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Mente limitada

¿Recuerdas que te comenté el lance de un raterillo que intentaba desesperadamente cruzar la carretera? Me dio que pensar…

Era por la mañana temprano. Yo iba con el coche hacia el trabajo. Había mucho tránsito de vehículos a esas horas. El perro estaba afuera de un portillo al lado de la carretera, la cual intentaba cruzar con gran dificultad. Se veía al animal muy inquieto y nervioso. Sus movimientos no parecían seguir un plan mínimamente apropiado para cruzar. Tan pronto corría hacia un lado como hacia el otro del arcén. Miraba a derecha e izquierda de manera desordenada. Le vi hacer algunos intentos de atravesar justo cuando pasaba algún camión o algún coche, los cuales abortó, por fortuna, en el último instante. Con esas tentativas fallidas aumentaba cada vez más su ansiedad y desesperación. Los momentos que hubiera podido cruzar -con menos tránsito- no lo hacía. La situación lo desbordaba completamente, no tenía ningún tipo de control. Miraba pero no sabía qué mirar, no tenía criterio para decidir cuándo cruzar. Pero no desistía en su empeño, sino todo lo contrario. Inmerso en algún tipo de bucle, los intentos fallidos y el peligro inminente aumentaban cada vez más su insistencia, hasta el frenesí. Ante esta situación, en ese momento, pensé que el pobre perro estaba abocado a una muerte inevitable y que era él mismo el que se dirigía a ella con su mente de perro limitada. También pensé que incluso le iría mejor si pudiera prescindir de todo criterio y, simplemente, cruzara la carretera sin ningún tipo de conciencia y con total distracción, que hacerlo al dictado de una mente que lo conducía a la catástrofe.

Pensé, más tarde, que a las personas nos debe pasar algo parecido que a aquel perro. Estamos enfrascados, muchas veces, en las ocupaciones y preocupaciones de la cotidianidad, con nuestra mente limitada, en una especie de bucle del que no sabemos salir. Nuestras preocupaciones, deseos, metas… en principio, deberían servirnos para desarrollar conductas ordenadas, planificadas y dirigidas a satisfacer nuestras necesidades. Pero, muchas veces, la manera que tenemos las personas de percibir y razonar el mundo lo que hace realmente es alterar el orden de las cosas, de modo que nuestro comportamiento intencional nos puede llevar al desastre. Como el perro, que no tenía criterio propio para decidir el momento y el modo apropiados de cruzar la carretera, nosotros tampoco lo tenemos en muchas ocasiones, aún siendo nuestras intenciones las mejores.

Con nuestra idea de cómo las cosas deben ser, sumergidos en el relativismo y la subjetividad, con frecuencia subvertimos la armonía de cómo son las cosas en realidad y no dejamos que ellas, por sí mismas, nos enseñen su orden y sus potencias. Se trata de ser capaz de redirigir la atención desde nuestra afección por las cosas a como realmente son las cosas. Es necesaria una mirada objetiva e inteligente al mundo. Hay que trascender nuestra mirada personal limitada y atender y entender el orden que existe aparte de nosotros. Hay que serenarse.

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