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De 'Lámparas de fuego', de Joan Mascaró.

Permitidme que compare el alma con un par de caballos alados y un auriga. Los caballos alados y los aurigas de los dioses son todos ellos nobles y de noble estirpe, pero los de otras razas son mezclados. Nuestro auriga humano conduce un par de ellos; uno es noble y de noble casta, y el otro es innoble y de casta innoble; y dirigirlos es por supuesto duro y difícil.

Las alas son el elemento corpóreo que es lo más parecido a lo divino, y que por naturaleza tiende a elevar y a llevar todo aquello que gravita por las zonas bajas hacia la región superior donde habitan los dioses. Lo divino es belleza, sabiduría, bondad y cosas parecidas; y con ellas el alma se alimenta y crece; pero cuando se alimenta con el mal, la fealdad y lo contrario del bien, se consume y es destruida. Zeus, el poderoso jefe, lleva las riendas de un carro alado y lo conduce hacia el cielo y todo lo ordena y cuida de todo.
Los carros de los dioses, en constante equilibrio, obedecen las riendas y corren rápidamente; pero los otros lo hacen a duras penas, porque el corcel vicioso avanza lentamente, y el auriga acaba en el suelo cuando su caballo no ha sido bien entrenado del todo; y esta es la hora de agonía y de conflicto extremo para el alma. Porque los inmortales, cuando llegan al cénit, salen y se sitúan en el exterior del cielo, y la revolución de las esferas los hace girar, y contemplan las cosas desde más allá. Pero el cielo que está por encima de los cielos, ¿qué poeta terrenal ha cantado de él, o cantará de él dignamente? Es así como yo lo voy a describir; ya que yo he de decir la verdad porque es sobre la verdad sobre lo que yo hablo.
Allá habita el Verdadero Ser que pertenece al verdadero conocimiento; el que no tiene color ni forma, esencia tangible, visible solo para la mente, el piloto del alma.

Platón, 428-347 a. C.
Fedro

No hay dos días exactamente iguales: los hay nubosos, lluviosos, también secos o ventosos; y esta variedad infinita aumenta en gran manera la belleza del universo. Y eso mismo pasa con el hombre que, como dijeron los antiguos, es un mundo en miniatura, porque nunca se encuentra demasiado tiempo en el mismo estado y su vida en la tierra fluye como las aguas poderosas, ondeando y fluyendo con una variedad infinita de movimientos; unos lo elevan con esperanza, otros lo abaten con temor; ora lo arrastran hacia la derecha con gozo, ora hacia la izquierda con temor; y no hay un solo día, ni una sola hora, de esta vida que sea exactamente igual a otro.
Todo ello es un aviso muy importante y nos enseña a tener como objetivo una ecuanimidad mental constante y permanente en medio de una variedad tan grande de acontecimientos; y mientras tanto todo va cambiando a nuestro alrededor; debemos querer permanecer inamovibles, mirando, buscando y deseando siempre a Dios.

San Francisco de Sales
Introducción a la vida devota, parte IV, 13


La presencia de Dios vibra a través del sol, la luna y las estrellas. Y en los vuelos del pensamiento humano, como se expresa en libros como los Veda, los Purana y los Smriti.
Todo habla el lenguaje de Dios, y Él se mantiene a Sí mismo equilibrado e inmóvil.
Él está en el interior de las cosas así como en su exterior.

Gurú Arjun, 1536-1606


Él se encuentra en todas partes, y en todo, y no hay un solo lugar, ni nada en el mundo, exento de su más sagrada presencia, ya que, así como los pájaros hallan el aire continuamente en sus alas, nosotros, dondequiera que estemos, nos encontramos con esta presencia siempre y en todas partes.

Dios no solo está presente en el lugar que tú estás, sino que está especialmente presente en tu corazón y en tu mente, a los que cuida e inspira con su sagrada presencia, manteniéndose allí como corazón de tu corazón y como espíritu de tu espíritu.

San Francisco de Sales
Introducción a la vida devota, II, 2


En una oda se dice: “Su virtud es ligera como un cabello”.
Un cabello todavía puede compararse con algo, pero “lo que el Cielo hace no tiene ni sonido ni olor”. Este es el punto máximo.

Confucio, 551-479 a. C.

El justo medio, XXXIII


Los caminos del cielo son silenciosos; pero son seguros y encuentran su realización.
¡La red del cielo es ancha, tan ancha!
Sus nudos están muy separados;
pero nada puede escapar de esta red.

Tao Te Ching, LXXIII

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