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Comentarios de los tratados y sermones de Eckhart. Idea tercera.

Idea tercera: Identidad del alma con 'Dios'. El alma del hombre proviene de 'Dios'. El entendimiento, el conocimiento y la voluntad, que conforman el alma de las personas, no dependen de los sentidos ni del funcionamiento del cuerpo, sino que son de la misma naturaleza que 'Dios'.

El alma se extiende por todo el cuerpo. No se 'localiza' en el corazón ni en el cerebro ni en ningún otro órgano o miembro. Dios actúa principalmente en el entendimiento, incluso más que en el propio ser del hombre. El entendimiento no es la función de ningún órgano del cuerpo, sino que es, sencillamente, la manifestación de Dios. (Eckhart usa indistintamente los términos de entendimiento y conocimiento.)

'Algunos maestros opinaban que el alma se encontraba sólo en el corazón. No es así y hubo grandes maestros que se equivocaban al respecto. El alma se encuentra completamente entera e indivisa en el pie, y entera en el ojo y en cualquier miembro.(...) Si aprehendemos a Dios en el ser, lo aprehendemos en su vestíbulo, pues el ser es el vestíbulo donde vive. Pero ¿donde se encuentra en su templo en el que resplandece (como) santo? El templo de Dios es el entendimiento. En ninguna parte mora Dios más propiamente que a su templo, es decir el entendimiento.'
(Sermón IX.)

Siguiendo a San Agustín, manifiesta Eckhart que Dios se encuentra en el alma, 'en el fondo' del alma, o dicho de otro modo, en la potencia 'más elevada' del alma, que es el conocimiento -o entendimiento-. Allí se manifiesta la entera divinidad de Dios. Dios está más cerca del alma de lo que se encuentra el alma respecto de ella misma, porque 'Él' es la fuente del alma. El alma toma su ser inmediatamente de Dios. Así Dios se manifiesta plenamente en el conocimiento -o entendimiento- de los hombres.

'Según dice San Agustín: Dios se encuentra más cerca del alma de lo que ella se encuentra respecto a sí misma. La cercanía de Dios y el alma no conoce, por cierto, diferencia (entre ambos). El mismo conocimiento en el que Dios se conoce a sí mismo, es el conocimiento de cualquier espíritu desprendido y no (es) otro. El alma toma su ser inmediatamente de Dios, por eso Dios está más cerca del alma que se encuentra ella respecto a sí misma; así, Dios se encuentra en el fondo del alma con su entera divinidad.'
(Sermón X.)

En el hombre hay dos naturalezas mezcladas que actúan a la vez. Hay un hombre exterior, u hombre 'terrestre', en el que el alma actúa conjuntamente con los miembros y órganos corporales. Es el hombre que depende de lo que le rodea inmediatamente, de lo que captan sus sentidos, y que actúa muscularmente en su entorno. En su alma está adherido el cuerpo y es dependiente de éste y del entorno 'terrenal'. El otro es el hombre interior u hombre 'celestial', un hombre noble capaz y deseoso de sentir a Dios y de (que es lo mismo que) acercarse al entendimiento del orden verdadero del mundo. Le corresponde aquella parte más elevada del alma que tiene identidad con Dios. Su 'logos' o entendimiento tiene un alto nivel de 'pureza', está relativamente poco afectado por los elementos terrenales-corporales. Inevitablemente, sin embargo, estas dos naturalezas están mezcladas, en una medida mayor o menor. Nadie se libera del todo de su naturaleza terrenal, nadie se convierte en Dios. Es más, al hombre 'celestial' Dios le habla al corazón, a un órgano corporal. Este órgano corporal, el corazón, paradójicamente, es sensible al logos divino. Cuando se libera del ruido terrenal -en un desierto- el corazón se hace Uno con Dios.

'En primer lugar hay que saber -y es evidente- que el hombre reúne por sí mismo dos naturalezas: cuerpo y espíritu. Por eso se dice en un escrito (Isaac Israeli, Liber de diffinitionibus.): Quién se conoce a sí mismo, conoce todas las criaturas, porque todas las criaturas son o cuerpo o espíritu. En consecuencia se afirma en la Escritura respecto al hombre que hay en nosotros un hombre exterior y otro interior (Cfr. 2 Cor. 4, 16). Al hombre exterior pertenece todo lo que está adherido al alma (pero) envuelto en la carne y mezclado con ella, y que tiene una cooperación física con cualquier miembro y dentro de él, como por ejemplo, con el ojo, el oído, la lengua, la mano y otros por el estilo. Y la Escritura llama a todo eso el hombre viejo, el hombre terrestre, el hombre exterior, el hombre hostil, un hombre servil. El otro hombre, dentro de nosotros, es el hombre interior; a éste le llama la Escritura un hombre nuevo, un hombre celestial, un hombre joven, un amigo y un hombre noble. Y a este se refiere Nuestro Señor cuando dice que «un hombre noble marchó a una tierra lejana y conquistó un reino y volvió».(...) «Yo -dice Nuestro Señor en (el libro) del profeta Oseas- quiero conducir el alma noble a un desierto y allí hablaré a su corazón» (Oseas 2, 14), uno con Uno, uno de Uno, uno en Uno y eternamente uno en Uno. Amén.'
(Del hombre noble.)

Dios, que es la 'luz' principal y primera, no actúa directamente sobre las potencias inferiores del alma, que son terrenales y dependen de cosas terrenales (la experiencia, la memoria, el aprendizaje de lo vivido... ) propias del 'hombre exterior', pero estas potencias es posible que se hagan susceptibles a la 'luz' divina por medio del ejercicio y la purificación. O, quizás, tienen una 'luz' semejante a la divina, que las hace, de alguna manera, susceptibles a la misma. O, como dice Tomás de Aquino, algunas potencias (el conocimiento y la voluntad) son enteramente divinas y, por tanto, no mueren con el cuerpo, sino que permanecen en el alma y, cuando ya no actúan en el cuerpo porque ha muerto, se mantienen intactas en su origen no corporal. Las otras potencias, en cambio, puesto que las ha desarrollado el cuerpo a lo largo de su vida, mueren con él.

'Resulta que un maestro pregunta si la luz divina entra fluyendo en las potencias del alma con la misma pureza que tiene en el ser (del alma), ya que ésta tiene su ser inmediatamente de Dios y las potencias fluyen inmediatamente del ser del alma. (La) luz divina es demasiado noble como para poder tener cualquier relación con las potencias, porque a todo lo que toca y es tocado, Dios le resulta alejado y extraño. Y por eso las potencias, porque son tocadas y tocan, pierden su virginidad. (La) luz divina no puede iluminar en ellas, pero es posible que se hagan susceptibles mediante el ejercicio y la purificación. A este respecto dice otro maestro que se les da a las potencias una luz que se asemeja a la (luz) interior. Se parece, es cierto, a la luz interior, pero no es la luz interior. Resulta pues, que esta luz produce en ellas (las potencias) una impresión de manera que llegan a ser susceptibles de la luz interior. Otro maestro dice [Cfr.. Thomas, S. theol. I q. 77 a. 8; y ibídem I, II q. 67 a. 1 a 3.] que todas las potencias del alma que actúan en el cuerpo, mueren con el cuerpo a excepción del conocimiento y de la voluntad: sólo estas le quedan al alma. (Incluso) cuando mueren las potencias que actúan en el cuerpo, ellas permanecen intactas en su raíz.'
(Sermón X.)

El conocimiento y el entendimiento son lo que nos une a Dios, son lo que hay de 'divino' en nosotros. Es Dios quien nos los envía, en forma de 'ángel'. El alma está hecha de todas las cosas porque tiene la facultad de conocer todas las cosas. El objeto de mi conocimiento es lo mismo que mi conocimiento. De alguna manera la materia de lo que conozco está presente en mí.

'Ahora invertimos esta palabra y decimos: Porque Dios me ha enviado su ángel, conozco verdaderamente. «Pedro» significa lo mismo que «conocimiento». Ya lo he dicho en otras oportunidades: El conocimiento y el entendimiento unen el alma con Dios. El entendimiento penetra en el ser puro, el conocimiento corre al frente, corre adelante y se abre camino para que nazca allí el Hijo unigénito de Dios. Nuestro Señor dice en (el evangelio de) Mateo que nadie conoce al Padre sino el Hijo (Mateo 11, 27). Los maestros afirman que el conocimiento depende de la igualdad. Algunos maestros dicen [Cfr.. Aristóteles, De anima III c. 8, 431 b 21.] que el alma está hecha de todas las cosas porque tiene la facultad de conocer todas las cosas. Suena como una tontería y, sin embargo, es verdad. Los maestros dicen [Cfr.. Liber XXIV philosophorum, prop. XXIII in commento (ed. Baeumker).]: Lo que tengo que conocer, debe estar completamente presente para mí y ser igual a mi conocimiento.'
(Sermón III.)

El conocimiento es lo 'divino' que tenemos, que nos acerca a la verdad. La máxima aspiración y el máximo placer del hombre es el conocimiento puro, que es lo mismo que decir 'Dios'. Pero somos muy limitados y no llegamos nunca a acceder a la verdad pura y desnuda, sino a una ínfima parte. Las leyes que rigen la naturaleza, el orden verdadero del mundo -Dios-, permanecen ocultos y sólo se muestran a nuestro conocimiento de manera puntual y 'por casualidad', con independencia de 'nuestra' voluntad y de 'nuestras' intenciones, por nobles que sean.

'Afirma un maestro [Aristóteles, Ethica Nicom. H c. 12. 1.152 b 24 Ss.] Que el conocimiento puro, incluso aquí, en esta vida, contiene en sí mismo un placer tan grande, que el placer de todas las cosas creadas sería de verdad nada en comparación con el placer que incluye el conocimiento puro. Sin embargo, por noble que sea, no es sino una «casualidad», y tan pequeña como es una palabreja comparada con todo el mundo, así de pequeña es toda la sabiduría que podemos aprender en esta tierra ante la verdad desnuda (y) pura.'
(Sermón III.)

Lo que conozco está en mí, es naturaleza, como yo soy naturaleza. El conocimiento es lo que hay más divino en mí, porque me acerca a todas las cosas. Mi conocimiento, pese a sus limitaciones, participa de la divinidad. Siendo la parte más 'elevada' del alma, es de la misma materia que Dios. Como también son de la misma materia los ángeles, que son los transmisores del conocimiento, esto es, los mensajeros de Dios. El conocimiento es lo que va delante, es lo primero sensible a la acción de los ángeles. El conocimiento, a la vez, actúa sobre el alma, y el alma sobre la naturaleza corporal, y esta sobre los sentidos corporales.

«Ahora sé verdaderamente que Dios me ha enviado su ángel». Cuando Dios envía a su ángel al alma, ella se vuelve realmente cognoscitiva. No fue en vano que Dios le encomendara la llave a San Pedro, porque «Pedro» significa «conocimiento» (Cfr. Mateo 16, 19); ya que el conocimiento tiene la llave y abre y penetra y atraviesa y encuentra a Dios en su desnudez, y luego le dice a su compañera de juegos, la voluntad, que es aquello de que se ha posesionado por más que ya anteriormente haya tenido la voluntad (de hacerlo); porque busco lo que quiero. (El) conocimiento va a la cabeza. Es un príncipe y busca su reinado en lo más elevado y puro, y después se lo pasa al alma y el alma se lo pasa a la naturaleza y la naturaleza a todos los sentidos corporales. El alma, en su parte más elevada y pura, es tan noble que los maestros no saben encontrarle ningún nombre. La llaman «alma» en tanto le otorga el ser el cuerpo. Ahora bien, dicen los maestros [Cfr.. Thomas, IN I Sent. d. 3 q. 3 a. 1. Albertus Magnus, IN II Sent. d. 2 a. 1.] que tras el primer efluvio violento de la divinidad, allí donde el Hijo emana del Padre, el ángel está formado lo más inmediatamente a la imagen de Dios. Esto, ciertamente: el alma está formada en la imagen de Dios en cuanto a su parte más elevada, pero el ángel es una imagen más aproximada a Dios. Todo lo que hay en el ángel está formado a la imagen de Dios. Por eso, el ángel es enviado al alma para que la lleve de vuelta a la misma imagen según la cual él está formado, porque el conocimiento proviene de la igualdad. Pues bien, como el alma tiene la facultad de conocer todas las cosas, no descansa nunca hasta que se adentra en la imagen primigenia donde todas las cosas son uno, y allí descansa, es decir: en Dios. En Dios ninguna criatura no es más noble que otra.Los maestros dicen [Thomas, S. theol. Y q. 16 a 3; ídem, in met. 1. 2.] Que (el) ser y (el) conocer son completamente una sola cosa, porque lo que no es, tampoco se conoce, lo que tiene el máximo de ser, se conoce también al máximo.'
(Sermón III.)

Aquí Eckhart expone un argumento más de por qué la esencia de Dios y la del hombre son lo mismo. La vida fluye de Dios al alma sin mediación alguna que la modifique. Dios y alma, pues, son de la misma naturaleza. Y es por este motivo que amamos la vida y a Dios igualmente.

«Los justos vivirán.» Entre todas las cosas no hay nada tan querido y tan deseable como la vida. Y, por otra parte, no hay ninguna vida tan mala ni onerosa que el hombre, sin embargo, no quiera vivir. Dice un escrito: Cuanto más cerca se encuentra una cosa de la muerte, tanto más afligida está. No importa que la vida sea muy mala, la quiere vivir, sin embargo. ¿Por qué comes? ¿Por qué duermes? Para que vivas. ¿Por qué quieres bienes u honores? Lo sabes muy bien. Pero ¿por qué vives? Por la vida y, sin embargo, no sabes por qué vives. La vida en sí misma es tan deseable que uno la quiere a causa de ella misma. Los que están en el infierno, (sufriendo) la pena eterna, no querrían perder su vida, ni los diablos ni las almas, porque su vida es tan noble que fluye de Dios al alma sin mediador. Como fluye tan inmediatamente de Dios, por eso quieren vivir. Qué es la vida? El ser de Dios es mi vida. Entonces, si mi vida es el ser de Dios, el ser de Dios ha de ser mío, y la esencia primigenia de Dios (debe ser) mi esencia primigenia, ni más ni menos.
(Sermón VI.)

Pero nuestra mente es demasiado limitada para conocer esta naturaleza de Dios y del alma 'en su fondo'. Se mantiene oculta.

'Un maestro dice una bella palabra: (afirma) que en el alma hay una cosa muy secreta y escondida y (que se encuentra) muy por encima de donde emanan las potencias del entendimiento y de la voluntad. Dice San Agustín: Así como es inefable lo que el Hijo en el primer efluvio violento emana del Padre, así existe también algo muy secreto por encima del primer efluvio violento, allí donde emanan el entendimiento y la voluntad. Un maestro que ha hablado del alma mejor que nadie, dice [Cfr.. Augustinus, De Genesi ad litteram VI c. 29 n. 40.] Que todo el saber humano nunca penetra en lo que es el alma en su fondo. (Para comprender) lo que es el alma, hace falta un saber sobrenatural. Donde emanan las potencias del alma (para entrar) en las obras, de eso no sabemos nada: sabemos, es cierto, algo de eso, pero es poco. De lo que es el alma en su fondo, de eso nadie sabe nada. El saber que de eso se pueda tener, debe ser sobrenatural, debe ser a merced de la gracia: allí obra Dios (la) misericordia. Amén.'
(Sermón VII .)

Otra vez insiste Eckhart: el entendimiento es una potencia eterna e inmortal, no depende de nosotros sino que fluye de Dios, que lo genera eternamente en nuestra alma. No se ve afectado por el tiempo ni por el espacio. El resto de potencias del alma sí están limitadas temporalmente, son creadas y modificadas por la acción del tiempo sobre nuestro cuerpo temporal.

'En el alma hay una potencia de la que ya he hablado varias veces... si el alma entera fuera como ella, sería increada y increable. Mas las cosas no son así. Con la parte restante ella (el alma) ha puesto sus miras en el tiempo y le adhiere y al hacerlo toca la criaturidad y es creada... (Estoy hablando del) entendimiento: para esta potencia nada se encuentra lejos. Lo que está más allá del mar o a una distancia de mil millas, lo conoce y lo tiene presente tan esencialmente como en este lugar donde me encuentro yo. Esta potencia es una virgen y sigue el bien allá donde vaya. Esta potencia aprehende Dios desnudo en su ser esencial, es una sola cosa en la unidad, (más) no semejante en la semejanza.'
(Sermón XIII.)

El alma y Dios son cosas muy parecidas, operan de manera parecida. El alma opera junto con Dios todas sus obras. El alma y Dios simplemente 'cooperan'.

'El alma no debe desistir nunca hasta que tenga el mismo poder de obrar que Dios. Así opera junto con el Padre todas sus obras; coopera simple y sabia y amorosamente.'
(Sermón XXXI.)

'El alma está insertada íntimamente en Dios. O mejor dicho: Dios y alma son lo mismo, no hay diferencia. Así, el alma está mucho más cercana a Dios que al propio cuerpo del hombre.
Ah sí, en el Cuerpo de Nuestro Señor el alma está insertada en Dios tan íntimamente que todos los ángeles, los querubines al igual que los serafines, ya no conocen ni saben encontrar ninguna diferencia entre ambos; ya que dondequiera que toquen a Dios, tocarán el alma, y donde toquen el alma, (tocarán) a Dios. Nunca hubo unión igualmente estrecha, porque el alma se encuentra unida a Dios mucho más estrechamente que el cuerpo al alma, los que constituyen un solo hombre.'
(Pláticas instructivas. 20. Del Cuerpo de Nuestro Señor. Como se le ha de recibir a menudo y de qué manera y con qué devoción.)

El alma está formada a semejanza de Dios. Literalmente 'toca' a Dios con las potencias 'supremas' (entendimiento y voluntad).

'El alma toca Dios con las potencias supremas; debido a esto está formada a (semejanza de) Dios.'
(Sermón XXXII.)

Siendo ambas las dos potencias 'supremas' del alma, el entendimiento precede a la voluntad y es más simple y puro que ésta. La obra del entendimiento es el simple conocer, el descubrir desnudo de lo que Dios nos presenta, previo a cualquier juicio. La voluntad -esto es, el deseo y el amor- implica un juicio y es posterior; el entendimiento le 'proporciona' previamente su objeto, que proviene de Dios. Dios 'toca' primero el entendimiento desnudo.

'Ahora dice (Mateo): «Pedro», esto significa lo mismo que «el que ve a Dios». Pues bien, los maestros preguntan si el núcleo de la vida eterna está más en el entendimiento o en la voluntad. La voluntad tiene dos clases de obras: el anhelo y el amor. La obra del entendimiento (sin embargo), es simple, por eso es mejor; su obra es conocer, y nunca descansa hasta que toque desnudo lo que conoce. Y de esta manera precede a la voluntad dándole a conocer lo que ama. Mientras uno quiere las cosas, no las tiene. Cuando las tiene, las ama, así el deseo deja de existir.'
(Sermón XLV.)


Dice Eckhart que la voluntad es una potencia 'superior' o 'divina', esto es, que no depende del hombre, sólo de Dios. Lo que el hombre quiere le resulta imprevisible al hombre mismo. Ningún hombre es capaz de someter su propia voluntad, su voluntad vuela totalmente libre de él. El espíritu humano no puede querer otra cosa fuera de lo que quiere Dios, porque sólo lo que quiere Dios existe en la voluntad del hombre, porque son lo mismo, y no puede haber libertad más grande ni más allá de ésta.

'Ahora bien, dicen los maestros (Cfr. Thomas, S. theol. Y q. 105 a. 4.) que la voluntad es tan libre que, a excepción de Dios, nadie es capaz de someterla. (Pero) Dios no somete la voluntad sino que la ubica en la libertad de tal manera que no quiere otra cosa que lo que es Dios mismo y la misma libertad. Y el espíritu no puede querer otra cosa fuera de lo que quiere Dios, y esto no es falta de libertad sino libertad por excelencia.'
(Sermón XXIX.)


Eckhart, Obras alemanas. Tratados y sermones. Edhasa, Barcelona, 1983.

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