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Mente, cuerpo y entorno.

La memoria no es una copia del pasado. El pasado no está en la memoria; está tan poco en la memoria como lo está el futuro. La mente es actividad presente. Los contenidos que la mente produce, sobre lo que ya ha sucedido (el pasado) o sobre lo que puede suceder (el futuro), son el resultado o fenómeno de su actividad, no son la actividad de la mente en sí. 
No se niega la existencia de la memoria. Con algunas de nuestras experiencias quedan marcas de memoria o recuerdos, es verdad, pero que en estas marcas queramos ver la realidad o una reproducción de ella se debe al sesgo de nuestra visión antropocéntrica y psicologizante, mediante la cual sustituimos el mundo por los contenidos mentales.
Nuestra mente no trabaja como un ordenador, señala R. Epstein. Nuestro cerebro, en realidad, no es un almacén de información. Nuestro cerebro, estrictamente, no procesa información, ni recupera conocimientos ni guarda recuerdos. Los construye, en todo caso. El ordenador es una burda metáfora. El cerebro lo que hace es resonar con la rica realidad de los sentidos, construir contenidos acordes a ella; es como una caja de resonancia que, como todo, funciona en la actualidad del presente, no en el pasado ni en el futuro. Funciona en el presente físico, con las energías que existen y actúan ahora sobre nuestro cuerpo. Hay en el presente marcas que se crearon en un presente anterior, es cierto, pero están ahí como en cualquier realidad física; existen porque se produjeron en alguna acción pretérita y no representan nada más de lo que ellas en sí mismas son. Son una ‘marca’ que puede ser muy discreta, no una réplica de una realidad del pasado.

Decía José Ortega y Gasset: “La vida es siempre un 'ahora' y consiste en lo que ahora se es. El pasado de su vida y el futuro de la misma sólo tienen realidad en el ahora, merced a que ustedes recuerden ahora su pasado o anticipen ahora su porvenir. En este sentido la vida es puntual, es un punto: el presente, que contiene todo nuestro pasado y todo nuestro porvenir. Por eso he podido afirmar que nuestra vida es lo que estamos haciendo ahora.” (p. 39)

Los recuerdos del pasado y los pensamientos sobre el porvenir son contenidos mentales que si existen es porque existe una actividad presente que los crea. Lo que recordamos del pasado no es la realidad del pasado, no es la realidad que se dio en un presente ya pretérito,  es lo que interpretamos ahora en el presente, que puede diferir de lo que interpretemos en otro momento, y que es, por tanto, simplemente una experiencia creativa que ocurre ahora. De modo que, aunque existan marcas objetivas, las elaboraciones de la memoria son actividad mental presente, incluso imaginación o fantasía, que cambia según el momento; son pura subjetividad. 
Lo vemos más claro si nos referimos al futuro. La realidad que sucede efectivamente en el futuro casi nunca se parece al futuro que pensamos, a las previsiones que imaginamos. ¿Suceden las cosas tal como las imaginamos? Rotundamente no. Lo que pasará en el futuro es imprevisible. Intentamos prever lo que pueda pasar, pero la forma en que ocurrirá el hecho concreto siempre es diferente a lo que imaginábamos. En todo caso, vamos adaptando nuestras previsiones a lo que va sucediendo, buscando progresivamente que lo uno encaje con lo otro. 
Con el pasado sucede algo similar, aunque con una operatividad más dudosa pues tenemos menos opciones de actuar e influir sobre una realidad que ya ha sucedido y que no se ha de volver a repetir. Sencillamente, zanjamos el pasado con una idea estática la mayoría de las veces y no nos cuestionamos (nuestra interpretación de) lo que ha sucedido, a no ser que sea relevante para lo que (creemos que) vaya a suceder. De modo que, aunque debemos aceptar que el pasado nos deja marcas objetivas en la memoria, nuestra conciencia del pasado, la visión que tenemos de las cosas que han sucedido, es pura creación subjetiva.
Entonces, el pasado y el futuro fenomenológicos reflejan muy mal la realidad, son simples pensamientos nuestros. La realidad, al contrario, es presente y es siempre cambiante: este es el problema fundamental de nuestra existencia.

La realidad no está en nuestros recuerdos y nuestros pensamientos. Está más fuera de nosotros que dentro. El conocimiento objetivo, en tanto que aproximación a la realidad, se muestra en la verdad que percibimos de los objetos fuera de nosotros.
Analicemos el siguiente párrafo de Ortega y Gasset:
Hace un momento, cuando atendía a determinadas palabras yo no 'reparaba' en mi como no 'reparaba' en el banco o sillón donde me siento y, sin embargo, mi yo y el banco existían para mí, estaban en algún modo ante mí. La prueba de ello es que si alguien hubiese movido el banco yo habría notado que algo en mi situación había cambiado, que algo no era lo mismo que en el instante anterior. Lo cual supone que de algún modo me constaba ya el banco y su posición, que yo en algún modo 'contaba' con el banco. Cuando bajamos la escalera no tenemos conciencia propiamente tal de cada escalón, pero contamos con todos ellos; y en general, de la mayor parte de las cosas que existen para nosotros no tenemos conciencia, pero contamos con ellas.” (p. 41)
Del banco y de la escalera, en verdad, solo sabemos de ellos someramente. Recordamos que están ahí y un esbozo de su forma y poco más. La información más concreta existe en los propios banco y escalera. La mayor parte de la información, nuestro conocimiento potencial, se encuentra en los objetos del entorno. El cerebro, con su estructura y con las marcas que el tiempo ha ido dejando en él (memoria), lo que hace es resonar con la información circundante en función de nuestras acciones e intenciones respecto a los objetos, en los cuales reside el verdadero cúmulo de información, esto es, el conocimiento en potencia. Las personas buscamos y encontramos fuera la información que nos va a servir para construir explicaciones plausibles y útiles de la realidad. Las marcas de la memoria se adhieren, según nuestra intencionalidad, a los elementos del entorno y de ellos extraen la carga informativa. De modo que las marcas de la memoria son básicamente vínculos con el mundo, aunque no el mundo en sí.
La información está a mano en el entorno, no es necesario saturar la memoria, porque podemos indagar afuera, en lo que está cercano, buscarla ahí. Nos topamos con ella, la seleccionamos, la buscamos. Y es con lo que topamos y con lo que buscamos a cada momento que vamos desplegando nuestra acción y nuestro comportamiento. Lo que hay en nuestros circuitos de memoria son marcas que el tiempo ha dejado, o, si se quiere hacer una concesión al pensamiento psicologizante, se puede decir que es una especie de boceto o mapa discreto, pero no la realidad. Estas huellas personales nos vinculan con la realidad de una determinada manera, nos marcan una manera de comportarnos, de indagar y de evolucionar en nuestro entorno. Pero es a la rica información del mundo a lo que están vinculadas tales huellas, y se activan y actúan con reciprocidad con ella. La 'realidad', pues, es lo que experimentamos cuando nos conducimos con este mapa elemental de memoria dentro del entorno desbordante de información, llenando de contenido nuestras vivencias.

Los vínculos de la memoria funcionan mediante el mecanismo de la atención. La atención "toma un objeto de entre una pluralidad confusa de ellos y lo acota, lo subraya todo alrededor, lo destaca" (p. 40). Cuando un objeto que simplemente está ahí, que sabemos de él sólo de una manera vaga (por ejemplo el banco de al lado o la escalera), conecta con nuestro pensamiento y con nuestra intención, entonces 'reparamos' en él, pasa a interesarnos de una manera positiva y concreta, pasa a formar parte de nuestra acción. Pero el objeto está ahí fuera, no lo incorporamos a nuestra mente ni mucho menos, simplemente interactuamos con él, lo manipulamos: Nuestra mente no acumula experiencias sino que participa en ellas.

Hasta aquí nos hemos referido a la memoria. Pero la conciencia, más que memoria y conocimiento intelectual, es sensibilidad. Es darse cuenta de las cosas de fuera y de dentro de nosotros, es sentir y es, en un sentido amplio, vivir. Es un 'conocimiento' primario, esencial, que tiene que ver fundamentalmente con todo lo que uno siente a cada momento de su vida. La conciencia tiene más que ver con sentir el cuerpo, sentir un dolor de muelas por ejemplo, que con el conocimiento intelectual o el recuerdo de una información. La conciencia consiste básicamente en sentirse a uno mismo y sentir las cosas que lo rodean.
Decía Ortega y Gasset: “Vivir es lo que hacemos y nos pasa, desde pensar o soñar o conmovernos hasta jugar a la Bolsa o ganar batallas. Pero, bien entendido, nada de lo que hacemos sería nuestra vida si no nos diésemos cuenta de ello. Este es el primer atributo decisivo con que topamos: vivir es esa realidad extraña, única, que tiene el privilegio de existir para sí misma. Todo vivir es vivirse, sentirse, saberse existiendo, donde saber no implica conocimiento intelectual ni sabiduría especial ninguna, sino que es esa sorprendente presencia que su vida tiene para cada cual: sin ese saberse, sin ese darse cuenta, el dolor de muelas no nos dolería.” (p. 42)
La conciencia es sentir el mundo alrededor y sentirse a uno mismo, decimos. Pero también es verdad que no solemos reparar en nosotros mismos, en nuestro cuerpo, aunque forzosamente siempre lo sentimos y siempre deberíamos contar con él, porque siempre está ahí, aportando toda su gama de sensibilidades. Nuestra mente, parece ser, está tan ligada al cuerpo y a nuestros estados y sentimientos internos, que los confunde consigo misma. La conciencia crea pensamientos, emociones, voliciones, ilusiones a partir de cómo el cuerpo está y de lo que sentimos de él. La mente 'cuenta' con el cuerpo, sabe de su existencia, y lo siente en todo momento, pero sólo 'repara' en él cuando las sensaciones exceden, por algún motivo, la normalidad (el caso del dolor de muelas, por ejemplo). Entonces es cuando nos fijamos en el cuerpo, e interpretamos el dolor, la enfermedad, los detalles de nuestra sensibilidad. Pero si la estimulación corporal no es lo suficientemente intensa y definida confundimos lo que sentimos del cuerpo con lo que pensamos del mundo, y de ahí nacen nuestras emociones, impulsos, motivaciones, decisiones, carácter incluso. 
Con tales procesos psicológicos gestionamos nuestros estados corporales. De hecho, estos procesos pueden entenderse como los mecanismos genuinos de gestión de la estimulación interna, de la 'vida' de nuestro cuerpo. Continuamente adoptamos actitudes ante los objetos, personas y situaciones de nuestro entorno a partir de como nos sentimos internamente, y se nos plantea la necesidad de tomar decisiones para actuar en un sentido o en otro.
“Lo que me es dado al serme dada la vida es la inexorable necesidad de tener que hacer algo. Vida es un tener siempre, quiera o no, que hacer algo. La vida que me ha sido dada, resulta que tengo que hacérmela yo. Me es dada, pero no me es dada hecha, como al astro o a la piedra les es dada su existencia ya fijada y sin problemas. Lo que me es dado, pues, con la vida es quehacer. La vida da mucho quehacer. Y el fundamental de los quehaceres es decidir en cada instante lo que vamos a hacer en el próximo. Por eso digo que la vida es decisiva, es decisión. (…) Si yo tengo que decidir lo que voy a hacer, quiere decirse que la vida me coloca siempre, en todo instante, frente a varias posibilidades de hacer. Al salir de aquí yo puedo hacer muchas cosas diversas, por lo menos varias. Entre ellas tengo que decidir.” (pp. 47-48)
La conciencia, este sentir lo de fuera y sentirse uno mismo de una determinada manera, es lo que nos mueve a emprender o mantener una actividad u otra, a buscar y seleccionar una información u otra en el entorno, a razonar y tomar decisiones. De modo que la acción del pensamiento consiste en gestionar lo que sentimos, la forma en que estamos en el mundo. Y su resultado son las ideas o contenidos mentales, que coexisten, de este modo, con nuestros sentimientos y sensaciones inmediatos.
Nuestro cuerpo crea inevitablemente un ‘ruido de fondo’ que siempre está ahí, un continuo difuso de sentimientos habitualmente no conscientes (no conscientes porque no los aislamos del resto de estímulos con la atención, no 'reparamos' en ellos) que determina nuestra experiencia vital y nuestra manera de estar en el mundo. Con ellos no reparamos normalmente, es cierto, pero es imposible no contar con ellos; su presencia es inevitable, porque nosotros somos, sobre todo, nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo es el elemento principal de nuestra situación, diría Ortega y Gasset.
En nada suele el hombre reparar menos que en sí mismo y, sin embargo, con nada cuenta más constantemente que consigo. Yo existo siempre para mí, pero sólo de cuando en cuando tengo conciencia propiamente tal de mí.” (p. 41)
No sabemos ni podemos actuar directamente sobre nuestro cuerpo, este es otro problema fundamental. No podemos dejar de sentir lo que sentimos de nuestro cuerpo de una manera inmediata. De modo que la gestión de lo que sentimos es forzoso que la hagamos de una manera indirecta atendiendo al entorno circundante mucho más que al origen orgánico de la estimulación interna. Nuestro propio organismo, como hemos visto, no es normalmente un contenido de nuestra conciencia (excepto cuando interpretamos que existe alguna anomalía), pero sí que es siempre el origen de toda acción. Lo que es factible de convertirse en contenidos mentales es todo lo que rodea al cuerpo y que lo puede afectar de una manera u otra. De modo que la atención del hombre está puesta principalmente en el entorno en el cual actúa. 
El cuerpo en sí aporta sensibilidad, pero poca cognoscibilidad. La información está en el entorno, en cada uno de los objetos que lo habitan, no lo olvidemos, no dentro nosotros. Nosotros somos la máquina que la busca y la interpreta, no la información en sí (no somos el contenido mental, aunque corrientemente nos identificamos con lo que pensamos). Las personas sentimos el cuerpo pero buscamos la información afuera. No podemos ni sabemos operar directamente sobre nuestro propio cuerpo; no tenemos casi control sobre él (a excepción de los músculos estriados, que son los que, precisamente, nos proporcionan la capacidad de movernos y actuar sobre los objetos del entorno). Las herramientas para actuar sobre el cuerpo están sobre todo afuera, que es hacia donde hemos de dirigir la atención. Estamos diseñados para mirar y actuar afuera. Lo útil y práctico a nuestra acción, lo que pueda pasar, está fuera de nosotros, no dentro. No sabemos 'actuar internamente'. Nuestro comportamiento se desarrolla hacia afuera, a pesar de que el objetivo final de tal comportamiento sea repercutir de alguna manera en el estado interno que lo ha creado. En este sentido es correcto afirmar que vivimos en simbiosis con lo que nos rodea y que el entorno es una extensión del propio cuerpo. Constantemente proyectamos y buscamos afuera lo que sentimos internamente. Como manifiesta Ortega, vivimos fuera de nosotros mismos; lo de afuera es lo que ocupa constantemente nuestra atención, aunque nuestra conciencia esté bañada siempre a nivel sensorial por cómo sentimos nuestro cuerpo. Lo de fuera es el ámbito de la información y de lo inteligible.
“El estar en una circunstancia o en el mundo es constitutivo de mi vida, el hombre existe fuera de sí, en lo otro, en país extraño, no a ratos y de cuando en cuando, sino siempre y esencialmente. Vivir es existir fuera de sí, estar fuera, arrojado de sí, consignado a lo otro. El hombre es, por esencia, forastero, emigrado, desterrado.” (p. 54)

Lo que está fuera de nuestro cuerpo es objeto de pensamiento y de conocimiento, en cambio lo que está dentro, nuestro propio organismo, no lo es. Lo que está dentro es sensibilidad directa a la vez que pensamiento en ejecución. La manera cómo nos sentimos y el pensamiento ejecutándose son lo vigente, son la realidad en la que estamos inmersos con la acción de nuestro organismo. Lo pensado es la imagen que nos queda de la actividad de pensar, una especie de eco que coexiste con lo sentido de nuestro cuerpo de un modo inmediato, y que constituye, todo ello, la conciencia del significado del mundo en el que vivimos, el contenido o fenómeno de nuestras experiencias en él. Eso es lo que conforma nuestro yo, nuestra psicología y nuestra conciencia subjetivamente elaborada.
Con estos contenidos que nosotros producimos, y que nos definen a nosotros mismos y a nuestra manera personal de estar en el mundo, sustituimos la objetividad por la subjetividad. Contemplamos el mundo y a nosotros mismos a través de ellos.
“Es preciso distinguir entre el ser ejecutivo del pensamiento o conciencia, y su ser objetivo. El pensamiento como ejecutividad, como algo ejecutándose y mientras se ejecuta no es objeto para sí, no existe para sí, no lo hay. Por eso, es incongruente llamarlo pensamiento. Para que haya un pensamiento es menester que se haya ejecutado ya y que yo desde fuera de él lo contemple, me lo haga objeto.” (p. 118)
Subjetividad y objetividad se confunden sin remedio. Pensamos cosas a la vez que nos sentimos pensándolas. Lo que sentimos de nuestro cuerpo se adhiere a lo que percibimos de nuestro entorno y a nuestros recuerdos. De este modo el pensamiento fluye con reglas propias, ajeno muchas veces a nuestra voluntad, en la medida que son ajenos a nuestra voluntad el funcionamiento de nuestro propio cuerpo, los sucesos de nuestro entorno y nuestros recuerdos incorporados a ellos.
El flujo del pensamiento es actualidad, obedece a un principio de actualidad de los elementos que lo conforman: actualidad de la sensibilidad corporal, actualidad de los objetos y situaciones del entorno y actualidad de los recuerdos adheridos. Eso es lo que determina lo que las personas sentimos y pensamos, esa confluencia en el presente. Eso es la conciencia. Solo que lo actual no lo decidimos nosotros. No decidimos cómo nos sentimos corporalmente ahora, no decidimos muchas cosas de las que suceden en nuestro entorno ahora, y no decidimos qué recuerdos se nos evocan ahora, aunque sí utilizamos todo ello, tal como nos viene dado, para tomar decisiones que nos permitan adaptarnos a la realidad (a la confluencia de esas tres realidades) e influir en ella en la medida de nuestras (limitadas) posibilidades. 


Utilizamos el pensamiento, es verdad, pero generalmente no decidimos lo que pensamos: nos viene 'como regalado'.

"En lo cierto está el que afirma
que no se sabe cómo se piensa;
cuando se piensa:
todo es como regalado."

Cita Ortega a Goethe (p. 393).


Ortega y Gasset, J. Obras completas. Tomo XII. Alianza. Madrid. 1983.
Epstein, R. (18 may, 2016): The empty brain. AEON essays. Recuperado de https://aeon.co/essays/your-brain-does-not-process-information-and-it-is-not-a-computer



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