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Realidad, pensamiento y tiempo.

   Pensar es traer a la presencia algo en la consciencia, hacerlo presente. 'Ahora' es el instante en que se hace presente este algo en el pensamiento. Siempre pensamos, estamos y somos ahora. En todo momento pensamos o sentimos o estamos haciendo algo ahora. No existimos en otro momento que el ahora. El presente es lo que conjunta el pensar y el existir, como se dio cuenta Descartes.
   Pensar es presentar un contenido o una idea, hacer presente, pero también es crear el pasado y el futuro desde el presente. Siempre somos y siempre accedemos a las cosas en una acción mental del presente. El acto de la conciencia es instantáneo. Pensamos (y soñamos y sentimos y estamos) en el presente. Pero el contenido del pensamiento (o del sueño, o del sentimiento...) se refiere a actos del pasado o del futuro, si nos fijamos. Y son justo eso: contenidos, ideas, productos de nuestra mente. Pensamos posibilidades de actos pasados ​​o futuros, más sentidas o menos, más creídas o menos, inventamos el pasado y el futuro, que pueden ser falsos (y que probablemente lo son) porque son lo que son: una construcción del pensamiento. No son la realidad, son el resultado del acto de pensar, 'sólo' una elaboración mental.
   Los contenidos del pensamiento nos sacan fuera del presente real y nos pierden en los tiempos (pasado y futuro) que ellos crean, con ellos desaparece la ‘verdad’ y se impone la ‘subjetividad’. El presente y la realidad no son accesibles a nuestra conciencia, porque la conciencia es totalmente subjetiva pues es ella la que crea los tiempos en los que se desenvuelve ella misma. El futuro y el pasado son un conglomerado de ideas, inevitablemente diferentes de la realidad del presente y de los actos. Y el fluir del presente, por su parte, escapa a nuestro pensamiento. Es paradójico: el pensamiento no nos acerca a la realidad y al presente, al contrario, nos aleja.
   La realidad del presente y de los actos del pensamiento es terriblemente efímera: pensar no es un pensamiento ni un conocimiento, es la acción instantánea que los produce, acción que no se puede pensar a sí misma, o si no, se vuelve un pensamiento (contenido) y se desvanece, escapa de su dimensión, pierde la naturaleza de acto, de presente objetivo. Pensar, entonces, es una realidad condenada a permanecer oculta... Y el pasado y el futuro son la 'racionalidad', que no la realidad; son el contenido mental, la posibilidad conocida (pero no real) sólo una idea, una posibilidad interpretada, pensada, creída: inventada al fin y al cabo. Así, nuestro mundo está hecho de realidad oculta y de pensamientos falsos; de modo que, sin más solución, somos emplazados de continuo a caer en el error, una y otra vez.

   La mente, en sus potencias más elevadas, se mueve por sí misma, tiene como vida propia. Parece un ser autónomo. Es la mente la que da forma a nuestra vida subjetiva, porque, a pesar de que el conocimiento de su mecanismo nos esté vedado, es ella la que define la sucesión de nuestras experiencias vitales, nuestra biografía personal, la que nos aporta la existencia en el modo que nos es propio.
   La mente es conocedora pero desconocida. Es acto de conocimiento pero no objeto de conocimiento. No es el tiempo vacío de los relojes, ni son los objetos aparentes del mundo, los que rigen la mente: no es nada que conozcamos lo que lo hace. Pero es que cuanto más desconocida es la mente para nosotros mismos, más fundamental deviene, más autónoma, más esencial, más 'alma' es y más 'ser' es. Es ella, debemos admitir, la que impone a nuestra existencia su vitalidad y variabilidad inherentes.

   ¿Por qué la realidad es la que es? ¿Qué sustenta los acontecimientos que se van encadenando, las realidades que se suceden? Se pregunta Alain Finkielkraut. No hay manera de saberlo, contesta. Incluso las cosas que tenemos que saber no las sabemos. ¿Nuestros motivos, la lógica interna y el significado de los actos? Es espeluznante lo que no sabemos. Sólo creemos saber, pero no sabemos realmente. Y no sabemos que no sabemos. Aunque queremos creer lo contrario, no sabemos, ni siquiera, qué pasará, qué pensaremos ni qué sentiremos el momento próximo o dentro de una hora. Ni tampoco sabemos realmente por qué ha pasado lo que ha pasado justo ahora, o hace una hora, aunque siempre parecemos estar convencidos de saberlo todo. Los pensamientos y conocimientos nuestros, por ellos mismos, no nos permiten saber muchas cosas de la realidad. Al contrario, como decimos, nos alejan de ella, constituyen un entramado de ideas y certezas equivocadas que veremos que la realidad desmonta una y otra vez, a poco que las queramos poner a prueba. La ignorancia no es un vacío de conocimiento, sino al contrario, es el desvarío de un exceso de certezas que hay que ir desmontando, argumenta Finkielkraut con acierto.
   Sin darnos cuenta, todo lo que ocurre en la realidad (en el presente) lo convertimos en palabras, en una trama temporal (pasado y futuro) de argumentos predefinidos y previsibles. Articulamos un entramado de representaciones y de pensamientos novelescos que nos separan de la realidad. Nos esmeramos en narrar, en pasado y en futuro, la realidad del presente. Nos subordinamos a nuestro mundo narrativo, nos tomamos a nosotros mismos y a nuestras ideas como medida de las cosas. Y 'cuanto más exclusivamente se toma a sí mismo el hombre, en cuanto sujeto, como medida de las cosas, más equívoca la medida', señala Heidegger.
   La razón no es empírica, al contrario: desatiende la fugacidad de la realidad. Olvida lo concreto (lo real, lo presente, siempre es concreto) y tiene tendencia a tratar más bien burdas generalidades, a subjetivarse en exceso y a perder la medida objetiva. Y a no cuestionarse a sí misma. En el agarrarse a lo aparente, en el ir de aquí para allá entre las ideas habituales es donde radica el error, en el sentido de vagar sin rumbo determinado por el mundo de las ideas fáciles y de los supuestos conocimientos, creando 'razones' sin referentes al presente ni a la realidad. Este es el origen de los errores que desfiguran y disimulan la realidad. Ocurre al ponerle palabras a los hechos, al crear representaciones que los sustituyen, al darles una textura narrativa, ocurre simplemente al razonar...

   Todo resultaría más sencillo, seguramente, si no llenáramos los tiempos imaginarios con ideas, si admitiéramos que el tiempo, hablando con rigor, no existe, sino el pensar y el pensamiento, la actividad mental y el contenido mental, y procediéramos con más cuidado. Las personas somos una especie de máquina que fabrica su propio tiempo, una máquina puesta en el presente que crea la ilusión del pasado y del futuro, de la causa y del efecto. Una mecánica que trama ideas sobre lo que puede haber pasado y lo que puede pasar, pero que no tiene casi información de su propio hacer, que no capta realmente el pensar en sí, el acto que nos define como humanos. No capta el instante preciso, ni tampoco, por tanto, el devenir de los momentos sucesivos, su causalidad verdadera.
   No le es posible conocerse a sí misma a esta máquina. El conocimiento es el contenido del pensamiento y no la acción de pensar, el producto no es nunca el proceso que lo produce, es algo diferente, es inevitable. La máquina no puede hacer más que desistir de explicarse a sí misma por los mecanismos que realmente la conforman, e intentar 'entenderse' y justificarse por su producto, por lo que piensa, que sólo son pensamientos... Es lo que hay. Somos una máquina que no se entiende ni se gobierna a sí misma, reconozcámoslo. Tenemos la ilusión de que sí, incluso una gran necesidad de creer que sí, una necesidad práctica y ‘razonable’, pero, en el fondo, todo se queda en justificaciones y excusas, en razones inventadas que no nos dan ni el entendimiento ni el control real de nosotros mismos, sólo su fantasía.


   Gracias Alain. Gracias Martin.


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