y nuestra vida. La vida es una creación de la mente, dice el Dhammapada.

     Para Platón y Aristóteles la vida es movimiento, y la causa primera del movimiento del ser humano son la voluntad (o deseo) y el pensamiento (o razón), que constituyen las funciones superiores del alma. Actuamos por deseo y por decisión. La voluntad-deseo busca el bien aparente (el objeto del deseo) y la razón-pensamiento busca el bien real (la verdad), señalan. El impulso de ambas está en el origen de nuestro comportamiento.
     La primera fuerza motriz del alma es el deseo, entienden, porque el deseo es el tipo de movimiento que intenta alcanzar su objeto sin ser impulsado por ninguna otra causa previa. El pensamiento o razón es la causa inmediatamente siguiente, pues enseguida intenta dirigir el deseo a la verdad.
     Argumentan ambos filósofos que deseo y pensamiento son el 'primer motor' no ya de los seres humanos sino de la naturaleza entera, pues no hay en la naturaleza ninguna causa previa que los impulse. El deseo y el pensamiento son capaces de auto-generarse, son lo que mueve sin ser movido aparentemente por nada anterior interno ni externo.

     Aristóteles, en sus obras biológicas, advierte más de una vez, con la precaución del científico, que, partiendo de la observación de los casos particulares, no es fácil trazar la línea divisoria entre lo que está vivo y lo que no, entre lo que tiene mente y lo que no. Para Aristóteles todo el mundo natural está 'casi animado', existe una especie de sustancia-alma presente en todo el universo que lo mueve todo. El cielo está vivo y tiene su propia fuente de movimiento, dice en De caelo. El cielo es donde está el 'primus motor', que es a la vez el alma, afirma el filósofo de manera chocante para nosotros. El alma no está sólo en el interior de las personas, está por toda la naturaleza y parece que se origina en el cielo. Alma y cielo se identifican en una especie de 'alma universal'.
     El 'primus motor' o 'alma universal' es incorpóreo, no tiene vida corporal, sin embargo es aquello generador de la vida de los organismos o aquello que se experimenta como vida, dice Aristóteles. Y como primer engranaje del mecanismo de transmisión de la vida, desde este primer motor o alma universal hasta los organismos biológicos concretos, pasando por todas las formas de organización de la naturaleza, está el tipo más puro de materia: el aither, la sustancia aérea que se extiende desde el cielo por toda la naturaleza, que rodea las estrellas y las esferas del universo y que mueve el resto de elementos y que actúa, asimismo, sobre los seres vivos y les otorga la vida o alma tal como la conocemos. El aither es el primer engranaje material del mecanismo del alma, es la materia primera de la vida, del pensamiento y de la voluntad.
   
     Lo que llamamos 'Dios' es una acción natural: es la vida, es el alma, es lo que mueve, por el aither, el pensamiento y la voluntad humanas.
     Aristóteles, quien no podía soportar la idea de los dioses antropomórficos, manifiesta que 'el Primer Motor Inmóvil es Dios y Dios es feliz y bienaventurado, no por ningún bien externo, sino en sí mismo y por su propio carácter natural'. Mantiene que, si despojamos a los dioses del agregado antropomórfico y de la servidumbre a los intereses de la ley y del poder con que los hombres los han concebido, y nos quedamos con el hecho central de que con los dioses se nombran las sustancias primarias, entonces los podemos considerar (a los dioses) una idea realmente inspirada.
     Hay que separar a Dios de toda forma de mito, sostiene. Y tan pronto mantiene que Dios es el motor inmóvil, afirma acto seguido que su actividad natural es el pensamiento. Aristóteles une de manera inmediata la acción del Primer Motor, o de Dios, con la facultad más elevada del hombre que es el pensamiento. Y parece que no sólo lo afirmó, sino que el estagirita defendió esta idea, la de una inteligencia suprema que está actuando continuamente por toda la naturaleza y sobre la mente de cada ser particular por el aither, con un entusiasmo insólito en él.
     Fue una idea en la que trabajó a lo largo de toda su vida, y que evolucionó con su filosofía. La concepción platónica inicial del aither, que poseería un alma con todas las facultades mentales, un dios real, la acomodó Aristóteles a su sistema posterior como un elemento físico (el quinto) que tiene un movimiento circular continuo el cual se transmite a los seres vivos y les otorga, así, el impulso del alma, del pensamiento y de la motivación, por unos mecanismos totalmente naturales.
     Este quinto elemento o aither, no sujeto ni a cambio ni a descomposición sino sólo al movimiento circular eterno, rodea todo el cosmos y penetra por todo él, aunque con una pureza decreciente en sus partes más bajas y cercanas a la tierra, sostiene. Por fricción del quinto elemento con los otros, y de éstos entre sí, el movimiento se transforma en un flujo de energía en forma de luz, calor y vida, y finalmente también en forma de mente y pensamiento.
     Con palabras casi exaltadas, el de normal sosegado Aristóteles, defiende la naturalidad de este flujo, formado de acciones totalmente físicas, y la consecuente materialidad de sus manifestaciones anímicas y mentales. Entiende que éstas se expresan en cada individuo pero que provienen de fuera, como puros fenómenos físicos de la naturaleza. La mente no tiene para él un origen ni interno ni metafísico. La razón no emerge de algo misterioso del interior del hombre. Pero el hombre de ordinario se equivoca y cree que sí, convirtiéndose en esclavo de este sentimiento y de esta concepción egocéntrica del mundo. Es en este momento que pierde el camino (la razón), se hace dependiente del sentimentalismo, se deja dominar por la fantasía. Es necesaria una visión del todo para no perderse, la cual nos viene dada por el aither, por el flujo de conocimiento puro tal como acontece de manera natural, y a la cual nos tenemos simplemente que amoldar.
     Este flujo, como indica el propio término, acontece de manera 'fluctuante' y variable. La mente humana no puede pensar a un nivel constante continuamente, dice Aristóteles. Hay una variabilidad muy notable de un momento a otro en nuestra capacidad de raciocinio. La disponibilidad del pensamiento es un 'logos', es variable por definición. Funcionamos a rachas breves de pensamiento, tal como vienen dadas por el aither. Forzar la reflexión abstracta más allá de su acontecer natural puede dañar incluso nuestra salud, señala el de Estagira. La razón y la verdad (o su ausencia: la estupidez, el sentimentalismo, el alejamiento de la realidad) no son solo cuestiones lógicas y morales sino de pura biología natural.
     El alma es la disposición del cuerpo, la forma actual que adopta nuestro cuerpo, la experiencia subjetiva presente de los procesos vitales. El cuerpo es la materia sobre la que actúan los elementos de la naturaleza, que manifiestan la acción del aither y del primer motor inmóvil. El cuerpo acusa y manifiesta el flujo del aither, y del resto de elementos materiales, en una sucesión de procesos vitales que el alma 'traduce' como un logos de pensamiento.
     El corazón, con los procesos de la respiración y de la circulación de la sangre, que difunden el aire (tocado por el aither) por todo el cuerpo, es el órgano principal de la experiencia del alma. Este órgano, según el filósofo, proporciona el calor innato que hace posible la vida y la mente, en correspondencia con el devenir o logos del alma universal.
     El aither tiene inteligencia, o dicho de otra forma, cuando actúa (físicamente) sobre el ser humano le aporta un flujo de pensamiento, una inteligencia. Exactamente esta afirmación tan fascinante la recogieron e intentaron darle una explicación científica los médicos hipocráticos y, más adelante, el también médico Miguel Servet. Sus teorías dan prueba de la genialidad original de Aristóteles.

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