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Mente, tiempo y repetición.


El tiempo subjetivo no es lineal, los momentos psicológicos tienen duraciones inconstantes e imprevisibles. La causa de ello es que nuestros estados internos, que son lo que conforma el devenir de nuestra existencia, son muy inestables.
No es sólo el mundo alrededor nuestro lo que cambia, sino que, incluso cuando el entorno permanece objetivamente estable, si nos dedicamos a observarlo, podremos ver que nuestra experiencia subjetiva sigue fluctuando, sin que exista un motivo externo concreto. Y también podremos ver, si somos lo suficientemente perspicaces, que para afrontar esta paradoja lo que hacemos cada uno de nosotros es buscar (y encontrar) los motivos de nuestros cambios personales en unos contenidos mentales imaginados por nuestra psicología individual. Causas aparentes, que no reales, inventadas según la situación y condición de cada uno. Ilusiones personales cotidianas.
En realidad, nuestra motivación, nuestras expectativas, nuestro esfuerzo, nuestro rendimiento... son variables por naturaleza, a lo largo de los momentos y los días. Las mismas actividades que realizamos habitualmente nos hacen más ganas un día que otro, un momento que otro, nos gustan en mayor o menor grado, las percibimos diferentes, nos cuesta más mantener la atención o menos, las realizamos mejor o peor. Y esto independientemente de las excusas o motivos que encontramos para justificar estos cambios personales. Exactamente la misma tarea en un momento que en otro, en el mismo contexto, la vivimos de modo diferente. Y decidimos hacerla o no hacerla, cambiar en un sentido u otro, cambiar de idea o de intención, justificar una u otra cosa (incluso la contraria), opinar de modos diversos... 
El pensamiento, con la voluntad, el deseo, la motivación... es terriblemente inestable e imprevisible, fluye aparte de cualquier métrica o patrón preestablecidos. No sabemos qué mueve el pensamiento realmente, qué lo hace funcionar. El pensamiento es lo más inestable a la vez que lo más 'elevado' de nuestra mente. Lo más propiamente humano, lo que nos define como personas, es lo que está más 'alejado' de nosotros, en el sentido de que es lo más variable, lo más desconocido y extraño a nuestro propio conocimiento; es paradójico. No sabemos explicar por qué pensamos realmente lo que pensamos, o sentimos lo que sentimos, más allá de las justificaciones y excusas de cada momento.
Nuestros pensamientos y estados son tan variables que no existe la posibilidad de la repetición. Siempre hay algo diferente, en el mundo exterior o en nuestros estados internos, que la hacen imposible por mucho que nos empeñemos en intentar recrear una determinada vivencia. La repetición no existe, la experiencia siempre es diferente.
Kierkegaard ahondó en este tema. El mismo café no sabe igual un día que otro, la misma obra de teatro se aprecia de modo diferente en una sesión que en otra, el mismo cuadro en un momento que en otro, pasado un tiempo, como sucede con una misma estancia, la misma ciudad, la misma visita, el mismo viaje. En realidad no son 'el mismo' o 'la misma'. Nada es 'lo mismo'. Lo único que se repite es la imposibilitad de la repetición, señalaba Kierkegaard.
Nos gusta creer en la posibilidad de la repetición, pues nos gustaría poder repetir aquello que ha sido satisfactorio en el pasado. Pero eso no es una posibilidad real: es una ilusión, un acto de fe. No tenemos los instrumentos para conseguir repetir nuestras vivencias, deberíamos admitir, aunque esta idea nos desagrade.
La auténtica repetición, señala Kierkegaard, haría al hombre feliz, en efecto, pues el simple hecho de la posibilidad de repetición a voluntad de nuestras experiencias personales implicaría que tenemos el control de nuestra vida, lo cual nos hace sentir seres superiores. 
Sin embargo, el pasado no vuelve ni se repite, solo se recuerda. El recuerdo implica, en sí mismo, la aceptación de que lo pasado ya sucedió y, como tal, no se ha de volver a repetir. De modo que el recuerdo hace al hombre desgraciado, pues le muestra que él no tiene la capacidad ni los medios para decidir lo que ha de suceder, le confirma que él no tiene el control sobre su propia vida; al contrario, hace de ésta algo inseguro e incierto, incluso algo fraudulento y engañoso. 
Así, elegimos negar la cruel realidad y optamos por mantener la ilusión de la posibilidad de la repetición, la fe en una existencia estable en un mundo estable, que es lo que nos hace felices. Es preferible mantener esta ilusión, aunque solo sea una ilusión, sostiene Kierkegaard, que enfrentarnos obstinadamente a la realidad intentando repetir vivencias pasadas que añoramos, pues la repetición de facto es un intento irremediablemente abocado al fracaso que, además de la propia ilusión, puede acabar destruyendo los recuerdos agradables que tenemos del pasado, a fuerza de frustrar todo intento de recreación.
Escribía el filósofo danés:
"Otra vez volví entonces a ser víctima de mi propio celo por los principios. Porque estoy totalmente seguro de que si no hubiera hecho el segundo viaje a Berlín con el propósito de comprobar personalmente la posibilidad de la repetición, me habría divertido de lo lindo con las mismas cosas que me hicieron feliz la primera vez. ¡Qué desgracia más grande que yo no pueda nunca mantenerme dentro de los moldes habituales de la gente y siempre desee tener principios! ¡Qué desgracia que no pueda ir calzado como los demás hombres y necesite siempre botas altas y bien ajustadas al pie! Por lo demás, ¿no están acaso de acuerdo todos los oradores, tanto los sagrados como los profanos, todos los poetas y prosistas, los capitanes de barco y los empresarios de pompas fúnebres, los héroes y los villanos y cobardes, no están todos de acuerdo en afirmar que la vida es como un río que pasa?
Por eso me pregunto con frecuencia cómo pudo venir a mi mente una idea tan estúpida como la de la repetición. Y, lo que es más estúpido todavía, cómo pude pretender convertir esa idea en principio.
(...) ¡Viva la corneta de postillón! Éste es mi instrumento favorito. Por muchas razones, pero especialmente porque con este instrumento no se puede estar nunca seguro de lograr dos veces seguidas el mismo sonido. Sus posibilidades son infinitas y quien lo sopla, por mucho que sea el arte que ponga en ello, no incurrirá jamás en una repetición. 
(...) ¡Viva la corneta de postillón! Ella me representa la fugacidad de la vida sin ninguna necesidad de molestarme viajando por esos caminos de Dios. Porque realmente no es necesario moverse del sitio para comprobar que no se da ninguna repetición. Al revés, cuando todo es vanidad y pasa como el humo, lo mejor es estarse sentado en la propia habitación y así, perfectamente inmóviles, sentimos la impresión de que viajamos más de prisa que si lo hiciéramos en un vagón del ferrocarril." 
(pp. 118-120)


Kierkegaard, S. (1843): La repetición. Alianza, Madrid, 2009.


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