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La versión de Pitágoras.

El sistema de creencias pitagórico tiene muchos elementos en común con el órfico. A semejanza de éste, mantiene que el alma humana no es engendrada internamente por el cuerpo, sino que proviene del medio exterior. Pero, en el caso de los pitagóricos no se habla de los dioses como su causa última, sino que el alma de los hombres es entendida como una emanación física de un 'alma universal' que tendría su origen en un 'fuego central del universo', el cual no solo es algo material en sí mismo sino que sería propiamente el origen de toda la materia del universo.
Esta alma universal, entienden los pitagóricos, tiene la capacidad de vivificar el cuerpo de los hombres y de los animales; es lo que les da la vida, los 'anima'. Pero tiene también la capacidad de existir en las 'regiones etéreas' sin estar unida a ningún cuerpo. El alma universal da vida no solo a todos los organismos sino a todo el universo. Los pitagóricos, como los órficos, sostienen la universalidad y la inmortalidad del alma. Todo en la naturaleza está 'animado', tiene alma o está tocado o bañado por el alma. El alma, al ser algo puramente físico, es inmortal. Su existencia no depende de la existencia de ningún organismo, ni de la muerte de éste, sino que es ella justamente la que da la existencia a todos los organismos. Ella es la vida y su ausencia es la muerte, en todos los seres sensibles y capaces de participar de ella y de vivir de un modo u otro.
Esta alma universal se extiende por todo el espacio celeste, donde algo físico como un 'fuego central' la origina, y se transmite por el éter y el aire (elementos físicos igualmente) hacia todas las criaturas, sobre las que actúa y se manifiesta. Pero son los propios hombres los que deciden acomodar su mente o no a esta alma natural universal, mantienen los pitagóricos. Los hombres pueden elevar su mente a las regiones superiores, inteligibles y divinas por medio del ejercicio de la razón, de la voluntad libre y de la práctica de las virtudes, esforzándose en ser permeable y reflejar el alma universal y eterna con sus actos y pensamientos. O pueden 'condenarse' a las regiones inferiores, sensibles y animales, dejarse arrastrar por las pasiones, al no saber o no querer comprender correctamente los movimientos de alma universal, haciéndose de este modo títeres de ella, como los animales.
Los pitagóricos distinguen de este modo en el alma humana dos partes: una superior, que pertenece al orden inteligible, que es origen y asiento de la inteligencia y de la voluntad, y otra inferior, que pertenece al orden sensible, origen de los sentidos y de las pasiones. El alma universal, de alguna manera, fluye hacia nosotros y nos otorga la inteligencia y la voluntad, la 'parte superior', en tanto somos capaces de interpretar con corrección sus movimientos. Mientras que la 'parte inferior', los sentidos y las pasiones, al contrario, obedece al cuerpo y las vísceras, es la parte del alma prisionera del cuerpo, alejada de lo inteligible.

Las últimas estrofas de los versos áureos, atribuidos a Pitágoras, ilustran perfectamente esta forma de dualismo:

(…)
Pero para ti, ten confianza,
porque de una divina raza
están hechos los seres humanos,
y hay también la sagrada naturaleza
que les muestra
y les descubre todas las cosas.
De todo lo cual,
si tomas lo que te pertenece,
observarás mis mandamientos,
que serán tu remedio,
y liberarán tu alma
de tales males. Abstente en los alimentos como dijimos,sea para las purificaciones,
sea para la liberación del alma,
juzga y reflexiona de todas las cosas y de cada una,
alzando alto tu mente,
que es la mejor de tus guías. Si descuidas tu cuerpo para volar
hasta las libres orbes del éter
serás un dios inmortal, incorruptible,
ya no sujeto a la muerte.

La divinidad (lo superior y sublime) reside en el cielo, en las 'libres orbes del éter', lo mismo que nuestra mente y nuestra inteligencia, la cual podemos 'levantar alto y 'hacer volar', a través del juicio y de la reflexión, descuidando el cuerpo, para convertirnos con nuestro pensamiento e inteligencia, en cierta medida, en 'un dios inmortal, incorruptible, ya no sujeto a la muerte', tal como corresponde a la naturaleza del alma universal, de la que participamos. Debemos tener confianza, pues, en nuestra propia naturaleza, en la parte que es 'sagrada' y 'divina' (la que corresponde a los celestes a la vez que a la inteligencia) porque, como naturaleza que es, es nuestra mejor guía. Necesariamente, en un momento u otro, se manifestará y, siendo inteligencia, 'nos mostrará y descubrirá todas las cosas del mundo'.

Pitágoras y sus seguidores tenían buenas razones para venerar a Orfeo, el 'músico' más grande, que con los sonidos de su lira domesticaba la naturaleza entera y reducía a mansedumbre incluso las bestias más salvajes. Experimentos de tipo musical habían llevado a Pitágoras a la comprensión de las relaciones numéricas y de ahí a la fundación de la matemática. La música siempre tuvo una posición dominante en las creencias pitagóricas, al igual que en el sistema órfico. El universo era descrito como un orden de proporciones, como una consonancia, una armonía. Ésta no era una metáfora. Creían firmemente, los pitagóricos, en un orden matemático de los elementos del universo y en la existencia de una armonía perfectamente real de las diferentes dimensiones físicas de todos estos elementos.
El alma humana había de esforzarse literalmente para reflejar el orden (la 'música') que reina en el universo, pues sólo así su existencia sería también armoniosa y saludable. El orden natural del universo (la armonía) es el máximo bien, es la 'divinidad natural' que da la pauta a la que se acomodarán (o no) los hombres: es el alma universal que describimos, que se manifiesta por los movimientos o vibraciones que tienen un ritmo, una pauta, una armonía, es decir, que conforman una 'música', aunque no sea audible a nuestro oído.
Es evidente que la 'música' de los pitagóricos es diferente de la idea que tenemos actualmente de la música. Y lo mismo pasa con los números y las relaciones matemáticas. Según los pitagóricos, los números no son representaciones abstractas separadas de la realidad, tal como los concebimos ahora, sino que tienen magnitud o extensión espacial real. Intencionadamente confundían la unidad aritmética con el punto geométrico, lo abstracto con lo material. Es más, no sólo afirmaban que las unidades matemáticas tienen extensión espacial, sino que funcionan como la base misma de la materia física, es decir, las consideraban como una forma primitiva de átomo.

Según la cosmogonía pitagórica, a partir de un primer elemento origen de todo, o 'germen' (la unidad matemática y física), el universo se habría desarrollado en toda su complejidad, cómo si se tratase de un ser vivo. Tenían una concepción casi biológica del cosmos, el cual consideraban como un ser que vive y respira: Dada la primera unidad (germen) con magnitud en el espacio, esta comenzaría a inhalar el tiempo, el aliento y el vacío. Esto implica que el aliento entraría desde fuera en la unidad. La unidad comenzaría a crecer y como resultado de su crecimiento se partiría en dos. Aquí entraría el vacío, gracias a la existencia del cual estas dos unidades se podrían mantener separadas. El vacío es el elemento delimitador, aquello que separa las partes y que, por tanto, permite el desarrollo diferenciado. Gracias a la existencia del vacío la primera unidad pudo partirse en dos. Así habría comenzado un proceso que, mediante una progresión indefinida, acabaría por convertirse en el universo que nosotros conocemos.
El paralelismo con el huevo cósmico de los órficos, lleno de aire, que se parte en dos, origen de todo el universo, es bien evidente. Los pitagóricos prescindieron, pero, a diferencia de ellos, de una teogonía y de un plano de pensamiento mitológico en su explicación cosmogónica.
El universo de los pitagóricos es todo él una armonía de tiempos, espacios, movimientos, ciclos y ritmos entrelazados de manera matemática. La Tierra, por ejemplo, al moverse de manera circular en torno al centro del universo da lugar al ciclo día-noche. El movimiento regular y acompasado de las esferas y de las estrellas produciría 'la música de las esferas', una especie de sonido armónico o música que no percibimos ni nos damos cuenta de su existencia simplemente porque 'nuestro oído estaría acostumbrado a él desde el nacimiento, y también porque el sonido, cuando es continuado, necesita de la interrupción para ser percibido'.
Este universo, las vibraciones armónicas que generan los planetas y las estrellas en el éter, esta 'música', constituye el alma universal, que nos llega a las personas por el aire y se manifiesta, cuando actúa sobre nuestro cuerpo, como lo más elevado de 'nuestra' alma: la inteligencia.
La idea de armonía de todo lo creado, como base tanto de una cosmogonía como de un código moral o religioso incluso, cobra un sentido completo a partir de esta idea de que existe un alma universal, única y eterna, de la que todos los seres participan, y que marca la pauta de lo que debemos hacer las personas. Lo que llamamos 'alma humana' es un fenómeno de la naturaleza y es una manifestación de esta alma universal. 'Nuestra' alma no es creada por nosotros ni por nuestro cuerpo, simplemente viene de afuera y debemos respetarla y acomodarnos a ella. Viene dada por la naturaleza que nos trasciende y actúa en nosotros de manera perfectamente natural (y material).
De hecho, la idea más primaria y arcaica que tenían los pitagóricos sobre el alma, y que dio pie a los desarrollos posteriores, era que el alma, literalmente, estaba constituida por partículas que flotaban en el aire. Idea asociada al 'corporalismo' o creencia de que las unidades, cantidades y armonías tenían extensión corporal, como hemos visto. Los primeros pitagóricos, efectivamente, sostenían que el alma, cuando estaba separada del cuerpo durante el tiempo intermedio a sus diversas 'reencarnaciones', era algo que revoloteaba en el aire, como las partículas que vemos que flotan en el aire cuando son iluminadas por un rayo de sol. Filósofos pitagóricos posteriores matizaron esto y establecieron que el alma universal no debía ser tanto el aire en sí, sino que debía ser aquello originario que mueve las partículas del aire, esto es, los movimientos de los cuerpos celestes, siendo el aire sólo su transmisor.
Sobre esto dijo Aristóteles:

Parece que la teoría de los pitagóricos tiene el mismo propósito: pues algunos de ellos dijeron que el alma reside en las partículas que hay en el aire y otros que es ella la que las mueve. Hablan de partículas porque se muestran siempre en constante movimiento, incluso cuando hay calma completa. (Aristóteles, De anima, 404a 16)

Si Orfeo se convirtió en un personaje semidivino, que sabía usar el poder aéreo y divino de la 'música', de Pitágoras se escribieron prodigios muy similares.
Porfirio, en la Vida de Pitágoras (pp. 28-31), apuntaba:

Sobre nuestro personaje se han contado, de una manera uniforme y concorde, otros casos innumerables más sorprendentes y más divinos. Por decirlo sencillamente, de nadie han supuesto más cosas ni más extraordinarias. En efecto, se recuerdan de él predicciones inequívocas de terremotos, rápidas prevenciones de epidemias, el cese de vientos violentos y de una granizada, y la suspensión de oleajes fluviales y marítimos para una cómoda travesía de sus discípulos. Empédocles, Epiménides y Ábaris, que intervinieron en hechos de esta naturaleza, han realizado, en muchas ocasiones, prodigios parecidos. Sus poemas lo ponen de manifiesto. Y, en especial, la denominación de 'paravientos' correspondía a Empédocles, la de 'purificador' a Epiménides y la de 'caminante aéreo' a Ábaris, porque, por lo visto, montado en la flecha que le había regalado Apolo, el de los hiperbóreos, caminante, en cierto modo, por el aire atravesaba ríos, mares y lugares inaccesibles. Esto es, precisamente, lo que algunos supusieron que le había ocurrido a Pitágoras cuando, en Metapunto y Tauromenio, el mismo día, se relacionó con sus discípulos de una y otra ciudad.
Con sus cadencias rítmicas, sus cánticos y sus ensalmos mitigaba los sufrimientos psíquicos y corporales. Estos principios los desarrollaba para sus discípulos, pero, particularmente, escuchaba la armonía del universo, porque comprendía la armonía universal de las esferas y los astros que en ella se mueven, y que no la percibimos por la pequeñez de la nuestra naturaleza.(...) Por lo demás, las voces de los siete planetas, la (de la esfera) de los fijos y, además de ésta, la (de la esfera) de encima de nosotros, nombrada entre ellos, por otro lado, 'antiterra', habían asegurado que eran las nueve Musas. A la mezcla, sinfonía y, por decirlo así, atadura de todas ellas, se la llamaba Mnemósine, de la cual cada una era parte y efluvio como de un eterno increado.

Según nos dice Porfirio, de Pitágoras se creía que tenía el poder, entre otros, de domeñar los vientos violentos y el oleaje, como también lo hacía Empédocles, el 'paravientos' e, incluso, se pensaba que podía desplazarse por el aire, como Ábaris, el 'caminante aéreo'. Se suponía que Pitágoras, como Orfeo, con sus cadencias rítmicas y cánticos reproducía la armonía universal de las esferas y los astros, y por medio de ellos era capaz de mitigar los sufrimientos psíquicos y corporales. Las cadencias de los planetas y las esferas constituyen, cada una, una Musa, esto es, una forma de pensamiento y de inspiración. La ligadura de todas ellas en una sinfonía universal constituye la 'Mnemósine', esto es, la sinfonía de los pensamientos, el alma universal que se manifiesta en los hombres con la inteligencia, aunque sólo algunos privilegiados serían capaces de percibir y de comprender enteramente su verdadero origen.


En el sistema órfico el éter es el elemento que llena el universo y del que están hechas las estrellas, y es por el éter que se transmite hacia el aire que rodea la Tierra 'el poder de los dioses', el cual actúa sobre el alma de los hombres, como la música de Orfeo. El pitagorismo reafirma esta idea, pero va un poco más allá: no son ya los dioses los que actúan por medio del éter y el aire sobre nosotros, sino que lo que lo hace es el propio universo, los planetas y las esferas enteros, con sus cadencias inherentes, que son una 'música' inaudible, una especie de vibración armónica. Es la naturaleza la que actúa, en el origen y el medio, no los dioses. Se entiende como un fenómeno natural y se intenta dar una explicación científica.
También van un poco más allá los pitagóricos al recalcar que la 'música de las esferas' actúa específicamente sobre la mente y el pensamiento (las musas, la mnemósine...), esto es, las potencias superiores del alma, y no tanto sobre las pasiones y las afecciones del cuerpo. Los órficos reconocían esta acción sobre el pensamiento, pero no elaboraron tan finamente como los pitagóricos este aspecto.


Bibliografía.
Conde, F. Página sobre filosofía, www.paginasobrefilosofia.com/html/.
González, C. Historia de la filosofía. 2 ª ed., Madrid, 1886. Edición digital Proyecto Filosofía en español, www.filosofia.org, 2002.
Guthrie W.K.C. Orfeo y la religión griega, Siruela, Madrid, 2003.
Porfirio, Vida de Pitágoras. Argonáuticas órficas. Himnos órficos, Gredos, Madrid, 1987.
Rohde E. Psique. La idea del alma y la inmortalidad entre los griegos, Fondo de Cultura Económica, México, 1948.

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