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El alma etérea de Hölderlin.

El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar D. Friedrich (1818).
Más allá de la filosofía, la ciencia y la religión ha pervivido la idea de los antiguos materialistas griegos de un alma que se extiende por toda la creación, y la intuición de la participación de elementos universales como el aire, la atmósfera o el cielo en los estados de ánimo, la voluntad y el entendimiento de las personas. Ideas de esta naturaleza han aparecido con recurrencia desde la antigüedad, y aún lo hacen de tanto en cuando en manifestaciones artísticas, literarias y, especialmente, poéticas. Aquí hemos de ver como no hay nada de sobrenatural o metafísico en estas concepciones de la existencia humana, sino que, todo lo contrario, sus planteamientos son perfectamente naturalistas o materialistas, y nadie se ha de escandalizar por ello. No hay ruptura, o no debería haberla, entre ciencia, arte y religión en la explicación del alma. Porque nada hay más allá de la naturaleza, simplemente.

Hölderlin, quien era llamado el poeta de los poetas, retoma en el siglo XIX, con toda la intención del mundo, el antiguo materialismo griego. Para él el alma humana es exactamente una manifestación del espíritu de la naturaleza, un espíritu divino/material que está formado por el elemento celestial/celeste que es el éter/aire ('spiritus'). 
Según el poeta, a semejanza de los filósofos jónicos, el elemento aéreo tiene un orden, un logos, el cual transmite a todo lo que 'toca', esto es, prácticamente a todo el universo, incluidos los seres humanos y sus estados y manifestaciones psicológicas.
El espíritu tiene un discurso profundo, hecho de aire y de silencio, distinto del lenguaje de las palabras, como expone en el poema 'Cuando yo era un niño': 

Cuando yo era niño
un dios solía salvarme
del griterío y la cólera de los hombres;
entonces jugaba tranquilo y bueno,
con las flores del bosque
y las brisas del cielo
jugaban conmigo...

(...)
Y no obstante os conocía mejor
que nunca he conocido a los hombres;
comprendía el silencio del éter,
y las palabras de los hombres nunca las he entendido.

Hölderlin habla del éter como el elemento universal, que ‘descansa’ y se encuentra presente en todo lugar, que constituye una especie de espíritu universal y común de los hombres. Los 'seres celestes', como él los llama, se localizan a la vez en el cielo y en el corazón de los hombres, y se convierten en la fuerza que da el fervor y el ánimo a las personas. El éter, al extenderse por todas partes y actuar en el corazón y la mente de todas las personas, deviene el espíritu en común de los seres humanos:

Descansan felices, en el corazón de los sensibles, los seres celestes,
y ahora, como siempre, las fuerzas que nos dan fervor, de buen grado
acompañan aquel que se esfuerza, por encima de las cumbres de la patria,
el éter descansa, domina y se encuentra presente en todo lugar
por cuanto como un pueblo amoroso, acogido en los brazos del Padre
se alegre y los hombres disfruten de un solo espíritu en común.

En 'Regreso al hogar' manifiesta, asimismo, que el ser etéreo anima todo y ofrece vida por todas partes. Para Hölderlin el ser etéreo otorga y renueva las pasiones de las personas. El éter tiene la capacidad de devolver la alegría a los sufrientes y de templar el corazón de los que se hacen viejos y devolverles la gracia de antaño, dice. El ser etéreo sabe las medidas del hombre, es 'experto en nosotros', porque su acción sobre nosotros es tan profunda que, al fin y al cabo, él constituye en sí mismo nuestra medida:

Vive en silencio, a solas, lúcido fulgura su rostro,
y el ser etéreo se inclina a dar vida por todas partes
y construir la alegría con nosotros: así, sabedor de medidas,
experto en nosotros, con dudas, magnánimo el dios
envía a las casas y los pueblos un gozo consistente, y lluvia
suave, que abre la tierra, nubes concreadas,
y, a vosotros, las brisas amables, tiempo de primavera;
y con mano reposada devuelve la alegría a los sufrientes
cuando el todo creador los tiempos renueva, y los corazones en silencio
de aquellos que se hacen viejos, los atempera y mantiene,
y actúa también en lo profundo, que lo abre y hace clara fulgencia,
tal como ama, y comienza una vida de nuevo,
la gracia florece como antaño y un espíritu más presente nos llega
y un álgido coraje hincha las alas por fin.

Más adelante, en el mismo poema, introduce la idea de divinidad cuando habla del 'Padre'. El 'Padre' es el ser que actúa por medio del éter, es el ser etéreo, natural y divino que desde el cielo 'nos otorga presentes celestiales', 'nos envía espíritus bondadosos' y 'nos arrastra a un cántico más claro':

(...)
Mucho he oído hablar del Padre, el más grande, y demasiado
he callado todo lo que sabía de aquel que en un tiempo
variable, allá arriba, de repente se reaviva, gobierna montañas
y no tarda nada en otorgarnos presentes celestiales
y a un cántico más claro nos arrastra y envía espíritus bondadosos.
Venid, no tardéis, los modestos y los ángeles del tiempo!

En Pan y vino Hölderlin expresa de manera muy clara que la divinidad ('el dios') nos llega por medio del éter: 'El éter se apresura y persigue la tierra como las llamas, y el dios nos llega con creces'. El éter llena la tierra de 'cosas divinas', cosas que nos resultan efímeras ('como rosa de un día'), como el pensamiento, y que no dependen de nosotros sino que nos son regaladas por él. Actúa físicamente según una jerarquía, 'desde arriba', por encima de nuestra voluntad. No tenemos el control sobre nuestras experiencias psicológicas, ni siquiera sobre su duración. Es el éter lo que nos otorga las experiencias, nos da las vivencias y los momentos de nuestra vida, consume y dirige nuestra energía: 'consumiéndonos nos prueba'.

El éter se apresura y persigue la tierra tal como las llamas
y el dios nos llega con creces. Como rosa de un día,
el suelo reposa, anegado por las cosas divinas, pero el éter
actúa desde arriba, y consumiéndonos, nos prueba.
Las llamas, sin embargo, eligen y señalan las cabezas, que se levantan,
y los hombres unidos comparten el bien fastuoso.


Veamos, ahora, el poema Como cuando en día de fiesta:

Como cuando en día de fiesta, a ver el campo
va un labrador, por la mañana, después
que en la noche tibia los rayos helados cayeron
sin cesar, y a lo lejos aún suena el trueno,
entra el río de nuevo en sus márgenes,
y fresco el suelo verdea,
y de la lluvia alegre del cielo
gotea la viña, y brillando
en el tranquilo sol se alzan los árboles del bosque

así estáis bajo un propicio tempero
vosotros, los que no educa ningún maestro, sino,
maravillosamente omnipresente, en leve abrazo,
la potente Naturaleza de hermosura divina.
Por eso cuando ella parece dormir, en ciertos tiempos del año,
allá en el cielo o entre las plantas o los pueblos,
también se entristece el rostro de los poetas;
parecen estar solos, pero la presienten siempre.
Pues presintiéndose reposa ella misma.

Pero ahora amanece! Yo esperé y lo vi venir,
y sea mi palabra lo que vi, lo sagrado.
Pues ella, ella misma, que, más antigua que los tiempos,
está por encima de los dioses del occidente y del oriente,
ella, la Naturaleza, ha despertado ahora con ruido de armas,
y desde lo sumo del éter hasta lo hondo del abismo,
según firmes leyes, como otrora, engendrada en el sagrado Caos,
se siente de nuevo la animación,
de nuevo, la creadora de todo.

Y como en los ojos le brilla un fuego al hombre
cuando proyecta lo elevado, así
de nuevo, ante los signos y los hechos del mundo,
ahora se ha encendido un fuego en las almas de los poetas.
Y lo que ocurrió antes, pero apenas fue sentido,
ahora por primera vez se hace manifiesto,
y los que nos labraban sonriendo el campo,
en apariencia de siervos, son reconocidos,
los vivificadores, las fuerzas de los dioses.

¿Les preguntas? En la canción sopla su espíritu,
si con el sol del día y la cálida tierra
despierta, y las tormentas que van por el aire y otras
que, más preparadas en las honduras del tiempo,
y más henchidas de numen, y más significativas para nosotros,
marchan entre cielo y tierra y por entre los pueblos.
Del Espíritu común pensamientos son,
que terminan en silencio en el alma del poeta.

Para que súbitamente tocada ésta, conocedora
de lo infinito ha largo tiempo, sacudida
por el recuerdo e inflamada por sagrado rayo,
se logre el fruto nacido en el amor, la obra de los dioses y los hombres,
el cántico, que de ambos dé testimonio.
Así cayó según cuentan los poetas, su rayo en la casa
de Semele cuando ella anheló ver realmente al dios,
y, ceniza mortalmente tocada, parió
al fruto de la tormenta, al sagrado Baco.

Y por eso ahora beben fuego celestial
sin peligro los hijos de la tierra.
Pero a nosotros nos toca, bajo las tempestades de Dios,
¡oh poetas!, permanecer con la cabeza descubierta,
captar el rayo del Padre, a él mismo, con nuestra propia mano,
y entregar al pueblo, velados
en la canción, los celestes dones.
Porque sólo nosotros somos de corazón limpio
como los niños, y nuestras manos, son inocentes.

El puro rayo del Padre no lo consume
y sacudido en lo más hondo, compartiendo las penas
de un dios, sin embargo, el corazón eterno permanece firme.


Martin Heidegger explicaba sobre este poema:
'Todo lo que aparece está traspasado de la irradiación del espíritu: espiritualizado. La Naturaleza espiritualiza todo como lo omnipresente y la creadora de todo. Ella misma es la 'animación'. Puede animar sólo porque es 'ánimo', 'espíritu'. El espíritu es la unidad unificadora. Hace aparecer la unión de todo lo real en su conjunción. El espíritu, por ello, es esencialmente en sus pensamientos, el 'espíritu común'. Es el espíritu en la forma de la animación que incorpora todo lo que se manifiesta en la unidad de lo omnipresente.'
Lo sagrado, dice Heidegger mientras comenta a Hölderlin, es la esencia de la naturaleza. La realidad, todo lo que se manifiesta ('todo lo que aparece'), está espiritualizado. La naturaleza lo espiritualiza todo porque ella misma es la 'animación', afirma. Y el espíritu es espíritu común en tanto está hecho de éter o aire, el cual es omnipresente. Es el 'spiritus' que está por todas partes y en todo el mundo, que todas las cosas y todas las personas comparten.
Sigue Heidegger: 'Hölderlin llama 'sagrado' al 'Caos' y a la 'confusión'. El Caos es lo sagrado mismo. Nada real va por delante de esa apertura, sino que siempre entra dentro de ella. Todo lo que aparece se encuentra ya dejado atrás por ella. La Naturaleza va por delante y por encima de todo. Los poetas conocen lo Sagrado en tanto que están incorporados a él. Su saber es el presentir lo sagrado que va a surgir de la naturaleza y del caos.'
La naturaleza (el éter), en su esencia, en lo que tiene de sagrado, es imprevisible, es ella misma el caos y la confusión. Nada real puede adelantarse a la sagrada imprevisibilidad de la naturaleza-éter, que es lo primero. Nada real es previsible. La naturaleza, caótica, lo domina todo, está por delante y por encima de todo. Nada previo existe. Los poetas están incorporados de alguna manera al caos sagrado de la naturaleza, que es lo primario, son conocedores de su existencia y lo reconocen cuando se manifiesta; son sensibles a él, lo pueden sentir. Como dice Heidegger 'su saber es el presentirlo'.

Los poetas son los 'sensibles', como los llama Hölderlin en otros poemas. Y la inspiración, la que lo crea todo, la fuerza del entendimiento de la realidad, nace del caos esencial de la naturaleza ('hija del caos sagrado'). 
Aquí no habla Hölderlin en el nivel de las pasiones, ni en el nivel inconcreto del espíritu, sino en el del entendimiento y la comprensión de las personas, que proviene igualmente del devenir esencial de la naturaleza-éter. Habla de los 'pensamientos del espíritu común', esto es, del pensamiento común de los hombres. Dice que las 'fuerzas de los dioses', que 'vagan entre Cielo y Tierra y entre los pueblos', son los pensamientos. Así, las fuerzas etéreas son las que gobiernan el pensamiento de los seres humanos. 
Estas fuerzas, que son 'el espíritu común', son ignoradas por muchos, aunque todos las padecemos igualmente. Algunos, los 'sensibles', las reconocen y las aceptan: son los poetas. Los poetas son aquellas personas que se esfuerzan y llegan a ser capaces de poner palabras honestas a los pensamientos que surgen de estas fuerzas y que reconocen y aceptan humildemente este origen. Son las personas que tienen la capacidad de 'acercar al pueblo el presente celestial envuelto bajo el velo del canto', como dice Hölderlin. Son los divinos que creen en lo divino.

¿No es celeste mi corazón, su vida más hermosa
desde que amo? ¿Porqué en más le teníais
cuando más orgulloso y feroz era,
de palabras más rico y más vacío?

Gusta la multitud lo que el mercado precia
y solo al violento honra el criado;
en lo divino creen
únicamente aquellos que lo son.

(Aplauso de los hombres) 

¿Es desconocido
Dios? ¿Es visible
como el Cielo? Eso es lo que creo.
Esta es la medida del hombre.
Bien merecedor, pero poéticamente habita
el hombre en esta tierra. Y no más pura
es la sombra de la noche con las estrellas,
si lo podía decir así,
que el hombre, que es como decir una imagen de la divinidad.

 (En azul adorable florece...)

En estos versos Hölderlin afirma que Dios es desconocido pero a la vez es 'visible como el Cielo'. Resulta perfectamente plausible pensar que 'visible como el Cielo' no es un símil, ni obedece a ningún ejercicio de retórica, como no es retórica en general su poesía. Hölderlin en este poema simplemente afirma creer que Dios es algo desconocido pero 'visible' (y, por tanto, material) que se extiende por el cielo, y que es la medida del hombre.
Otros versos tratan el tema con menos lirismo, en un tono más prosaico y con regusto hipocrático, como son los siguientes:

Sopla el nordeste,
el viento que amo más,
porque espíritu ardiente
promete y buen viaje a los marineros.


(Memoria)

Afirma el poeta que el viento del nordeste, su preferido, provoca el efecto de un espíritu ardiente en las personas. El efecto del aire y los vientos sobre los estados de salud y de enfermedad, sobre los estados de ánimo y sobre el entendimiento y la inteligencia constituye un elemento central de la doctrina hipocrática (véase Sobre la enfermedad sagrada, o la entrada El alma hipocrática de este blog). 
Aunque el tono y la forma son naturalmente diferentes, en el fondo Hölderlin es perfectamente hipocrático. Lo que es poético en Hölderlin es precisamente el contenido, sensible y contundente, no las figuras literarias. No emplea figuras literarias. En su propia poesía Hölderlin expresa, de manera magnífica, qué es la poesía, de dónde nace la poesía, quiénes son los poetas y cuál es su función (de ahí que se le considere el poeta de los poetas): La poesía no es ningún juego del lenguaje, dice, sino que es el regalo celeste que consiste nada menos que en el entendimiento y las pasiones; presente que capta el sensible o poeta y lo transmite verbalmente a sus congéneres. 
La poesía de Hölderlin se explica a sí misma y manifiesta, esencialmente, que el 'presente celestial', o 'espíritu', o 'fuerza de los dioses', o 'Dios' mismo, es algo que 'vaga entre el cielo y la tierra: es 'el espíritu etéreo', es 'el éter'. 
Es el aire o algo indefinido relacionado con él, por decirlo con palabras prosaicas.

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