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La raíz de la conciencia

El discurrir de aquello interno que sentimos de nuestro cuerpo, a diferencia de los acontecimientos del exterior, nos resulta prácticamente inenarrable, pues la actividad de nuestro organismo, aunque nos ofrece un flujo continuo de sensaciones, no es información procesable en su mayor parte, no es susceptible de ser tratada como una representación o un dato. Sucede que la fisiología de uno es inefable para uno mismo; aunque se la siente, no entra en los circuitos de memoria, es sensibilidad que simplemente va pasando, incapaz de reproducirse o representarse a sí misma. Lo que representa y lo representado son necesariamente cosas distintas; nada se representa a sí, solo se 'presenta' en sí. De modo que no es nuestra mente sino el mundo exterior quién aporta los objetos susceptibles de ser representados, conocidos, recordados; por esto pensamos y razonamos el mundo, no a nosotros mismos, a nosotros simplemente nos sentimos.

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Pneuma...

El término griego ‘ pneuma ’ significa espíritu, a la vez que aire, el simple y literal aire de la naturaleza. De ‘ pneuma ’ proviene una palabra tan alejada, en principio, de cualquier forma de espiritualidad como es ‘neumático’. Aire y espíritu son conceptos muy diferentes para nosotros, radicalmente diferentes debemos decir, en nuestras lenguas modernas, pero eran intercambiables en el griego antiguo. No obstante, todavía queda algún vestigio de ello en la actualidad: De la palabra griega ‘ pneuma ’ proviene ‘pneumatología’, una disciplina (marginal) que estudia los fenómenos del ‘pneuma’, esto es, la influencia de los ‘espíritus’ o ‘seres aéreos’, intangibles e invisibles, en las personas. En el contexto cristiano se reconoce la pneumatología como la parte de la teología que estudia los seres y fenómenos espirituales, en especial el 'espíritu santo', como instrumento de las acciones de Dios. En hebreo, ‘ ruaj ’ tiene la misma doble acepción de aire y espíritu. Como l

Sobre el tiempo

El tiempo psicológico no es lineal. No es la repetición de nada constante. Los momentos no son unidades estables, cada uno es diferente al anterior y tiene su duración propia. Y son diferentes porque las condiciones del cuerpo, que son las que dan la verdadera cadencia de nuestra existencia, también lo son. El recuento mecánico de los relojes no tiene nada que ver con las condiciones de nuestro cuerpo ni con las duraciones y sucesiones reales de nuestra experiencia personal. Los relojes suman unidades constantes sin entidad. Los segundos, los minutos, las horas. Un simple contar: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... Ir sumando una unidad cada vez de algo que no tiene realidad: siete, ocho, nueve... Un metraje vacío que tratamos de imponer a nuestra existencia. Es estúpida y opuesta al devenir natural la mecánica de los relojes, porque se traduce en una sucesión de fracturas de los sentimientos, de los sueños y de los pensamientos. Es un terreno infértil. Es la superposición

Marco Aurelio. El guía interior.

En los años de tu vida, si quieres vivir con verdadera libertad, debes encontrar tu propio camino, la razón de tu existencia, y no depender de lo que los demás piensen, digan o hagan. Has de tener claras las ideas de qué quieres, huir de las distracciones y no actuar por hipocresía o egoísmo creyendo adecuarte a las almas de los demás, las cuales desconoces si no conoces la tuya. Ésta es la dirección en la que debes trabajar, advierte Marco Aurelio en sus Meditaciones , si quieres vivir y no simplemente sobrevivir. Es tu alma la que debes encontrar y a la que debes seguir; debes respetar ante todo lo que te pertenece a ti y no depender de lo que no es propio tuyo sino de los demás. Es necesario que conozcas primero los movimientos de tu alma, y a partir de éstos podrás entender la de tus semejantes. La principal meta de nuestra vida es conocer nuestra naturaleza real. "¡Te afrentas, te afrentas, alma mía! Y ya no tendrás ocasión de honrarte. ¡Breve es la vida para cada uno

Los filósofos físicos: Anaxímenes.

La obra de los filósofos presocráticos a menudo ha sido interpretada, pasados los siglos, de manera muy simplista, bajo la lente de un materialismo reduccionista moderno que, en realidad, poco tiene que ver con el planteamiento original de estos pensadores antiguos. Se ha hecho, muchas veces, una lectura ingenua de sus tesis sobre los elementos de tierra, agua, aire, fuego como principios creadores y ordenadores del universo. Una visión científico-naturalista clásica de estos autores los considera los remotos iniciadores de las ciencias naturales, los planteamientos y soluciones de los cuales habrían quedado lógicamente obsoletos. Es cierto, los llamados filósofos físicos hicieron aportaciones de gran mérito a la geografía, la astronomía, la meteorología, la matemática y la biología, sin duda, pero su producción no se agota, a mi entender, en la interpretación convencional que se hace desde el prisma de las ciencias naturales modernas, como su propósito tampoco era el de hacer

Himnos órficos

En los llamados himnos órficos, que recoge Porfirio en una etapa tardía del orfismo, se señala, no ya a los sonidos o las vibraciones del aire, sino a los movimientos de éste en forma de auras o vientos, como fenómenos producidos por los dioses que tienen un efecto determinante en el ánimo de los humanos. En el himno 81, dirigido al Céfiro, el dios de la brisa del oeste, se implora: Hálitos del Céfiro que todo lo engendráis y vais por el aire, de dulce soplo, susurrantes, que poseéis la calma de la muerte. Primaverales, que os movéis por la pradera, deseados por los fondeaderos, porque cómodo puerto y ligera brisa aportáis a las naves. Venid, por favor, propicios, soplando sin reparo, por el aire, invisibles, muy ligeros y en aéreas apariencias. [1] Los hálitos del Céfiro son una brisa que sopla de manera dulce y tranquila, sin embargo, tienen un profundo poder: son principio y fin de lo que existe, “todo lo engendran”, y a la vez “poseen la calma de la muerte”. Pueden ser protectores,