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La conciencia y el cerebro

Cada momento prestamos atención a una idea diferente. Tanto es así que podemos definir los momentos como las duraciones de las ideas o de los pensamientos: un momento es el tiempo durante el cual experimentamos un pensamiento. 
Del conjunto de las ideas posibles que guardan alguna relación con la situación concreta en que nos encontramos, de las ideas que se nos pueden ocurrir, seleccionamos una principal. Esta idea definirá el momento y lo que experimentaremos en él. Bergson la llama 'idea directriz', pues organiza en torno a sí todas la ideas posibles con las que comparte contenido. La directriz es la mejor idea, la que se impone cuando procuramos ajustar nuestro pensamiento a la realidad, cuando nuestra conciencia busca una respuesta adecuada a lo que siente y percibe. 
La diversidad de pensamientos posibles se concreta en un único pensamiento de facto, el cual define lo que experimentamos y condiciona hasta cierto punto la manera como va a progresar nuestro estado a otro siguiente. 
La elección de la idea directriz se realiza por la actividad intelectual, que consiste en la acción de seleccionar la idea de mejor ajuste a la situación de todas las posibles. Se trata de un esfuerzo, más intenso o menos, de discernimiento, pues 'todas las ideas posibles' pueden ser muchas o pocas, guardar algún tipo de relación más remota o menos entre ellas y con la situación, confundirse o no unas con otras, con lo que la tarea de discriminación y definición puede resultar más compleja o menos. Se trata de elementos mentales en vía de organización que se concretan por medio del trabajo intelectual y el razonamiento.
Todo razonamiento es una tendencia al monoideismo. Concentra la mente y la hace apoyarse en una idea única. Pero el proceso de llegar a discernirla y el tránsito de una idea a otra (el paso de un momento a otro) puede ser complejo. Es a causa de la complejidad de las ideas que se produce el esfuerzo intelectual. La complejidad determina la dificultad. Toda idea que se manifiesta en la conciencia es el resultado de un proceso más o menos elaborado de razonamiento o discriminación de elementos que se complementan o se interfieren. Existen situaciones fáciles y otras difíciles. Las fáciles están conformadas por pocos elementos bien diferenciados, las difíciles por muchos elementos poco diferenciados. La complejidad existe en la realidad, a la vez que en la inteligencia y los conocimientos del sujeto, en su capacidad de discernir, que toma en consideración más o menos elementos, más o menos diferenciados.

La mente y los objetos del mundo forman un unidad indivisible. Lo uno define a lo otro. Las representaciones mentales (las percepciones, los pensamientos) se producen cuando los objetos del mundo y nuestra mente coinciden en hacerse presentes y configuran un momento, una idea. El cerebro no crea la realidad del mundo pero sí la realidad fenomenológica cuando se activan circuitos de memoria y circuitos sensoriales simultáneos.
El cerebro, nuestro cuerpo entero y el mundo que nos rodea están en continua variación. Percibimos en nosotros y en el mundo estados discretos porque nuestra atención individualiza el continuo en momentos diferenciados con su monoideismo. El continuo de la realidad es tan denso que se escapa en su mayor parte a nuestra competencia mental, con lo que lo convertimos en una sucesión de elementos singulares. Imponemos ideas directrices que segmentan la realidad y la ralentizan. Creamos momentos consecutivos diferenciados.

Nuestra mente, con nuestro cuerpo, no es un continuo estable; de serlo ella misma no existiría: sin cambio no hay actividad. Sin cambio no hay evento ni momento. “Si un estado del alma cesase de variar, su duración cesaría de transcurrir”, dice Bergson. Lo que sucede es que la mente actúa de un modo económico y “resulta cómodo no prestar atención al cambio ininterrumpido, y notarlo solo cuando crece lo suficiente para imprimir al cuerpo una nueva actitud, y a la atención una dirección nueva. En ese preciso instante encontramos que hemos cambiado de estado. La verdad es que se cambia sin cesar, y que el estado mismo es ya cambio. (…) Y precisamente porque cerramos los ojos a la incesante variación de cada estado psicológico, nos vemos obligados, cuando la variación se ha hecho tan considerable que se impone a nuestra atención, a hablar como si un nuevo estado se hubiera yuxtapuesto al precedente. De ése suponemos que, a su vez, permanece invariable, y así consecutiva e indefinidamente.”

El tiempo psicológico, las duraciones fenomenológicas de las cosas, está formado de conceptos, ideas, perceptos; percibimos momentos discretos que se corresponden a un estado, a un sentimiento, a una idea. Saltamos de un estado a otro sin ser capaces de detectar el modo como sucede el tránsito entre ellos, solo sabemos constatar el hecho de que se ha producido. Hasta el punto que ni siquiera sabemos explicar ese cambio en nosotros mismos. Solo sabemos lo que sabemos en ese momento concreto. Impera, en efecto, el monoideismo: lo importante es la situación en sí, la idea que la explica, y no analizamos normalmente lo que nos ha llevado a ella. Suponemos que nuestro estado psicológico es invariable y que durará siempre, hasta que la realidad impone un nuevo estado, del cual volvemos a estar convencidos de su inmutabilidad, sin solución de continuidad. Y así indefinidamente. Nuestra conciencia es muy simple. El estado psicológico que sentimos y que nos define siempre es el del presente. Los del pasado (y los del futuro) no existen a nivel fenomenológico.

El mundo fenomenológico es siempre presente, es la existencia que fluye de un modo continuo y que solo se detecta a sí misma, como experiencia o momento, de un modo discreto. El pasado real nada más es una huella útil al presente, que crea la ilusión del pasado vivido por la vivencia del presente. 
El recuerdo es una huella que se ha creado en el pasado físico y que el pensamiento actual ha vuelto a 'encender'. Los recuerdos aportan información y colaboran junto con las sensaciones en la generación de las ideas directrices y los momentos. Son una información o conocimiento que el cerebro utiliza junto a las sensaciones del exterior en el circuito encendido en el eterno ahora de la conciencia. Toda vivencia, ocurrencia, sentimiento, todo lo que llamamos conciencia, ocurre en el momento actual, estimulado por las sensaciones de la situación de ahora mismo, de las cuales no se puede desvincular.

“De buen grado nos representamos la percepción atenta como una serie de procesos que caminarían a lo largo de un hilo único, excitando el objeto sensaciones, las sensaciones haciendo surgir ante ellas las ideas, cada idea conmocionando gradualmente puntos más alejados de la masa intelectual. Habría, por tanto, una marcha en línea recta, por la que el espíritu se alejaría más y más del objeto para no volver nunca. Nosotros pretendemos, por el contrario, que la percepción refleja es un circuito en el que todos los elementos, incluido el mismo objeto percibido, se mantienen en estado de tensión mutua como en un circuito eléctrico, de tal forma que cada sacudida salida del objeto no puede detenerse en ruta en las profundidades del espíritu: debe siempre retornar al objeto mismo.” 

La conciencia es un circuito cerrado del que forman parte los objetos y energías del mundo, que existen aquí y ahora, los cuales inician, y a los cuales retorna, el flujo de pensamiento. Se genera una actualización del conocimiento al iluminarse huellas de memoria en ese flujo o circuito. Pero lo que dirige la conciencia es la actualidad en sí, no el recuerdo. El recuerdo es un complemento de la actualidad que hace posible la toma de decisiones. Los recuerdos conforman el abanico de posibilidades entre las que vamos a elegir de un modo inteligente, generando una idea directriz, que es una explicación subjetiva de la realidad pero no es la realidad. Las ideas directrices tienen que ajustarse a la realidad y cuando no lo hacen son desechadas. Su vigencia es perentoria, pues la realidad continuamente cambia. Nuestras decisiones están permanentemente expuestas al escrutinio de la realidad.

Nuestra conciencia se fija en lo más relevante, en lo que mejor representa la situación para nosotros, en las sucesivas 'ideas directrices', que son las que destacan sobre la continuidad del fondo de nuestra existencia. Cada uno de los estados que percibimos e ideas que tenemos “no es más que el punto (discreto) mejor iluminado de una zona inestable que comprende todo cuanto sentimos, pensamos, queremos, todo cuanto en última instancia somos en un momento dado.”

"La idea es una detención del pensamiento; nace cuando el pensamiento, en lugar de continuar su camino, hace una pausa o vuelve sobre sí: del mismo modo que el calor surge en la bala que encuentra un obstáculo. Pero así como el calor no existía antes en la bala, tampoco la idea formaba parte integrante del pensamiento." De modo que la actividad mental es el continuo oculto, mientras que las ideas son lo discreto consciente, que se nos aparece cuando el pensamiento hace una pausa y vuelve sobre sí mismo. En ese instante del continuo de nuestra actividad inconsciente aparece una singularidad, se crea un momento, salta un contenido a la consciencia.

"(...) El espíritu abarca el pasado, mientras que el cuerpo está confinado en un presente que incesantemente vuelve a comenzar. Pero solo nos acordamos del pasado porque nuestro cuerpo conserva aún presente su huella. Las impresiones producidas por los objetos en el cerebro permanecen en él, como imágenes sobre una placa sensibilizada o fonogramas sobre discos fonográficos; del mismo modo que el disco repite la melodía cuando se hace funcionar el aparato, resucita también el cerebro el recuerdo cuando se produce la sacudida necesaria en el punto en que está depositada la impresión."

En palabras de Sartre: "Parece que el ser es presente, que todo es presente: el cuerpo, la percepción presente y el pasado como traza presente en el cuerpo; todo es 'en acto': pues la traza mnémica no tiene una existencia virtual en tanto que recuerdo: es íntegramente traza actual. Si el recuerdo resurge, lo hace en el presente, a consecuencia de un proceso presente."


Henri Bergson, Memoria y vida.
Henri Bergson, El alma y el cuerpo.
Jean-Paul Sartre. El ser y la nada.


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