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Comentarios de los tratados y sermones de Eckhart. Idea cuarta.


Idea cuarta: El alma (entendimiento y voluntad) y Dios son la manifestación de una misma naturaleza celeste. Dios es el poder natural que emana del cielo y que actúa sobre el alma.

Nada sale tanto de sí mismo como el alma en 'su parte superior'. En una muy gran medida 'la parte superior' del alma está fuera del cuerpo y de las potencias terrenales, aunque está asentada en ellos.

'Dicen los maestros que ninguna criatura no tiene tanto «asentamiento» en sí misma como lo tienen el cuerpo y el alma, y eso que nada sale tanto de sí mismo como el alma en su parte superior.'
(Sermón XIII a.)

'Si nos mantenemos libres de las cosas que se encuentran fuera de nosotros, Dios nos quiere dar, en cambio, todo lo que hay en el cielo y el cielo mismo con todo su poder, ah sí, y todo lo que de él alguna vez ha emanado y lo que tienen todos los ángeles y santos para que sea tan nuestro como es de ellos, e incluso más de lo que me pertenece cualquier cosa.'
(Pláticas instructivas. 23. De las obras interiores y exteriores.)

El poder del cielo opera sobre nuestra alma. Así el cielo y el alma deben ser de una materia similar. Agustín dice que lo más bajo del alma es más noble que lo más alto del cielo. Sin embargo, no nos podemos considerar del todo celestiales ni creer que nuestro corazón está totalmente en el cielo, porque las cosas ínfimas y cotidianas (terrenales) nos pueden afligir y causar pena.

Dicen los maestros (Cfr. Aristóteles, Physica c. 1, 208 a.) que inmediatamente por debajo del cielo hay un fuego muy extenso el calor del cual es muy fuerte y, sin embargo, no toca para nada el cielo. Ahora bien, se dice en un escrito (Augustinus, De quantitate animae c. 5 n. 9.) que lo más bajo del alma es más noble que lo más alto del cielo. Pero entonces, ¿cómo puede atreverse un hombre a decir que es un hombre celestial y tiene su corazón en el cielo, cuando cosas tan ínfimas aun pueden afligirle y causarle pena?
(El libro de la consolación divina. Consolación 2.)

Conocer, amar y querer (el entendimiento y la voluntad) sólo es posible dentro del orden natural-divino, porque existen por medio de este orden, en este orden y, de hecho, son este orden. Es un principio eterno. Los bienaventurados que conocen y sienten (y desean) el poder del cielo, conocen las criaturas sin nada accesorio, las conocen por medio de una sola imagen, la de Dios, que lo llena todo. Al final del fragmento Eckhart señala la identidad entre Dios y el cielo. Dios es el cielo, el cielo es Dios. Identidad que recogen los textos sagrados e incluso los ruegos y oraciones cristianos.

'
Dios conoce todo lo que conoce, ama y quiere todo lo que ama y quiere, dentro de Él mismo, en su propia voluntad. Dice Nuestro Señor mismo: «Esta es la vida eterna, conocer sólo a Dios» (Cfr. Juan 17,3). Por eso dicen los maestros [Cfr.. Thomas, Summa theologiae, 1 q. 12 a. 9.] que los bienaventurados en el reino de los cielos conocen las criaturas desnudas de toda imagen, ya que las conocen por medio de una sola imagen que es Dios y en la que Dios conoce y ama y quiere a sí mismo y todas las cosas. Y Dios mismo nos enseña a orar y suplicar así cuando decimos: "Padre nuestro, santificado sea tu nombre» lo que significa: que te conozcamos a ti (Cfr. Juan 17,3); «que venga tu reino» para que yo no tenga nada que considere y conozca como rico fuera de ti, el rico. A esto se refiere el Evangelio al decir: «Bienaventurados son los pobres en espíritu» (Mateo 5,3), quiere decir: en la voluntad, y por eso pedimos a Dios que se «haga su voluntad», «en la tierra », quiere decir: dentro de nosotros, «como en el cielo», quiere decir: en Dios mismo.'
(El libro de la consolación divina. Consolación 2.)

En el siguiente fragmento Eckhart habla en términos estrictamente físicos: la mezcla de líquidos en un recipiente, la percepción del color, el efecto del vacío sobre el elemento líquido... Afirma, literalmente, que estar vacío mentalmente de las cosas terrenales transforma la naturaleza, tal como la transforma el vacío físico, que obra milagros como que el agua suba hacia arriba. Habla de los espíritus como de elementos materiales, etéreos, que ocupan necesariamente un espacio, y de la necesidad del vacío para albergar a los espíritus. Y así concluye que ser 'pobre en espíritu', que es lo mismo que 'estar vacío', implica ser susceptible empíricamente de aprehender o de dar cabida a toda clase de espíritu, siendo Dios el espíritu supremo.

'Ningún recipiente puede llevar por sí mismo dos clases de bebida. Si debe contener vino, hay que verter necesariamente el agua, el recipiente debe estar vacío y limpio. Por eso: si tienes que recibir divina alegría y a Dios mismo, debes verter necesariamente las criaturas. Dice San Agustín (Augustinus, En. 2 en Ps. 30 Sermo 3 n. 11.): «Vierte para que seas llenado. Aprende a no amar para que aprendas a amar. Apártate para que seas acercado». En resumen: Todo lo que debe tomar y ser capaz de recibir, debe estar vacío. Dicen los maestros (Aristóteles, De anima II, t. 71.): Si el ojo cuando ve contuviera algún color, no percibiría ni el color que contenía ni otro que no contenía, pero al carecer de todos los colores, conoce todos los colores. La pared tiene color y por eso no conoce ni su propio color ni ningún otro, y el color no le da placer, y el oro o el esmalte no le atraen más que el color del carbón. El ojo no contiene (color) y, sin embargo, lo tiene en el sentido más verdadero, ya que lo conoce con placer y deleite y alegría. Y cuanto más perfectas y puras son las potencias del alma, tanto más perfecta y completamente recogen lo que aprehenden y tanto más reciben y sienten mayor deleite, y se unen tanto más con lo que recogen (y) esto hasta el punto que la potencia suprema del alma, que está desembarazada de todas las cosas y no tiene nada en común con ninguna cosa, recibe nada menos que a Dios mismo en la extensión y plenitud de su ser. Y los maestros [Cfr.. Thomas, S. theol. III q. 3 a. 2 ad4, q. 3 a. 4 y 5.] demuestran que, en cuanto a placer y deleite, nada se puede comparar a esta unión y este traspaso (de lo divino) y este deleite. Por eso dice Nuestro Señor (y es) muy notable: «Bienaventurados son los pobres en espíritu» (Mateo 5,3). Es pobre quien no tiene nada. «Pobre en espíritu» quiere decir: así como el ojo es pobre y falto de color, siendo susceptible de (ver) todos los colores, así el pobre en espíritu es susceptible de aprehender toda clase de espíritu, y el espíritu de todos los espíritus es Dios. El amor, la alegría y la paz son fruto del espíritu. Estar desnudo, ser pobre, no tener nada, encontrarse vacío, (todo ello) transforma la naturaleza: (el) vacío hace que el agua suba por la montaña y (opera) otros muchos milagros de los que ahora no es momento de hablar.'
(El libro de la consolación divina. Consolación 2.)

Insiste Eckhart en la influencia física del cielo sobre las cosas terrenales. El cielo actúa sobre el alma y sobre todas las cosas creadas, de la manera como lo hace sobre el agua, por ejemplo, en el caso de las mareas. Todo tiende naturalmente hacia el cielo, que es desde donde actúa el orden natural-divino: Es 'el poder del cielo'. El alma fluye hacia el cielo, que es de donde proviene, como lo hace el fuego.
Reiteradamente Eckhart habla del alma (concretamente del fondo del alma) como de una 'chispa'. Para él el 'padre verdadero' de la chispa (y de todo lo que es ígneo) es el cielo. Y si el elemento ígneo fluye hacia arriba, lo hace por el 'amor natural' que tiene a su 'legítimo padre celestial'. Destaca que, por naturaleza, la influencia de lo más elevado resulta agradable tanto a las cosas como a las personas. El alma, de naturaleza celeste o celestial, tira necesariamente y con gozo hacia arriba, por la unión que tiene con Dios (que es lo más elevado, el 'Padre' celeste o celestial).

'Si el hombre fuera capaz y estuviera en condiciones de vaciar una copa por completo y de mantenerla vacía de todo lo que puede llenarla, incluso el aire, la copa, sin lugar a dudas, renegaría de su entera naturaleza, olvidándola, y (el) vacío la llevaría hacia arriba en el cielo. Del mismo modo, el estado de desnudez, pobreza y vacío respecto a todas las criaturas, eleva el alma hacia Dios. Resulta también que la igualdad y el calor levantan hacia arriba. La igualdad se atribuye, en la divinidad, al Hijo, el calor y el amor al Espíritu Santo. Ahora bien, dice Salomón que todas las aguas, es decir, todas las criaturas vuelven a fluir y a correr hacia su origen (Ecl. 1,7). Por eso es necesariamente verdad lo que acabo de decir: La igualdad y el amor ardiente elevan hacia arriba y guían y llevan el alma hasta el primer origen del Uno que es «Padre» de «todos», en el cielo y la tierra (Cfr. Efesios 4,6). Así digo, pues, que (la) igualdad nacida del Uno tira del alma hasta Dios tal como Él es el Uno en su unión escondida, pues eso es lo que significa Uno. Para ello disponemos de un símbolo evidente (offenbâr angesiht): cuando el fuego material enciende la leña, una chispa obtiene naturaleza ígnea y se iguala al fuego puro que está aferrado inmediatamente al lado inferior del cielo. Enseguida se olvida y se deshace del padre y la madre, del hermano y la hermana en esta tierra y sube corriendo hacia el padre celestial. El padre de la chispa en esta tierra es el fuego, su madre es la leña, su hermano y su hermana son las otras chispas, a esas no las espera la primera chispa. Sube apurada hacia su padre legítimo que es el cielo; pues, quien conoce la verdad, sabe muy bien que el fuego, como fuego, no es el padre verdadero, legítimo de la chispa. El padre verdadero, legítimo de la chispa y de todo el ígneo es el cielo. Además hay que notar muy bien que esta chispa no sólo abandona y olvida a su padre y a su madre, a su hermano y a su hermana en esta tierra, sino que se abandona y se olvida y se deshace también de sí misma (movida) por el amor para llegar a su padre legítimo, el cielo, ya que necesariamente ha de apagarse en el aire frío; sin embargo, quiere dar testimonio del amor natural que tiene a su legítimo padre celestial.'

'(...) Además, hay que saber también que en la naturaleza la impresión y la influencia de la naturaleza suprema y más elevada, le resultan a cualquier persona más deliciosas y agradables que su propia naturaleza y ser. El agua corre, por su propia naturaleza, hacia abajo, hacia el valle y en eso radica también su idiosincrasia. Mas, bajo la impresión e influencia de la luna arriba en el cielo, reniega y se olvida de su propia naturaleza y fluye cuesta arriba hacia la altura y este flujo hacia arriba le resulta más fácil que el flujo hacia abajo.'
(El libro de la consolación divina. Consolación 2.)

El cielo lo abarca todo y, por este motivo, tiene la capacidad de influir sobre todo. Es universal, infinito. Por lo tanto tiene el máximo poder. Dios es el / está en el cielo.

'El cielo es más abarcador que todo lo que está por debajo de él, por eso es también más noble. Cuanto más nobles son las cosas, tanto más abarcadoras y universales son.'
(Sermón IV.)

Dios, el Hijo y el Espíritu Santo son de la misma naturaleza, o de una similar, que el alma. El alma es tocada de forma inmediata por el Espíritu Santo, así alma y espíritu comparten necesariamente una misma materia ('espiritual'). Por naturaleza, porque son lo mismo o algo parecido, el alma y Dios tienen la capacidad de atraerse y 'amarse' recíprocamente. Y entre el Hijo y el alma, añade Eckhart, tampoco no hay diferencia.

'Ahora bien, dice un maestro que Dios le da al alma un don por el que el alma es movida hacia las cosas interiores. Dice un maestro que el alma es tocada, inmediatamente, por el Espíritu Santo, pues con el amor con el que Dios ama a sí mismo, con este amor me ama y el alma ama a Dios con el mismo amor con que Él ama a sí mismo, y si no existiera ese amor con el que Dios ama el alma, tampoco existiría el Espíritu Santo. Se trata de un ardor y un florecimiento hacia fuera del Espíritu Santo mediante los cuales el alma ama a Dios.'

'(...) Entre el Hijo unigénito y el alma no hay diferencia.'
(Sermón X.)

La tierra es la cosa más alejada del cielo, pero inevitablemente está rodeada por él y es 'empujada' por él. El cielo 'imprime su fuerza' en la tierra (y a todo lo que es terrenal) y, así, 'la hace fecunda'.

«Jerusalén» significa lo mismo que una altura, según dije en (el convento de) Mergarden. A lo que es en la altura se le dice: Desciende! A lo que está abajo, se le dice: Asciende! Si tú estuvieras abajo y yo estuviera por encima de ti, debería bajar hacia ti. Lo mismo hace Dios; cuando tú te humillas, Dios baja desde arriba y entra en ti. La tierra es la cosa más alejada del cielo y se ha acurrucado en un rincón y está avergonzada y le gustaría huir del hermoso cielo, de un rincón a otro. ¿Cuál sería entonces su casa? Si huye hacia abajo, llega al cielo, si huye hacia arriba, tampoco lo puede eludir, él la empuja hacia un rincón y le imprime su fuerza y la hace fecunda.
(Sermón XIV.)

No hay acuerdo entre los filósofos sobre la materia o la naturaleza del alma: fuego, chispa celeste, luz, espíritu o número. El alma 'en su fondo' es como Dios, y si no podemos conocer la naturaleza concreta de Dios ni la podemos nombrar, tampoco podemos conocer la naturaleza concreta del 'fondo del alma' ni la podemos nombrar.
Por otra parte, como opina San Juan, las palabras no pueden nombrar el alma porque es precisamente el alma la que genera las palabras. El alma no puede convertir en objeto de su pensamiento lo que ella es en sí misma, al menos en su parte más elevada. Cuando lo hace, la nombra en referencia a cosas bajas, terrenales, en función de los sentidos del cuerpo, y el verdadero significado del alma se desvanece.

'Dicen nuestros maestros [Aristóteles, De anima I t. 20.]: El alma se llama fuego por la fuerza y el calor y el brillo que posee. Otros dicen que es una chispa de naturaleza celestial. Los terceros dicen que es una luz. Los cuartos, que es un espíritu. Los quintos, que es un número. No encontramos nada que sea tan puro como el número. Por eso querían darle al alma un nombre que fuera puro. En los ángeles existe el número (se habla de un ángel, de dos ángeles) también en la luz existe el número. Por eso se la designa (al alma) de acuerdo con lo más desnudo y puro y, sin embargo, esto no llega a tocar el fondo del alma. Dios que es sin nombre (no tiene ningún nombre) es inefable y el alma, en su fondo, es igualmente inefable tal como Él es inefable. La palabra que denomina al alma, se refiere al alma cuando se encuentra en la prisión del cuerpo, por lo que opina (San Juan) que el alma, al ser capaz de convertir todavía (en objeto) de su pensamiento lo que ella es en sí misma, se encuentra todavía en su prisión. Allí donde presta aún atención a estas cosas bajas y donde recoge algo en su interior por intermedio de los sentidos, allí se estrecha en seguida; pues (las) palabras no son capaces de dar ningún nombre a ninguna naturaleza que se encuentre por encima de ellas.'
(Sermón XII.)

Quint, en un nota, aclara que la prisión del alma no es sólo el cuerpo (y el tiempo) sino también las potencias inferiores del alma, que están ligadas al cuerpo.«La prisión del alma no la constituyen sólo el cuerpo (y el tiempo) sino también la misma alma en la región del ser de las potencias inferiores del alma, que se encuentran por debajo del intelecto y por las que el alma está ligada al cuerpo siendo restringida la extensión de su ser racional». (Quint, t. I pág. 285 según nota 1).
La naturaleza del alma nada tiene que ver con las cosas que podemos conocer del mundo por nuestros sentidos. No es nada sensorial. Ninguna información sobre ella nos pueden dar los sentidos como la vista, el oído... no la captan. Por tanto, no es nada corporal (en el sentido de propio de nuestro cuerpo u organismo). Nuestro cuerpo no la contiene. En todo caso es más bien al contrario: el alma contiene, rodea, abraza nuestro cuerpo.

'Dice un maestro: Así como la vista nada tiene que ver con el canto, ni el oído con el color, así el alma en su naturaleza nada tiene que ver con todo lo que hay en este mundo. Por eso dicen nuestros maestros en ciencias naturales [Aristóteles, De an. Y t. 90] que el cuerpo se encuentra mucho más en el alma que el alma en el cuerpo. Así como la bota contiene el vino antes de que el vino la bota, así el alma contiene el cuerpo antes de que el cuerpo al alma.'
(Sermón XVII.)

Si el alma, en su parte más elevada, es de una naturaleza semejante a los ángeles y a Dios, por esta unión e igualdad que tiene con ellos, necesariamente debe elevarse y entrar en la 'luz angelical' y llegar a la 'luz divina'. Allí la 'palabra eterna' (el logos, el orden verdadero del mundo, el orden natural-divino, el poder del cielo) habla al alma; allí el alma entiende y cobra vida.

'...También (las) palabras tienen gran poder; uno podría obrar milagros con palabras. Todas las palabras deben su poder al Verbo primigenio. También (las) piedras tienen gran poder debido a la igualdad que producen en ellas las estrellas y la fuerza del cielo. Si, pues, al igual es tan poderoso en el igual, el alma ha de despegar a su luz natural hacia lo más elevado y puro y entrar así en la luz angelical, llegando con la luz angelical en la luz divina, y así debe estar parada por entre los tres luces en el cruce de caminos, en las alturas donde se encuentran las luces. Allí habla el Verbo eterno infundiéndole la vida; allí el alma cobra vida y da su respuesta dentro del Verbo.'
(Sermón XVIII.)

Todas las cosas del mundo están ordenadas en diferentes niveles, unas son más bajas y corpóreas y otras más elevadas y espirituales. Cada nivel del orden del mundo está subordinado a los niveles más elevados, pero sólo es 'tocado' o 'iluminado' por el nivel inmediatamente superior, como en una cadena. Dios no actúa directamente sobre las cosas más bajas, sobre las cosas corpóreas y temporales, en las que no brilla la luz natural del alma, ni tampoco cuando esta luz natural del alma no es iluminada por la luz del ángel que la hace accesible a la luz divina. Dios sólo actúa, desde la eternidad, sobre la parte más elevada del alma, que es espíritu. Las cosas corpóreas y temporales, en definitiva, reciben su ser del alma humana, del mismo modo que el alma humana, a su vez, recibe su ser verdadero de los ángeles (los mensajeros de Dios), que la preparan y la disponen como espíritu para que la divinidad pueda operar sobre ella.

'Todo como es ordenado, debe haberse subordinado a lo que está por encima. Todas las criaturas no le gustan a Dios cuando no las ilumina la luz natural del alma, de la que reciben su ser, y cuando la luz del ángel no ilumina la luz del alma y la prepara y dispone para que la luz divina pueda operar en ella, porque Dios no opera en las cosas corpóreas, opera (sólo) en (la) eternidad. Por eso el alma debe ser recogida y elevada y debe ser espíritu. Allí opera Dios, allí todas las obras le gustan a Dios. No hay ninguna obra que nunca le plazca a Dios a menos que se realice allí.'
(Sermón XIX.)

El alma (la parte más elevada) se une fuertemente a Dios. El alma entra en Dios, y Dios actúa en ella, la transforma. Físicamente. Más de lo que cualquier comida entra y es absorbida por nuestro cuerpo.

'Por la verdad pura del alma entra más en Dios de lo que (entra) cualquier comida en nosotros, más aún: el alma es transformada en Dios. Y en el alma hay una potencia que va segregando lo más basto y está unida con Dios: ésta es la chispa del alma. Más que la comida con mi cuerpo, mi alma se une con Dios.'
(Sermón XX a.)

El entendimiento, la parte más elevada del alma, toca la naturaleza de los ángeles y se convierte en una imagen de Dios. El entendimiento toca los ángeles, incluso aquellos ángeles que han caído en el infierno pero mantienen, sin embargo, su naturaleza noble, y conservan 'la chispa' cuando son tocados por el entendimiento.

'El dueño envió a sus criados (Lucas 14, 17). San Gregorio dice que estos «criados» son la Orden de los Predicadores. Yo hablo de otro criado, que es el ángel. Por lo demás, queremos hablar de un criado, al que ya me he referido varias veces, y que es el entendimiento en la periferia del alma donde toca la naturaleza angelical, siendo una imagen de Dios. Dentro de esta luz, el alma se encuentra unida con los ángeles y (incluso) con aquellos ángeles que han caído en el infierno y los que, sin embargo, han conservado la nobleza de su naturaleza. Allí se encuentra esta chispa, desnuda derecha sin ningún sufrimiento, dentro del ser divino.'
(Sermón XX b.)

La tierra ni nada creado, ni el hombre, pueden huir de la influencia del cielo. El cielo siempre fluye e imprime su fuerza, y este hecho no depende del deseo ni de la voluntad de nadie. A pesar de que te engañes a ti mismo y pienses que puedes huir de Dios, hagas lo que hagas, Él actúa en ti. Te guste o no, estés dormido o despierto, Dios hace, eternamente, lo que le es propio. Dios es la fuerza que fluye del cielo, es 'el poder del cielo'.

'La tierra huye del cielo; si huye hacia abajo, llega desde abajo al cielo, si huye hacia arriba, llega a la parte más baja del cielo. La tierra no puede huir a un lugar tan bajo que el cielo no fluya en ella y le imprima su fuerza y la fecundidad, lo quiera ella o no. Así le sucede también al hombre que cree huir de Dios y, sin embargo, no puede huir de Él; todos los rincones lo revelan. Cree huir de Dios y corre a su seno. Dios engendra en ti a su Hijo unigénito, te guste o te disguste, duermas o estés despierto; Él hace lo propio.'
(Sermón XXII.)

Dios opera de dos maneras maravillosas, en apariencia de naturaleza muy diferente una de la otra, pero que en verdad serían la misma. Opera con el cielo, con las estrellas, la luna y el sol. Y, al mismo tiempo, opera 'cosas muy grandes' con el alma (y por medio de ella en el comportamiento de los hombres).
Dios, realmente, es el 'poder del cielo', la fuerza que fluye del cielo. Dios tiene el poder del cielo, que es físico (opera con los astros), y a la vez actúa sobre el alma, que es espiritual. Dios actúa sobre nuestra alma del mismo modo que lo hace sobre los astros y las cosas materiales, esto es, como una fuerza física que fluye del cielo. Así, el alma sería algo 'espiritual' en el sentido de ser de una materia espirituosa o etérea (celeste) más que en un sentido metafísico.

'El profeta se maravilla de dos cosas. En primer lugar, de lo que opera Dios con las estrellas, con la luna y el sol. En segundo lugar, su sorpresa se refiere al alma: que Dios hiciera y siga haciendo cosas tan grandes con ella y por medio de ella, porque hace todo cuanto puede por amor de ella. Hace muchas cosas grandes a causa de ella y se dedica completamente a ella y esto se debe a la grandeza con que fue creada.'
(Sermón XXIV.)

El alma la ha creado Dios según su propia naturaleza, su esencia y su obra emanante e inmanente. La ha creado, incluso, según lo que le es más propio y profundo, desde el fondo donde está engendrando al Hijo, del cual fluye el Espíritu Santo. El alma tiene unidad e igualdad con Dios, está hecha de la misma materia o fuerza que fluye del cielo.
Por un principio natural y físico, Dios, al estar por encima del alma, inevitablemente fluye en el alma. El hombre recibe el influjo pura e inmediatamente de Dios (en este fragmento Eckhart no menciona los ángeles como mensajeros o mediadores). La mejor actitud del hombre, por tanto, implica aceptar este hecho y someterse del todo a Dios, para recibir el influjo divino total y puramente y no tener que sufrir por el miedo, el amor o la pena o cualquier cosa que no sea Dios.

'...Pero el alma no la ha creado sólo según la imagen que se encuentra dentro de Él, ni según lo que de Él emana (y) se enuncia de Él, sino que la ha hecho según Él mismo, ah sí, de acuerdo con todo lo que Él es según su naturaleza, su esencia y su obra emanante e inmanente (inneblîbend), y según el fondo donde permanece en sí mismo, donde está engendrando a su Hijo unigénito, del que sale floreciendo el Espíritu Santo: según esta obra emanante (e) inmanente Dios ha creado el alma. Es como un principio natural de todas las cosas que las superiores fluyen en las inferiores, como las inferiores se encuentran dirigidas hacia las superiores. Porque las superiores nunca reciben de las inferiores, sino que las inferiores reciben de las superiores. Como Dios se encuentra por encima del alma, Dios es en todo momento Lo que fluye en el alma sin poder escapársele nunca. El alma sí se le escapa, más, mientras el hombre se mantiene por debajo de Dios recibe el influjo pura e inmediatamente y no se encuentra por debajo de otra cosa: ni del miedo ni del amor ni de la pena ni de ninguna cosa que no sea Dios. Pues bien, sométete del todo a Dios, entonces recibirás el influjo divino total y puramente. ¿Cómo recibe el alma de Dios? El alma no recibe nada de Dios como cosa extraña, tal como el aire recibe (la) luz del sol, ya que aquél recibe sobre la base de la extrañeza. Pero el alma no recibe Dios sobre la base de la extrañeza, ni como (si se encontrara) por debajo de Dios, porque lo que se encuentra por debajo de otro, tiene carácter de extraño y alejado. Dicen los maestros que el alma recibe como luz de la luz porque allí no hay ni extrañeza ni lejanía.'
(Sermón XXIV.)

En las ocupaciones terrenas, asociadas a una distribución convencional del tiempo, no tenemos prácticamente acceso al Espíritu Santo. Cuando dejamos de atender estas ocupaciones y nos centramos en nuestro interior, en cambio, percibimos una 'luz celestial' proveniente del cielo. Esta 'luz' se encuentra por debajo del cielo pero, a la vez, es del cielo. Es una entidad material pero, aun así, satisface a los hombres. Tiene un efecto físico perenne sobre los hombres, como el de un imán sobre un hierro. El espíritu humano recibe la influencia de esta entidad que proviene del cielo, del firmamento, del 'espíritu que hace girar el cielo' y, más allá, de una fuente primigenia donde tiene su origen.

'Nadie puede recibir al Espíritu Santo a no ser que viva por encima del tiempo en (la) eternidad. En las cosas temporales el Espíritu Santo no puede ser ni recibido ni dado. Cuando el hombre se aparta de las cosas temporales y se gira hacia su fuero íntimo, percibe allí una luz celestial que ha venido del cielo. Se encuentra por debajo del cielo y, sin embargo, es del cielo. En esta luz el hombre queda satisfecho, y, sin embargo, ella es (todavía) corpórea; dicen que es materia. Un (trozo de) hierro cuya naturaleza consiste en caer hacia abajo, se levanta hacia arriba en contra de su naturaleza y se aferra a la piedra imán debido a la noble influencia que la piedra ha recibido del cielo. Dondequiera que se dirija la piedra, hasta allí se dirige también el hierro. Lo mismo hace el espíritu: no se contenta así sin embargo con esta luz; va avanzando siempre por el firmamento y penetra a través del cielo hasta llegar al espíritu que hace girar al cielo, y que debido a la rotación del cielo reverdece y se cubre de hojas todo lo que hay en el mundo. Pero el espíritu no está satisfecho si no avanza hasta la cima y la fuente primigenia donde el espíritu tiene su origen.'
(Sermón XXIX.)

Dios está en todas partes. Pero está en todas partes estando dentro de nuestra alma. Dios crea el mundo dentro de nuestra alma. Así, curiosamente, cuanto más adentro está, tanto más afuera está. Y cuanto más afuera, más adentro. El espíritu emana de afuera y, sin embargo, se mantiene dentro de nuestra alma. Porque la parte más elevada de nuestra alma, el espíritu y Dios son la misma 'fuerza'. Esto es lo que pasa con la palabra, con la razón y con todo lo que podamos percibir y entender. Dios es eterno. Dios toda la eternidad ha hecho lo mismo. Dios ahora mismo crea la voluntad y la razón en el alma de los hombres, así como la ha creado siempre en el pasado y la creará en el futuro mientras exista el mundo.

'Es muy extraño el hecho de que algo emane y, sin embargo, permanezca dentro. El hecho que la palabra emane y, sin embargo, permanezca dentro, es muy raro, el hecho que todas las criaturas emanen y, sin embargo, permanezcan dentro, es muy raro; lo que Dios ha dado y ha prometido dar, es muy extraño, y es incomprensible e increíble. Y está bien que así sea; pues, si fuera comprensible y creíble, no estaría bien. Dios se encuentra en todas las cosas. Cuanto más está dentro de las cosas, tanto más está fuera de las cosas: cuanto más dentro, tanto más fuera, y cuanto más fuera, tanto más dentro. Ya he dicho varias veces que en este instante Dios crea todo el mundo. Todo lo creado alguna vez por Dios, hace seis mil y más años, cuando hizo el mundo, Dios lo está creando ahora todo junto. Él se encuentra en todas las cosas pero, cuando Dios es divino y Dios es razonable, no se encuentra en ninguna parte con tanta propiedad como en el alma y en el ángel, si quieres, en lo más entrañable del alma y lo más elevado del alma. Y cuando digo: «lo más entrañable» me refiero a lo más elevado, y cuando digo «lo más elevado» me refiero a lo más entrañable del alma. En lo más entrañable y en lo más elevado del alma: allí los concibo a ambos juntos en uno solo. Allí donde nunca entró el tiempo, donde nunca cayó el brillo de una imagen, en lo más entrañable y lo más elevado del alma, crea Dios todo este mundo. Todo lo que creó Dios hace seis mil años, cuando hizo el mundo, y todo lo que Dios tendrá que crear después de mil años (con tal de que el mundo exista durante todo aquel tiempo) lo crea Dios en lo más entrañable y lo más elevado del alma. Todo el pasado y todo el presente y todo el futuro, lo crea Dios en lo más entrañable del alma.'
(Sermón XXX.)

Dios está en la acción de los ángeles y se manifiesta y actúa desde ella en el alma de los hombres. Engendra su efecto (su 'hijo') en el alma humana. Esto es la esencia de Dios, su razón de ser.

'Dios se esconde en la luz angelical y se cubre con ella esperando continuamente el instante en que pueda arrastrarse hacia fuera para entregarse al alma. He dicho también en otras ocasiones: Si alguien me preguntara qué es lo que hace Dios en el cielo, diría: Engendra a su Hijo y lo engendra completamente nuevo y lozano, y al hacerlo siendo un deleite tal que no hace sino realizar esta obra.'
(Sermón XXXI.)


Eckhart. Obras alemanas. Tratados y sermones. Edhasa, Barcelona, 1983.

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